Tengo que hacer un trabajo para la facultad. Tema: “La libertad”. Es extraño pensar qué es o qué implica ser libre (o no serlo en el peor de los casos). De pequeña siempre pensé que los únicos que eran libres eran los pájaros, que, con sus alas desplegadas podrían desplazarse por toda la extensión del cielo. A medida que fui creciendo mi concepción sobre la libertad se fue modificando. Al llegar a la adolescencia creía que la libertad era transgredir los límites que me eran impuestos: lograr autonomía e independencia eran mis objetivos primordiales. Pero no me daba cuenta de que de esa manera era presa, estaba atada y esclavizada a esa contra-ley (por así llamarlo). La libertad era una falacia. Un invento y un intento de cambiar al mundo con la desobediencia y la rebeldía. Hoy, en cambio, me asaltan preguntas, dudas flotando en mi cabeza como un pájaro flotando suspendido en el aire ¿Cuántas elecciones hay en nuestra vida? ¿Realmente elegimos o se nos impone qué elegir? ¿Somos libres o esclavos al elegir?
Decidí consultar en Internet, buscar en esa amplia fuente de información a qué se llama libertad. Así que, me entregué enteramente a las vicisitudes de la red. Poco a poco voy consultando las páginas que van apareciendo en mi pantalla. Me siento molesta cuando, cada vez que me decido por una página, otras ventanas con publicidad me asaltan con sus miles de “ofertas”. Me impaciento cuando la red tarda en bajar los datos que intuyo servirán para mi tarea. Finalmente, cuando logro ver de forma completa lo que la Internet me propone, descubro un enorme anuncio de pastillas para controlar la ansiedad: “Estas manos necesitan Armonil”. Me sorprende observar cómo mis dedos tamborilean del mismo modo que lo hacen los dedos de la publicidad. Sería bueno intentar para la próxima con un par de pastillas, tal vez, lograría una mayor mesura frente a cada espera que la red impone.
“No se puede mostrar la página” – reza imperioso un cartel con letras enormes como si yo hubiera transgredido alguna restricción. Si Internet es de acceso libre (y gratuito), ¡¿por qué no puedo consultar esta página?! ¡Justo la que pensé que podría salvarme de este angustioso trabajo que no me dejar dormir! Paso horas navegando frente a esta pantalla, intentando hasta lo imposible. Mis ojos gritan ¡basta! y me mente no puede hilar un pensamiento coherente. Mi dedo índice está entrenado para pulsar el botón izquierdo del mouse. Acepto que el ciberespacio tenga sus propias reglas, las cuales, por supuesto, jamás podré entender. Acepto que el código que manejan los hackers sea solo entendible para ellos. Entiendo las palabras de Lessig cuando sostiene que “el código del ciberespacio es él mismo un poder soberano”, pero me cuesta aceptarlo. Sé que cada movimiento, cada paso que dé en la red será registrado, controlado, supervisado. Me viene a la cabeza esa imagen, esa estructura panóptica que tan bien definió Foucault. Un código que controla pero al que yo no puedo controlar. Una ley presente y ausente. Un lenguaje que no puedo hablar, pero que me habla.
Aún me falta demasiado para finalizar este trabajo. Al menos pude reflexionar sobre la libertad en Internet y eso bastó para comprender que también a la red le falta demasiado para finalizar el trabajo de eternizar los laureles de la libertad, parafraseando, forzosamente nuestro Himno.
Cecilia Medina

