Geoffrey Nunberg sugirió en su texto El futuro del libro, que una representación futurista traiciona el espíritu de una época. Si aplicamos esta hipótesis a una proyección de lo que puede ser Internet dentro de un número cualquiera de años, tal vez caigamos en las dos equivocaciones que, según este autor, esa práctica implica. La primera es suponer que la red será lo que parece ser su destino forzoso: el lugar por el que pasen casi todos los actos del hombre. La segunda equivocación es conjeturar que Internet seguirá siendo la mejor forma de, entre otras tantas cosas, comunicar a los seres humanos.
Ahora bien, sin menospreciar la idea de Nunberg, todo hace suponer que Internet, y por consiguiente los ordenadores, difícilmente dejen de ser determinantes para la vida de los hombres. Por el contrario, todo indica lo inverso. Y que su campo de acción es cada vez más amplio. Sin embargo, hay que concederle que suponer cómo funcionará en el futuro es, cuanto menos, aventurado. De lo que no quedan dudas es de la creciente importancia que acarrea poder manejar el instrumento que regirá gran parte de nuestras vidas en el futuro.
Esa importancia nos lleva a pensar muchas cuestiones relacionadas con el uso que les damos a los ordenadores. Por eso no es un tema menor hablar de libertad en la red. Esta problemática nos acerca al pensamiento de Peter Wayner, según él los ordenadores y los seres humanos “estamos convergiendo”. O sea, cada vez nos es más familiar manejar el lenguaje de los ordenadores. Particularmente, adhiero a esta especulación, aunque considero que esa convergencia es todavía muy precaria. Así como ocurrió con la escritura, el lenguaje de los ordenadores transita el inexorable camino de la extensión a casi toda población mundial. Pero todavía nos encontramos en los albores de un entendimiento profundo del código. Quizás por eso resulta muy importante garantizar ciertas libertades que van camino a ser recortadas.
Una de las características principales de la red es la libertad con la que cualquier usuario puede moverse. Las regulaciones que se les pueden aplicar a los navegantes son pocas. Igualmente, siguiendo a Lawrence Lessig, creer que estas condiciones se mantendrán inalterables es ingenuo. Él afirma que la arquitectura de la red “está cambiando ante nosotros” y que la regulabilidad es cada vez mayor. Por eso, no es un tema menor luchar por mantener la libertad que hoy ofrece Internet.
Para ello, considero que son indispensables dos premisas que involucran al creciente número de usuarios que navega por Internet. Por un lado, es fundamental que la convergencia entre los ordenadores y los seres humanos crezca; es decir, que el hombre sea capaz de entender el código. Como en cualquier aspecto de la vida, conocer a fondo la herramienta posibilita un mejor uso de la misma. Y, para que el código no se convierta en el poder soberano del que habla Lessig, debemos esforzarnos por conocerlo. Por otra parte, llevar adelante esta tarea sería mucho más simple si la totalidad de los cibernautas adoptasen los valores y creencias de los hackers. No estoy diciendo que todos los usuarios de Internet deban convertirse en programadores expertos, sino que en un futuro todos persigan mancomunadamente un mismo objetivo: defender la libertad. Y, aunque representar a futuro conlleve equivocaciones, podemos augurar un porvenir marcado por los ordenadores.
Federico Luchini (Grupo PDF)

