La cosa es interesante y al menos el debate empieza a plantearse en términos más interesantes, más jugosos, de si hay que pagar los vecimientos con el FMI usando las reservas del Banco Central o no.
El Manifiesto lanzado por intelectuales sobre la necesidad de llamar a una Asamblea Constituyente, y retomado por Sandra Russo en un artículo de Página del domingo pasado, nos remite a supuestos de teoría política que no se discutían abiertamente en nuestro país desde el ´83 por lo menos.
El Manifiesto sostiene que la organización política del país se fue por la cloaca y que no hay formas de reconstruir un país serio si mantenemos las instituciones tal como están funcionando al día de hoy.
Por lo tanto, el camino electoral, la institución que nos permite alcanzar una mayoría mediante la suma de voluntades individuales, como está al día de hoy puede brindar magros frutos al momento de lograr el "Que se vayan todos" tan ansiado.
La propuesta es llamar a una Asamblea Constituyente. Y aquí viene el problema central. Quienes movilizan esta cuestión apuntan a un movimiento de base que arrase con los íconos destacados de la Mentira Política Argentina.
Ahora, cuál es el mecanismo para llamar a una Asamblea Constituyente. Deberíamos seguir el procedimiento estipulado en nuestra Constitución Nacional, si es que no queremos caer en la ilegalidad. Ahora, en este caso, son nuestros diputados y senadores, personas por demás honestas, inteligentes y capaces, quienes tienen la llave de hacer este llamado y, además, qué artículos debieran reformarse. Esto es, son estas personas las que deberían pensar en definir los mecanismos que faciliten su propio exilio de la vida política del país. Zumbutrule, como decía Carlitos Balá.
Supongamos que los muchachos y muchachas se iluminan y llaman a una elección de Asamblea Constituyente - dejemos de lado los problemas de gobernabilidad que habría en el medio por el propio llamado y la coexistencia de poderes soberanos como la Constituyente, el Poder Ejecutivo, el Judicial y el Legislativo - ¿quiénes suponen que ganarían las elecciones de contituyentes?
El ejemplo reciente de Santiago del Estero, más la elección en octubre pasado del filósofo Luis Barrionuevo como senador por Catamarca, nos da una idea de quiénes tendrían buena posibilidad de llevarse la mayoría.
Bien. Ahora, si partimos de la base que este camino es harto difícil que produzca los efectos de ostracismo político deseados, el problema es qué ruta agarrar.
La nota de Russo va en pos de potenciar la movida participacionista de diciembre pasado: asambleas, piqueteros, caceroleros y demás. Descarta de plano el voto bronca de llenar las urnas de Clemente, ya que eso no le importa al establishment político en tanto ocupe las instituciones del Estado, aún en circunstancias de baja participacíón electoral y muchos votos en blanco.
El meollo del problema es donde anclamos nuestra legitimidad para impulsar esto. Si algunos que movilizan esta propuesta creen que la inmensa mayoría del país piensa en términos de lo que se puede debatir en Filo, Sociales, Exactas, Psico, Clacso, o la Asamblea del Parque Centenario, entonces el error de diagnóstico es grave.
Ahora, partir de que la mayoría silenciosa que no sale en TV, pero vota a los Juárez, Romero, Rodriguez Saa, Montiel, Castillo, De la Sota y demás, puede ser iluminada para que actúe políticamente en términos de lo que discute la intelectualidad argentina, supone que sostenemos algún tipo de concepción platónica por detrás. En mayor o menor medida, hay la idea de una elite a la Pareto o una vanguardia esclarecida a la Lenin que remite al rey-filósofo platónico.
El ejemplo de gobernante ilustrado a seguir en los 90 era Fernado Henrique (Cardoso) quien oponía su prestigio académico a las citas bibliográficas desafortunadas de nuestro Carlos Saúl (Menem). Su giro hacia la derecha dejó malparados a varios y por tanto pasó rápidamente a ser descartado.
Es curioso, pero los planteos concretos de patear el tablero político remiten mayormente a visiones de fines del siglo XVIII. Esto es, a la constitución misma de la organización de un Estado moderno.
Frente al "despotismo ilustrado" propuesto por Tomás Abraham se alza el Manifiesto que remite al concepto de Voluntad General de Rousseau, retomado en este siglo por Cornelius Castoriadis, y la corriente de filosofía política denominada comunitarismo o republicanismo cívico, entre otros.
Aquello que subyace en estos planteos es precisamente que hay que construir todo de vuelta. Y eso se llama, ya sea de modo pacífico o violento, Revolución.