“Se distinguen en el medio fútbol dos corrientes de pensamiento bien diferenciadas. Por un lado, los que aparecen como tácticos materialistas, acotadores de la expresión individual y cercenadores de la libertad de jugar: la escuela bilardista. Por el otro, los que ponen el acento sobre la capacidad potencial de la individualidad, sin descreer totalmente de lo táctico, pero priorizando lo creativo sobre lo pre-elaborado: la doctrina menottista” Enrique Macaya Marquez
Examinábamos en nuestro anterior encuentro, entre otros puntos, cómo en el Mundo Vercelli, se asiste, por un lado, a un modelo de aprendizaje reflexivo, en el que se pregona la lectura crítica de los materiales; y por el otro, a un tipo de enseñanza que habilita la competencia verbal y la multiplicidad de perspectivas de los participantes. Hasta aquí, nos movemos en la “topografía social” de la clase, en el plano de la superficie, pero qué es lo que sucede debajo de ella, lo que funciona como estructura “técnica” de toda relación maestro-discípulo, lo que actúa como condicionante de aquel proceso compartido propio del Mundo Vercelli.
Es entonces cuando se hace indispensable el uso de lo que se conoce como código fuente. Si bien, he sometido al término a una cierta tergiversación respecto a como se lo conoce en informática, en el universo escolar sigue ocupando el mismo grado de importancia que en el campo del software. En el ámbito académico, entendemos por código fuente una serie de disposiciones e instrucciones, emanadas implícitamente de un profesor específico, potencialmente legibles por parte de los alumnos, encargadas de regular la actuación (compréndase la participación) de éstos en el espacio del aula. El código fuente, por ende, está en estrecha relación con la posibilidad de acceso de los estudiantes al proceso de configuración de la clase, es decir, con la intervención que ellos puedan llegar a tener en el desarrollo de la misma.
Las disposiciones que marcan el modo en que funcionan las herramientas de participación estudiantil son transmitidas al alumno, como dijimos, de forma tácita. El secreto de la receta no radica en que el docente solicite clara y manifiestamente a sus colegiales la colaboración protagónica en el desarrollo de su clase, si así lo deseara. Esto no es suficiente. Un profesor puede enloquecerse gritando “...pero participen manga de títeres!!!!! No escuchan lo que les digo?? Participen, che!!”, mensaje que al estudiante tranquilamente puede resultarle indiferente. La delimitación del código fuente académico reside esencialmente en la perspectiva desde la que el docente encara los temas a trabajar, en las invitaciones o no a la reflexión que efectúa, en el manejo de los tiempos que realiza, en la organización espacial de los asistentes, en el contrato de convivencia celebrado entre profesor y alumnos, y en un sinfín de propiedades que conforman el contexto en el que se desarrolla la educación escolar propiamente dicha. Todos estos puntos van constituyendo las vías de canalización participativa ofrecidas al alumno en el propósito de convertirlo en un sujeto configurador, a la par del profesor, del trámite de la clase.
Si recién se hablaba de contexto, debe decirse que el código fuente académico da cuenta cabalmente de lo que se conoce como fuerza ilocucionaria. El receptor no solamente tiene acceso a la clase en sí (contenidos disertados), sino también al modo (intención), tal como observamos, en que el profesor desea que esa clase sea llevada a cabo.
La naturaleza de los preceptos que define, entonces, al código, será lo que determine que éste sea de acceso abierto, o bien, cerrado. El producto de la adopción académica de un código abierto será una clase caracterizada por la retroalimentación de posiciones, en la que la libertad y la innovación del alumno son moneda corriente. Se trata, después de todo, de un “texto” desarticulado, un objeto penetrable, abierto libremente a las modificaciones que el aprendiz quiera efectuar.
Un código cerrado, mayormente utilizado, dará forma a una clase estructurada, táctica y propietaria, en la que el saber reside indiscutiblemente en el docente. Asistimos, de esta manera, a un texto protegido de las intervenciones externas (estudiantiles), intangible, al que el oyente solo puede acceder precisamente para esto, para oír, pero no para “tocarlo”.
Al fin de cuentas, dos tipos de códigos, dos visiones de entender la educación, dos maneras de considerar al estudiante. Por un lado, el código abierto y todo el “romanticismo” del Mundo Vercelli. Por el otro, el código cerrado y la “frialdad” y el “pragmatismo” de los eruditos y gurúes de la universidad nuestra. Dos opciones. La libertad de elegir. Esta libertad, este término, que ya de por sí señala el camino de lo correcto: bienvenido sea el código abierto.
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Bibliografía utilizada
- Olson, David, “Las representaciones de la mente: los orígenes de la subjetividad” en El mundo sobre papel. El impacto de la escritura y la lectura en la estructura del conocimiento, Barcelona, FCE, 1998.
- Wayner, Peter, “Libertad” y “Código” en La ofensiva del software libre, Barcelona, Granica, 2001.
- Himanen, Pekka, “La academia y el monasterio” en La ética del hacker y el espíritu de la era de la información, Buenos Aires, Destino, 2002.
- Simone, Raffaele, “Qué le sucederá al cuerpo del texto” en La tercera fase. Formas de saber que estamos perdiendo, Barcelona, Taurus, 2001.
- Mayans i Planells, Joan, Género chat (o cómo la etnografía puso un pie en el ciberespacio), Barcelona, Gedisa, 2002.
- Macaya Marquez, Enrique, “Menotti y Bilardo” en Mi visión del fútbol, Buenos Aires, Temas, 1996.
Reconozco que en mi trabajo hay una deformación de “código fuente” con relación a cómo se lo utiliza en informática, pero, a mi entender, es cuasi imposible hacer la traslación del término, entendiéndolo en su significación original, al ámbito de una clase escolar. Después de todo, ante una crítica que pueda provenir por ello, es decir, por esa distorsión del vocablo, yo, muy suelto de cuerpo, puedo responder que Yo, Román Rebichini, responsable de lo escrito, teórico, autor, investigador, analista, perteneciente a una determinada escuela de investigación, y todos mis criterios, entienden en el espacio de una clase por “código fuente” aquello que se define en “Código fuente académico, pasaporte a la libertad”, de esa forma específica y no de otra. Y a otra cosa mariposa.
El posteo debe tener una extensión máxima de 700 palabras. Aquí no se incluye la cita de Macaya Marquez. Toda cita es un elemento periférico, por lo tanto aspiro a que no sea incluida dentro de esos 700 términos fijados. De lo contrario, estaré en problemas. Es más, ya estoy sintiendo la adrenalina propia del avión encargado por Bilardo para que me estrelle.
Las 700 palabras justas, ni una más ni una menos, de mi TP, levantan la bandera de que debe sacarse el mayor provecho posible a la libertad, dentro del cercenamiento que impongan estructuras estáticas y rígidas, como en este caso.
Con este trabajo finaliza mi relación con los posteos (por lo menos en este weblog). A propósito, debo decir que representa una experiencia totalmente original de lo que hasta ahora se me había presentado en la carrera. El weblog es la figura principal de la Cátedra, y me parece más que bien.
ROMÁN REBICHINI

