
“Ningún sistema de escritura, incluyendo el alfabeto, vuelve conscientes todos los aspectos de lo dicho (…) En la medida en que transcriben lo dicho, no transcriben cómo fue dicho, y en consecuencia los índices de cómo el emisor pretendía que el receptor tomara lo dicho. Lo que se pierde en el acto de trascripción es precisamente lo más difícil de recuperar en el acto de lectura, es decir, cómo interpretar una expresión determinada.” [2]
Quienes pertenecemos a la cultura letrada, permanentemente intentamos recuperar los aspectos del lenguaje que se pierden en el traspaso de la palabra oral a la escrita. En la comunicación verbal, existe la posibilidad del contacto instantáneo, lo que permite tanto respuestas inmediatas como reformulaciones. Además, contamos con herramientas no verbales que complementan lo dicho y disminuyen las posibilidades de una interpretación errónea: tonos de voz, posturas, gestos, miradas, contextos, etc.
Pero sabemos que la escritura no es la mera trascripción de un discurso oral, sino que proporciona lo que Olson llama un “modelo para el habla”. Nuestra conciencia sobre el mundo y sus representaciones se transforma absolutamente al sumergirnos en un texto; sin restarle de ningún modo complejidad, el sistema de escritura no cuenta con los recursos que en el lenguaje oral permitían una comunicación completa. Simplemente posee otros dispositivos, mucho más específicos y abarcativos, que lo enriquecen ampliamente, ya que su lectura requiere “todo un nuevo y completo mundo de discurso interpretativo, de comentarios y argumentaciones sobre cómo, precisamente, un enunciado ahora trascripto, debe ser tomado” [3]. Es decir, que tanto autor como lector deberán precisar más las nociones respecto de los significados en juego.
Más allá de que la escritura logre conformar un sistema de sentidos precisos, nunca provee un esquema acabado de representación de la fuerza ilocucionaria. Nunca se llegará a abarcar la totalidad de las posibles
interpretaciones sobre un texto. Cuando Alfonsín pronunció su memorable frase “La casa está en orden”, ¿Quién podría asegurar que un musulmán no comprendió que el personal doméstico del presidente funcionaba a la perfección?
En la actualidad, asistimos a un fenómeno controversial: la introducción de las tecnológicas de procesamiento de la información en la vida cotidiana, condujo a una transformación gradual y continúa respecto de la escritura. Un ejemplo paradójico de este fenómeno se ve plasmado en la mensajería instantánea, o Chat. Se lo define como un híbrido a mitad de camino entre la oralidad y la escritura, del que emerge un nuevo código de comunicación, donde confluyen la espontaneidad del habla con el carácter diferido del registro escrito. Concretamente las “conversaciones virtuales” inducen a plasmar por escrito ciertos recursos extra-lingüísticos que aportan a la fuerza ilocucionaria.
La comunicación instantánea instaura la ilusión de un intercambio libre y espontáneo entre una ilimitada comunidad de usuarios, ilusión que se ve reforzada por la ausencia de normas lingüísticas, absolutamente impostergables en la escritura.
Sin embargo, la experiencia nos obliga a cuestionarnos sobre este proceso ambiguo. ¿De qué libertad hablamos cuando chateamos? ¿Hasta qué punto no ha cambiado el significado mismo de la palabra mientras las tecnologías de la información se trasforman permanentemente? Porque en definitiva la comunidad virtual se sigue ajustando necesariamente a nuevos códigos, incluso más específicos que los anteriores. Aprender a comunicarse en el chat implica aprender a descifrar nuevos usos del espacio, del tiempo y de la lengua. E imaginar que somos libres frente a la pantalla sólo porque podemos comunicarnos sin reglas lingüísticas de ningún tipo y ser comprendidos en algún grado, es un engaño absoluto, tan deliberado como el de suponer que siguiendo la gramática sería posible que se comprendan todos los hombres.
Es evidente que el Chat manifiesta un retorno a la oralidad, que se percibe en múltiples aspectos. Pero no podemos negar que seguimos de cualquier forma escribiendo, sin poder despegarnos de los caracteres que conocemos desde el principio de nuestra experiencia como individuos de este mundo.
Borges imaginó un posible contacto entre dos realidades. En “El Evangelio según Marcos”, narra a tientas la actitud que podría provocar la lectura de las Escrituras en una persona letrada, recién involucrada con el campo, en oposición a la reacción de los capataces de la estancia, hombres analfabetos y de por sí de pocas palabras: “Para ejercitarse en la traducción y acaso para ver si entendían algo, decidió leerles ese texto después de la comida. Le sorprendió que lo escucharan con atención y luego con callado interés. Acaso la presencia de las letras de oro en la tapa le diera más autoridad [...] Espinosa sintió que eran como niños, a quienes la repetición les agrada más que la variación o la novedad. Una noche soñó con el Diluvio, lo cual no es de extrañar; los martillazos de la fabricación del arca lo despertaron y pensó que acaso eran truenos [...] el padre habló con Espinosa y le preguntó si Cristo se dejó matar para salvar a todos los hombres [...] Sí. Para salvar a todos del infierno [...] Hincados en el piso de piedra le pidieron la bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo [...] El galpón estaba sin techo; habían arrancado las vigas para construir la Cruz.” [4]
Es claro que Borges escribe sin extraerse de la cultura letrada a la que pertenece; el uso permanente de metáforas y comparaciones en el transcurso del texto lo manifiestan. Sin embargo demuestra cuán diferente puede ser la interpretación de un mismo texto (en este caso cargado particularmente de sentidos) para individuos que no conocen la escritura y que por lo tanto no piensan a partir de ese proceso.
A partir de ahora sólo es cuestión de imaginar lo que sucedería con esta historia si fuese atravesada por un medio electrónico. Por un lado, una multiplicidad de interpretaciones posibles; pero por el otro, se suspende una idea en el aire. Con otros códigos, otras normas, individualmente o en “comunidad virtual”, seguimos pensando en función de la escritura que aprendimos y desarrollamos, y de algún modo u otro las interpretaciones se hacen posibles, aunque se necesiten nuevas formas para lograrlo.
[1] http://www.labrys.com.ar/article84
"Los medios de comunicación modernos amplifican la capacidad de deformación propia de las lenguas naturales. Quiero decir que las palabras son arbitrarias y que lo arbitrario del signo lingüístico es ser una máquina de fabricar mundos que no son el real, sino el real para los Hombres"
[2]Olson, David - "El mundo sobre el papel", Pág. 288, Ed. Gedisa, 1998.
[3] Op. Cit. 2 , Pág. 294.
[4] Borges, J. L. - "El informe de Brodie", El Evangelio según Marcos, Ed. Alianza, 1974.

PROCESADAS 2004
CASTRO, Yael.
EBARLIN, M. Cecilia.
FLAKER, Tatiana.
KAUL, Ana Lucía.
LOZZA, M. Eugenia.
MARTINOVIC, M. Paula.

