Murray afirma: “el deseo ancestral de vivir en una fantasía que surge con la ficción se ha intensificado debido a la aparición de un medio participativo de inmersión que promete satisfacer este deseo de un modo más completo de lo que ha sido posible hasta ahora”.
Es inevitable que cuando leemos una novela o miramos una película nuestra imaginación vuele hacia lugares desconocidos. Es que, a través de estas historias, desarrollamos plenamente aquellos deseos y anhelos ocultos que se exteriorizan con la estimulación externa. Con un libro o una película, es más fácil discernir lo real de lo ficticio; lo interno de lo externo. Pero no sucede lo mismo con la computadora ya que en este ámbito los límites se desdibujan.
La primera causa de esto, es que la computadora nos exige una participación activa. En las películas o los libros que consumimos la historia está de antemano cerrada y determinada por el autor. En cambio, con la computadora, en el caso de los video-juegos por ejemplo, nosotros asumimos un rol de participación activa y no sería del todo incorrecto suponer que formamos parte de esa realidad tan particular; porque en algún punto sentimos que la estamos construyendo. Ahí es justamente donde reside nuestra confusión: lo virtual que se disfraza de real. Considero esto altamente peligroso porque al mundo virtual lo construimos a nuestro antojo; allí depositamos ilusiones y deseos reprimidos. La satisfacción virtual de emociones y fantasías está a un clic de distancia. Pero al salir al mundo real nos encontramos con dificultades y obstáculos para obtener lo que queremos.
Altas dosis de “realidad virtual” nos pueden proporcionar una satisfacción de carácter ilusorio y efímero. Sin duda, el choque lo vivenciamos cuando nos enfrentamos a la realidad y nos descubrimos que las cosas son más difíciles e inalcanzables. Esto genera una creciente frustración, aislamiento. Porque si en el mundo virtual todo es más fácil, ideal y cómodo… ¿porqué volver al “mundo real”?
Jesica Rosenberg

