
Hoy por hoy la television nos pone en una situacion de tension, constantemente somos bombardeados con imagenes de sufrimiento y tragedia en remotas partes del mundo, relegados a una posicion de espectador impotente, y obligandonos a replantearnos cual es nuestra responsabilidad moral con el resto del mundo.
Continuando con los lineamientos de nuestro trabajo anterior -“¿El medio es el lobo del medio?”-, ahora trabajaremos con herramientas de tres autores nuevos: Marshall McLuhan, Geoffrey Nunmberg, y Derrick de Kerckhove.
Cuando tomamos un libro podemos leerlo o no, se lo puede dejar si el contenido desagrada, se lo puede terminar y volver a empezar, se puede interpretar y reinterpretar de diferentes maneras mas allá de las meramente textuales. Podemos asimilar su información a nuestro ritmo y a nuestra manera particular, porque su mensaje, su información, permanece inalterada, contenida físicamente en el libro. El libro debe ser destruido para destruir la información que el contiene, inalterable de otro modo.
Paradójicamente con la televisión pasa una cosa similar, porque es todo lo contrario: No es información que podamos procesar a nuestro ritmo, no es para que pensemos, es para que veamos.
¿Y que es lo que vemos?. Lo que otros deciden que veamos, y ese es el problema.
Pensemos en épocas antiguas, mas de mil novecientos años atrás: Un Santo podia terminar el dia sintiéndose satisfecho de si mismo y con la plena impresión de haber cumplido la voluntad de Dios exorcizando al demonio de turno y/o ayudando a cuanta alma en pena se cruce en su camino. Su responsabilidad con la humanidad y su rango de acción esta limitado a su presencia física... nosotros no tenemos esa suerte.
La televisión, y los nuevos medios en general, amplían nuestra “responsabilidad con la humanidad” a limites casi insoportables. Nosotros podemos presenciar eventos terribles ocurrir en la otra punta del globo sin tener la mas mínima posibilidad de intervenir, las tragedias ocurren “frente a nuestros ojos” sin que necesariamente tengamos que estar allí, mediante la tecnología hemos extendido nuestros sentidos pero de ningún modo nuestra capacidad de acción.
Hoy por hoy se nos impone un papel de espectador involuntario e impotente frente a las tragedias de todas partes del mundo que han sido especialmente recolectadas, compiladas y editadas para entrar de manera mas eficiente por nuestros sentidos y someternos a intensas sesiones de angustia. Ya no solo no podemos “no saber”, tampoco podemos elegir “no ver”, es pecado. Si llegáramos a conocer una persona que, frente a una pregunta nuestra acerca de si vio la noticia de la tragedia X ocurrida en el país Z, nos respondiera que prefiere “no ver esas cosas”para no amargarse, pensaríamos que estamos frente a una persona muy idiota o muy inmadura (o ambas) e incluso nos invadiría una profunda sensación de enojo por su indiferencia, porque el no carga con la misma responsabilidad que nosotros.
La incorporación de nuevos medios, y de nuevas formas de utilización de los mismos, nos someten a tensiones y nos obligan a replantearnos cuestiones y conceptos que se vuelven obsoletos. Así como debemos replantear conceptos de “prestigio”, “derecho de autor”, e incluso la noción de “información” en un mundo en donde todas las personas pueden ser potencialmente autores y lectores, ahora deberíamos plantearnos el concepto de “responsabilidad moral” en un mundo donde nos enteramos de las tragedias y las injusticias en el momento en que ocurren y que llegan a nosotros de manera en que no podemos pensar lo que vemos.
Estamos sometidos a la voluntad de un nuevo dios, el cual no exige de nosotros que dejemos nuestras posesiones materiales a los pobres y salgamos por el mundo a difundir su palabra. Este dios puede alcanzar con su palabra a todo el mundo, y realmente no quiere que nos movamos del televisor para ayudar a ningún desvalido, sino todo lo contrario: debemos seguir mirando.
Grupo: 7 Lagos
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