
“Nos encontramos en plena y rápida revolución multimedia. Un proceso que tiene numerosas ramificaciones (Internet, ordenadores personales, ciberespacio) y que, sin embargo, se caracteriza por un común denominador: tele-ver, y, como consecuencia, nuestro video-vivir. El video está transformando al homo sapiens, producto de la cultura escrita, en un homo videns, para el cual la palabra está destronada por la imagen.” (Sartori).Pero ¿Qué sucede con lo no visualizable?.
Las escuelas plantean continuamente la decadencia de la mente de los alumnos que crecieron enfrente de un televisor y de una computadora, explicando que éstos ya no son capaces de reconocer, entender y menos de tener, pensamientos abstractos. Esta problemática ¿es realmente producto de las nuevas tecnologías, o simplemente los docentes se rindieron frente a las tecnologías que ofrecen un mayor atractivo para los alumnos, y desistieron de aprovechar todo el potencial que éstas ofrecen para la reflexión?.
Lo que hace único al homo sapiens es su capacidad simbólica, comprende todas las formas de la vida cultural de hombre. Y la capacidad simbólica de los seres humanos se despliega en el lenguaje. La diferencia fundamental es que el hombre posee un lenguaje capaz de hablar de sí mismo. El hombre reflexiona sobre lo que dice. Ong y Olson nos explican que esto se produjo gracias a la introducción de la escritura, en primera instancia y a la imprenta en segundo lugar. La escritura posibilita una introspección cada vez más articulada, esto da paso al reconocimiento de la propia subjetividad, dado que se reconoce que lo que está en la mente, está en la mente.
El libro, periódico, teléfono, radio, son todos elementos portadores de comunicación lingüística. La ruptura se produce a mediados del siglo XX con la llegada de la televisión. La televisión es “ver desde lejos”, es decir, lleva ante los ojos de un público de espectadores cosas que puedan ver en cualquier sitio, desde cualquier lugar y distancia. Y en televisión, el hecho de ver prevalece sobre el hecho de hablar, en el sentido de que la voz del medio, o de un hablante, es secundaria, está en función de la imagen.
El homo sapiens debe todo su saber y todo el avance de su entendimiento a su capacidad de abstracción. Sabemos que las palabras que articulan el lenguaje humano son símbolos que evocan también “representaciones”. De otro modo, casi todo nuestro vocabulario cognoscitivo y teórico consiste en palabras abstractas. Algunas de ellas son en cierto modo traducibles en imágenes, pero se trata siempre de traducciones que son sólo un sustituto empobrecido del concepto, por ejemplo, el desempleo se traduce en la imagen del desempleado; pero esta imagen no nos lleva a comprender en modo alguno la causa del desempleo y cómo resolverlo. Así pues todo el saber del homo sapiens se desarrolla en la esfera de un mundus intelligibilis (de conceptos y de concepciones mentales) que no es de modo alguno el mundus sensibilis. La televisión atrofia nuestra capacidad de abstracción atándonos a lo perceptible, y con ella toda nuestra capacidad de entender. La televisión se comunica sobre todo con el cuerpo, no con la mente; además la mayor parte del procesamiento de la información se produce en la pantalla, todo esto es producto del síndrome del medio minuto perdido y de los golpes por minuto (como explica de Kerckhove). 
Es aquí cuando la escuela debe intervenir; si lo esencial del hombre es su capacidad simbólica los docentes deben estimularla, y no dejarse abatir por alumnos que pasan su día frente al televisor o los juegos electrónicos. Las nuevas tecnologías nos ofrecen nuevas modalidades de enseñanza (softwares educativos, la televisión educativa, Internet) que pueden servir para facilitar el aprendizaje y para atraer al alumno.
Tomemos a Internet como ejemplo: Internet ofrece a profesores y estudiantes un medio de comunicación interpersonal y rápido. Internet es también un depósito inmenso de información y, por consiguiente, tiende a configurarse como un contenedor de recursos didácticos para la enseñanza en general, con la única condición de que exista una adecuada mediación (la del docente) entre el estudiante y los contenidos. En efecto, son frecuentes las opiniones que critican Internet por su carácter caótico, o por la pretendida falta de calidad o seriedad de algunos de sus contenidos. Ello es, en parte, consecuencia de la historia de Internet, pero más a fondo, también se debe tener en cuenta que Internet no es más que un reflejo de la sociedad actual. Pero aquí hay que recordar, según Candeira, que al navegar por la red uno puede seleccionar la información a través de programas con filtrado colaborativo, o simplemente a través de la voz de la colmena.
Si bien las tecnologías audiovisuales pueden dificultar el desarrollo de la capacidad de abstracción, la función de la escuela es hacer del alumno un ser humano que reflexiona y, ello puede verse facilitado, en la era denominada por McLuhan eléctrica, si se incorporan las tecnologías y se sabe aprovechar al máximo sus características sin olvidar estimular la característica propia del ser humano.
Alejandra Vardé
Bibliografía:
1) Sartori, G.: “Homo videns (la sociedad teledirigida)”, Taurus, 1998..
http://www.gva.es/publicaciones/revista/rvea23/Gloria-6.html
2) Olson, D.: “Las representaciones de la mente: los orígenes de la subjetvidad”, “La constitución de la mente letrada”, Capítulos 11 y 12 de El mundo sobre papel. El impacto de la escritura y la lectura en la estructura del conocimiento. Barcelona, Gedisa, 1998.
3) Ong, W.: “La escritura reestructura la conciencia”, “Imprenta, espacio y clausura”. Capítulos 4 y 5 de Oralidad y escritura.La tecnologización de la palabra. México, FCE, 1987.
4) McLuhan, M.: “La Galaxia Gutengerg”, Círculo de Lectores, Barcelona, 1998.
5) de Kerckhove, D.: “Tecnopsicología”, “Televisión”, “El programa alfabético”, “Escucha oral/Escucha alfabética”, “La piel de la cultura”, Capítulos 1,2,17,18,19 de La piel de la cultura. Investigando la nueva realidad electrónica. Barcelona, Gedisa, 1999.
6) Candeira, J.: “La Web como memoria organizada: el hipocampo colectivo de la red”. En Dossier “Para poder pensar”, Revista de Occidente (Madrid), 2001.

