Los seres humanos tenemos o somos, como lo sentimos según Maldonado, un cuerpo. Pero no somos concientes de la medida en que esté interactúa día a día, minuto a minuto, en el desarrollo aún más cotidiano de nuestras vidas, con diversas tecnologías y el impacto que esta produce en nuestra percepción de la realidad o, mejor dicho, cómo la mediatiza.
Analizaré cómo desde que me levanto hasta que concluye mi día mi cuerpo convive con este tipo de experimentaciones. Difícilmente me levante porque mi cuerpo haya alcanzado naturalmente un estado de descanso que impida que siga dormido. El despertador (creado artificialmente por el hombre) interrumpe ese descanso cuando el sonido que emite es percibido por mis oídos. En ese instante sin levantar la persiana asumo naturalmente (vaya paradoja) que ya es de día (sin haber visto el sol) y me levanto porque un reloj marca las 9. Previamente corro las sábanas y apago alguna estufa que haya quedado prendida y que brindó artificialmente a mi cuerpo una temperatura distinta a la del ambiente natural. Es común que frente a ese estado da calidez salga a la calle con poco abrigo sin haber podido disociar que la temperatura de mi cuarto climatizada por la estufa es diferente a la que me esperará en la calle. Para evitar este desfasaje, es usual que prenda la T.V. y vea qué temperatura hace. Si dice "5 grados", automáticamente confío en ese dato y mentalmente, establezco una proyección del frío que me espera afuera de casa. En base a ese cálculo me pongo determinadas cantidades y tipos de prendas sobre mi ser. Ese cálculo puedo hacerlo por recordar la sensación corporea de frío que he acumulado a lo largo de mi vida en otros días en los que tal sensación estuvo relacionada o vinculada a cifras similares a los 5 grados que arrojo el termómetro (como tecnología que es) en tales ocasiones. De manera que no siento literalmente el frío de los 5 grados. Pero puedo imaginármelo porque en situaciones pasadas en las que experimenté frío tuve contacto con un elemento técnico que midió artificialmente en proporciones similares ese estado del clima natural. Luego, subo a mi auto y voy a la facultad. Está claro que la velocidad y el modo en que me desplazo una vez arriba de este varían respecto de la que genéticamente podría tener. Casi no hay desgaste físico como si caminara todos los días las veinte cuadras y el desplazamiento lo hago sentado e interactuando con una máquina. En este caso la sensación del espacio es modificada. Los ruidos, la luz solar y el clima también son percibidos de una forma distinta al estar mi cuerpo encerrado en el vehículo y no tener una experimentación directa con lo natural. Ni que hablar de la velocidad. El vértigo de 60 kms por hora arriba del auto son percibidos de una forma muy diferente a la que podría sentir el cuerpo si pudiera llegar a esa velocidad prescindiendo de esta prótesis. Esto incluso varía cada vez más a medida que los modelos van perfeccionando sus diseños para disminuir al máximo esa sensación de vértigo o peligro que produce la velocidad. La velocidad ahí no la percibimos por el choque directo de nuestro cuerpo con el viento sino por el movimiento del carro, por el ruido del motor en determinado cambio y, por supuesto, por lo que nos marca una aguja en la cual confiamos. El ascensor de la facultad actúa de manera similar con respecto a la altura. Una pantalla marca el número "4" y con eso me alcanza (no salgo a ver por una ventana hacia abajo) para saber a qué altura estoy.
Luego, por la tarde voy a mi trabajo en subte. Aquí el viaje en un medio tecnológico se produce bajo tierra. La luz solar es interrumpida, el cuerpo puede ver sólo a través de luces artificiales y la percepción del espacio está claramente alterada. No veo el trayecto que hace el medio. Sólo se que llegué a un lugar porque un cartel me lo dice. En ese instante mi cuerpo no ve directamente el lugar, mi presencia en el mismo (por el ejemplo el microcentro de Buenos Aires) es mediatizada por un cartel que dice "Estación Perú". Mi lugar de trabajo es una disquería. Es interesante ver cómo mi cuerpo actúa en él a través de varias tecnologías. Por empezar subimos todas las cajas del pedido a un carro. Puedo decir, con absoluta seguridad, que la sensación del peso de las mismas y el esfuerzo que realizo para transportarlas, es diferente al que experimentaría llevándolas con mis propios brazos. Y para finalizar ilustraré con un ejemplo de atención de una venta. Pueden llamarme por teléfono y preguntarme por un disco. En este caso no veo a la persona con mis ojos ni la escucho directamente sino "mediante" un aparato tecnológico. Pero asumo "naturalmente" que está ahí dispuesta a venir a comprar un CD. El espacio y la presencia de los CD´s se reducen a lo que una computadora reproduce en un monitor luego de que mi cuerpo (mis dedos y mis ojos) interactúen con ella. Yo no veo efectivamente que el CD esté, tampoco se fehacientemente el lugar donde está pero le digo (confiado) al cliente que venga que se lo podremos vender. Esto es porque creo que el CD está realmente cuando, en verdad, esa realidad aparece mediatizada por una máquina en cuyo monitor figura: "stock: 8, categoría 110". Ese número de categoría es la góndola donde está el CD.
Esto es una verdadera chorrada.
Publicado por: Blanca a Noviembre 19, 2007 01:55 PM
