El problema no es el ángulo. El problema es su pretensión.
No esta mal pensar que el ángulo mediólogo de Debray es acertado. Siempre y cuando tengamos una tendencia moderna y etnocentrista de la cultura, y no estemos sufriendo la resaca que nos proporcionó la borrachera de la comunicación.
Borrachera en la cual se podría incluir a la mayoría de los teóricos de la comunicación que, inmersos en la borrosa embriaguez, no pudieron dilucidar que lo que estaban estudiando era solo una parte del todo.
Lo que molesta de la mediología Debreista no es su injustificación (que hay que reconocer que no es tan desacertada) sino su pretensión. Cuando leía los fundamentos de esta nueva ciencia se me vino (el vino es del verbo venir no piense en términos de la bebida) a la mente los estudios de la escuela de palo alto sobre el cuerpo comunicante. Es un estudio con el que uno puede estar de acuerdo o no pero que sin duda tiene el prestigio de ser un acercamiento, de ser una forma novedosa (o por lo menos lo fue en su momento) de tratar de entender la comunicación (otro ángulo diría Debray), prestigio del que tal vez no hubiese gozado si hubiese pretendido ser una forma abarcativa de entender la comunicación.
Debray parece haber transitado el mismo camino pero con la pretensión de ser el único.
El trabalenguas del estructuralismo contra el monumento
Para definir los hábitus (concepto que Debray pasa por alto, tal vez por su acérrimo amor hacia el evolucionismo) Pierre Bourdeu utilizaba un extravagante (pero no por eso menos esclarecedor) trabalenguas: Los hábitus son estructuras estructuradas que funcionan como estructuras estructurantes. Lo que intentaba Bourdeu era tratar de explicar cómo se definían los gustos en las distintas sociedades y culturas a partir de una relación dialéctica entre los hábitos adquiridos por un grupo social y los hábitos nuevos que iba adquiriendo, conforme la sociedad se transformaba.
Debray (si bien no hace caso a este concepto lo que no implica que no pueda recuperarse en su lectura) retoma un ángulo similar con el monumento, pero para hacerlo extensivo a la formación de la identidad. De esta forma la transmisión por su privilegio de ser anterior a la comunicación rompe con todas las consideraciones sobre la comunicación y la cultura. Pareciera ser que lo arcaico por el solo echo de serlo es mejor.
La crisis del monumento
"La semiología veía en el triunfo de lo fotográfico, no sin pesimismo, una renuncia de nuestra cultura al monumento." Con estas palabras Debray trata de fundamentar, no sin antes indignarse, el ocaso de la muerte. De la muerte significada por nuestros monumentos. Si derribamos todos nuestros monumentos perderemos la identidad y aparentemente estamos presenciando la agonía de ésta.
En parte Debray tiene razón. Pero solo en parte. La historia de Latinoamérica es también la historia de la desmaterialización de su cultura arcaica. Es también la historia de la devastación de los monumentos. Si bien es una crisis que venimos sufriendo hace mas de dos siglos, una crisis de la que Debray recién ha tomado conciencia, solo parece importante cuando se la sufre.
En cierta forma Debray es un nostálgico, se indigna porque sabe que su cultura no es la suya, que su evolucionismo ya no sirve para explicar la crisis de identidad, y que no todo se resume a lo acumulativo, pero todavía cree que puede resucitar tanto etnocentrismo occidentalista.
Yo por lo pronto le recomendaría que se de una vuelta por los bares de la comunicación, para que se contagie la borrachera.

