En plena Puna, en la ciudad de Oruro, Bolivia, el antropólogo Rodolfo Kush visitó, junto a sus alumnos, a la comunidad indígena Aymara para realizar un trabajo de campo. Sentado sobre una pirca de adobe, mirando hacia lo lejos, se encontraba el abuelo de la comunidad, quien no mostraba entusiasmo a la hora de responder las preguntas de los extraños visitantes. Con la mirada perdida, el abuelo les contaba que antes la tierra daba papas muy grandes, que llovía más que ahora y que todo era mucho mejor. Entoces, un alumno le preguntó por qué no se compraba una bomba hidráulica. El rostro del anciano se volvió más impenetrable aún.

Le dijeron que había varias instituciones que lo ayudarían, que podría ir a la oficina de extensión agrícola de Oruro para pedir información y que poniéndose de acuerdo con sus vecinos podrían comprar la bomba y pagarla en cómodas cuotas. El abuelo siguió mirando la Puna sin responder. Pensaba, seguramente, que para hacer llover era más barato y seguro uno de sus rituales, como la Gloria Misa o la Huilancha.
Un alumno escandalizado por la actitud del abuelo lo calificó de ignorante. Eso es lo que se suele decir en esos casos porque, se supone, que si él conociera o viera la realidad que lo rodea, forzosamente, tendría que comprar la bomba. La cuestión para nosotros estriba en conocer una realidad plagada de objetos. Pensamos que todo se da en el afuera y nosotros debemos recurrir al mundo exterior para solucionar nuestros avatares. Para nosotros es incomprensible que el abuelo se resista a usar la bomba hidráulica para solucionar su problema. Consideramos que perdió todo contacto con la realidad, así como la pierde el hombre que, en la ciudad, vive sin fax, televisión o computadora.
El abuelo pertenece a un mundo en el cual la bomba hidráulica carece de significado, porque él cuenta con recursos propios como lo es el rito. Para solucionar sus problemas, el abuelo apela a un conocimiento que necesita a un sujeto conocedor para existir. Ese conocimiento adquiere validez por el hecho de haber sido acuñado durante varias generaciones por su cultura. Es un saber que no necesita certificación empírica, el tiempo que lleva circulando es lo que lo hace verdadero. Nosotros, por el contrario, acudimos a informaciones que requieren de una pronta verificación. Estas pueden existir en ausencia de un sujeto y puede ser almacenada en un medio neutral.
Cuando en una cultura se introduce una tecnología externa, esta altera el equilibrio de los sentidos, dando una mayor trascendencia a uno de ellos. El sentido de la vista es el que prima en la modernidad, se necesita "ver para creer", a diferencia de la comunidad Aymara, donde se vive en un mundo implícito y mágico de la resonante palabra hablada.
La modernidad consistió en la movilización de un mundo de objetos que se dan afuera de un sujeto. Por eso, desde la simple enfermedad hasta los avatares de nuestra vida física y espiritual, siempre encontramos la solución en el afuera. Vivimos como si junto a nuestra vida se diera el plus de una realidad plagada de causas y de administraciones. Nuestro quehacer ciudadano consiste en compensar, por el lado de afuera, cualquier desequilibrio que se produzca dentro de nosotros. Es más, cualquier desequilibrio interior se debe seguramente a que falla lo de afuera.
El abuelo removía su intimidad en la realización del ritual, pero no aprovechaba la solución externa. Nosotros disponemos de lo que la civilización nos ha brindado, pero no removemos nuestra intimidad, ni siquiera la conocemos.
Bibliografía consultada: Rodolfo Kush; El Pensamiento Indígena y Popular en América; Puebla, México, ed. J.M. Cajica, 1970.
Grupo: Hijos de la Calle. María Agustina Mussio, Joaquín Arnáez, María Esperanza.
Imagen extraída de la siguiente página: http://www.vallarta-adventures.com/espanol/galerias_fotos.html

