La condición de las palabras en un escrito es distinta de su condición en el discurso hablado y esto tiene implicancias sociales muy concretas. Este es, al menos, uno de los puntos fundamentales en los que coinciden tanto Olson como Ong y al que abocaremos nuestro trabajo. Intentaremos, por lo tanto, dilucidar los vínculos entre ambos teóricos a este respecto, utilizando, donde sea pertinente, diversos fragmentos del análisis expuestos en el capítulo 12 de “El mundo sobre el papel” (Olson) y los capítulos 4 y 5 de “Oralidad y escritura” (Ong).
Olson se refiere expresamente a la división entre acto ilocucionario (lo dicho) y fuerza ilocucionaria (cómo fue dicho). La escritura, a diferencia del habla, se encuentra separada de su contexto comunicacional (no es posible, por ejemplo, recuperar la acentuación, los tonos de la voz, los gestos del hablante, etc.). “La transcripción escrita de lo dicho” sostiene Olson “no representa la fuerza ilocucionaria”; como resultado, los hablantes se ven obligados a desarrollar un nuevo mundo de discurso interpretativo y conceptos acerca de cómo un enunciado escrito debe ser tomado. 
Tal es así que en las culturas escritas es de singular importancia que los niños aprendan, siguiendo las palabras de Olson, un “conjunto de dispositivos para controlar tanto la fuerza ilocucionaria como la estructura textual”. Todo esto en aras de alcanzar una comprensión medianamente apropiada de los textos. Por su parte, Ong nos cuenta, a modo de ejemplo, cómo un actor puede pasarse horas pronunciando un parlamento hasta reconstruir, según su criterio, el matiz enunciativo pretendido por el autor.
Al igual que Olson, Ong considera que las palabras sacadas de su “contexto existencial” oral pierden gran parte de su cualidad expresiva pero sostiene que “la tradición de la escritura (...) puede aportar algunos indicios extratextuales” que ayuden a reconstruir, cuanto menos, una parte de lo que se ha perdido. Los géneros (antiguos “sistemas de escritura” según Ong) pueden proporcionar recursos al lector para situarse imaginariamente. En la actividad de la lectura, el lector “recrea” en su mente la figura del escritor y lo mismo hace este último con la del lector durante el proceso de escritura. La escritura y la lectura (pero sobre todo la primera) son para Ong, en la modernidad, actividades solipsistas. Curiosamente, esto no se contrapone con el hecho de que cualquier persona que forme parte de una cultura escrita deba ser partícipe de una “comunidad textual”. En síntesis, nos parece que el acto de escritura (o de lectura) puede ser considerado como solitario siempre y cuando se tenga en cuenta que se está haciendo referencia al acto en sí. Sin embargo, nos parece conveniente aclarar que la escritura o la lectura no pueden ser evaluadas de este modo en la medida en que los dispositivos sociales anteriormente señalados, tanto por Olson como por Ong, están constantemente influyendo sobre el modo en que se escribe o se lee. Vale decir, uno puede escribir o leer solitariamente pero con un bagaje socio-cultural continuamente presente en nuestra cognición.
Si bien es cierto que Ong no parece referirse a la cuestión de las comunidades textuales tan explícitamente como Olson, sí puede pensarse que este concepto está latente en su noción de intertextualidad: “es imposible crear un texto basándose simplemente en la experiencia vivida”. Siempre se está en relación con ciertos lugares comunes literarios y psicológicos que conforman, agregamos nosotros, el “corpus textual” que Olson consideraría como compartido por cualquier comunidad textual.
Para finalizar y ya fuera del análisis teórico indicamos que, si bien el trabajo requirió un importante esfuerzo analítico, no produjo grandes discrepancias entre los miembros del grupo.
Grupo “Data”:
González Monte, Lucas.
Naser, Eugenia.
Valesi, Esteban.

