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El Libro
Alejandro Piscitelli
ISBN 950-6970-1
Paidós - 2002
 


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Escribo, luego pienso
15.02.2004

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Cómo dar cuenta, por un lado, del trascendental traspaso -para el pensamiento y la expresión- de la oralidad a la cultura escrita, y por el otro, de alguno de los efectos que provocó este cambio de instrumento de comunicación en la sociedad.

La escritura, pionera en esto de tecnologizar la oralidad primaria original, inició lo que la imprenta y la computadora sólo continúan: la reducción del sonido dinámico al espacio inmóvil, tal como lo especifica Walter Ong. Es decir, incrustó la palabra hablada en el espacio, el cual a partir de entonces adquirió una gran significación. Al tratarse de una tecnología cuya función primordial es la de almacenar la información fijándola en un soporte externo a la memoria, produjo cambios ligados a las prácticas que se basan en el intercambio, el almacenamiento y la manipulación de la información. De hecho, siguiendo esta línea, la condición de las palabras en un texto es radicalmente diferente de su condición en el discurso hablado.

Para dar cuenta de esto último repasaremos sus diferencias de acuerdo a la perspectiva de Ong. Si consideramos el contexto, podremos apreciar que la palabra escrita queda aislada de él (David Olson hablará de discurso “autónomo”), produciéndose una separación entre lo dicho y quién lo dijo; mientras que la palabra oral cobra vida en el afuera. También se encuentra la situación en la que un vocablo es verbalizado o “documentado”. En el primer caso, la palabra (oral, claro está) es dirigida por una persona real a otra persona real dentro de un marco real; en cambio, la palabra escrita se encuentra sola en un texto, e inclusive es el autor del enunciado quien reposa en solitario al momento de la composición.

A la palabra escrita (ya estamos en otro dominio de observación: precisión analítica), al vivir en soledad, se le exige, mayor precisión que a la oral (imposible pronunciar un término, por ejemplo, sin entonación), ya que al desaparecer el contexto, el hablante, el tono de voz y los elementos indiciales de la oralidad, sólo podemos valernos de las palabras para desambiguar significados.

El carácter correctivo también varía de una forma a otra. En la escritura se presenta lo que Jack Goody llama “análisis a la inversa”, o sea, la posibilidad de eliminar todo tipo de incoherencias, la facultad de suprimir, borrar y cambiar lo que está trazado sobre el papel; por su parte, en la oralidad no es factible quitar una palabra pronunciada.

Hay una última “controversia” en esta distancia que pretendemos presentar entre las culturas oral y escrita, su relación con la introspección. Mediante la separación conocedor/conocido la escritura permite una introspección como nunca antes, no sólo frente al mundo externo, sino también frente al yo interior. Esto no es otra cosa que lo que Olson llama subjetividad, es decir, el reconocimiento de los estados mentales de uno mismo y de los otros, además de la comprensión de cómo son considerados estos estados por quienes los experimentan.

Una vez que la inteligencia humana no tuvo que gastar el total de su energía en recordar, pudo dar el paso evolutivo siguiente, que fue el de meditar. Qué fue posible gracias a la escritura, permitiendo el registro de los acontecimientos. La escritura permitió que los seres humanos aprendieran a autorreflexionar. Y esto es más que cierto. Y será más cierto aún para Olson, quien sostiene que con la invención de la escritura y el desarrollo de la cultura escrita, la primera revolución cognitiva de la historia –según sus afirmaciones-, asistimos al nacimiento de la noción de autoconciencia.

Esta tesis es desarrollada claramente por otro teórico, Erick Havelock. Éste trabaja dos argumentos. El primero tiene que ver con que escribir liberó la cognición de la obligación de la memorabilidad, autorizando un nuevo tipo de discurso, el discurso de principios, afirmaciones y definiciones; no olvidemos que el lenguaje oral se desarrolla en un tiempo que tiene lugar exclusivamente en el presente de la enunciación, dificultando la reflexión sobre el pasado. El segundo argumento que ofrece refiere a que la escritura transforma algunos aspectos del lenguaje, incluidas las palabras, en objetos de conciencia. Tal como lo señala Olson, es escribir más que hablar lo que alienta la conciencia de la distinción entre lo que digo y lo que quiero decir; ‘lo que se quiere decir” comienza a ser visto como lo mental.

Es entonces cuando las palabras se vuelven distintas de las ideas y lo que se dice se distingue de lo pensado. Esta concepción que permitió el surgimiento de la autoconciencia habría sido irrealizable sin la experiencia de la escritura, la cual dio origen a la idea de idea. Se puede concluir este artículo, entonces, postulando que el descubrimiento de la mente del que habla Olson, es parte del legado de la escritura que caracteriza, en cierta manera, Ong, a partir de su antagonismo con la oralidad

Bibliografía utilizada

ª Olson, David, “La representación de la mente: los orígenes de la subjetividad” (Capitulo 11) en El mundo sobre el papel. El impacto de la escritura y la lectura en la estructura del conocimiento, Barcelona, Gedisa, 1998.
ª Ong, Walter, “La escritura reestructura la conciencia” (Capitulo 4) en Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, México, FCE, 1987.


Se plantearon en el grupo una o dos alternativas más, además de la que terminamos desarrollando. Terminamos eligiendo, consenso mediante, la que presentamos anteriormente, debido a que nos parecía más notoria la relación que podíamos establecer entre uno y otro capítulo. Nos enfrentamos al obstáculo del tiempo, pero creemos que hemos presentado algo más que digno.

GRUPO: RAYUELA
INTEGRANTES: Román Rebichini y Martín Angulo

Publicado por el Febrero 15, 2004 08:24 PM | TrackBack
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