No es Jarry el hombre descripto en “Vigilar y castigar”; no ese cuerpo dócil, mudo al que se disciplina titéreamente. Jarry se va construyendo en el mismo sentido en el que escribe su obra: Jarry, su propia vida, es una posibilidad discursiva que, en todo caso, utiliza menos el código vigente.
En todo caso, si el hombre es una construcción discursiva, Jarry reinventa algún aspecto del lenguaje de la vida, pero lo reinventa para sí. Una estética de la existencia es una ética para uno mismo que da la pauta de la posibilidad de que exista otro sujeto diferente al sujeto moderno o a cualquier sujeto prescripto. El último Foucault bucea en los antiguos y encuentra la forma de escapar a la eficacia de las construcciones discursivas y al moldeamiento microfísico.
El hombre está en construcción constante, dice Foucault. En ese sentido, ¿qué es Jarry? ¿qué es la Bohemia? Claramente no es una prescripción. Al menos no lo es en sus inicios en Montmartre, aspecto que si podemos rastrear en el período entreguerras en Montparnasse, con el manifiesto surrealista como ejemplo forzado.
Era París, ya a fines del siglo XIX y sobre todo a principios del XX, el lugar de la tolerancia que permitía al artista exhalar a su expresión visceral. Era la senda que encauzaba los lenguajes que, de transcurrir sus días en otro lugar, o en sus puntos de origen, los artistas se verían imposibilitados de liberar. Montmartre fue epicentro del nacimiento del arte moderno; la butte fue el teatro en el que muchos representaban sus días. Vida y obra indisoluble de sujetos que sentían en la rebeldía opuesta al perfume burgués la única opción de vivir del arte, de existir artísticamente. Hombres que escapan a la moral del buen ciudadano y prefieren la intensidad del gran artista. Y en esa elección, en la persecución permanente del artista a su obra, de un modo de vivir teñido por la bohemia, la miseria es sombra ineludible. “Montmartre es un pueblo. En el se canta, se baila, se come y se duerme por poco dinero” .

