
“A ver... así es la ‘a’, ¿la podés dibujar?, ¿qué dice acá?, un ratito más y después jugamos.” Estas frases las escuché varias veces durante mi niñez, y siempre salieron de la boca de mi abuela, quien me mostró por primera vez el mundo de la escritura.
Como toda maestra con el impulso de enseñar, ella no quiso esperar a que yo 
aprendiera en el colegio; me sentaba varias tardes frente a una mesa con papel y lápiz y, con mucha paciencia, me mostraba las letras y cómo dibujarlas. Era más un juego que una tarea difícil, y así, antes de empezar el preescolar, podía escribir mi nombre, los números y deletrear bastante bien.
Para que mis hermanos y yo pudiéramos tener más cancha al leer, mi mamá había ideado un juego que consistía en leer la mayor cantidad de palabras de los carteles de la calle mientras paseábamos en auto. Una de las anécdotas que me quedó gravada fue que un día, en el afán de ganar el tan preciado premio, leí con toda seguridad “farmEcia”. Y fue hasta de más grande que no pude leerlo correctamente, se ve que no tenía tan interiorizadas las interminables horas de enseñanza en el colegio...
Ya más grande, mi gusto por la lectura fue creciendo, tanto que si un libro corto me gustaba mucho –como mi colección de aventuras y juegos View image- lo leía en una tarde y con el sentimiento de ser toda una erudita. Después empecé con las novelas y los libros más gordos, todos en formato de colección, interesante detalle...
Pero volviendo al tema inicial de cómo entró en mi vida la lectura y la escritura, ingresó con el día a día y la interacción social. Porque si bien no es “natural” leer y escribir y, como dice Walter Ong, “hemos interiorizado la escritura tan profundamente que no nos damos ya cuenta de que son componentes tecnológicos de nuestros procesos mentales”, vivimos en una sociedad en donde la comunicación visual ocupa un lugar muy importante y ya desde chicos nos lo hacen saber. Y a veces desde tan chicos que no tenemos el recuerdo claro de la primera vez que escribimos la letra “a” o leímos sin trabarnos “farmacia”.
María Delia Cardenal

