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Una de piratas
27.11.2004

por Juan Fondeville

Los hackers, se sabe, gozan de mala prensa y cualquier fulano supone que son unos malhechores que visitan furtivamente nuestro disco duro, se roban lo que les viene en gana y si andan malhumorados infectan algunos archivos para luego vendernos el mejor antivirus de plaza recién diseñado. Que por supuesto no trae el último gusano de raza engordado a software concentrado en sus criaderos virtuales, el que nos lo enviarán cuando los números no cierren.

La historia es prolífica en repetirse graciosamente y las figuras indeseables para la mano dura desfilan cambiando de nombre. Los herejes, los jacobinos, y una nómina incompleta con terminación istas, llega hasta nuestros días: ludistas, anarquistas, comunistas, y hoy los fundamentalistas que veneran a Alá. Los hackers figuran en la lista.
Filibusteros virtuales de última generación, navegantes eximios en la oceánica red de redes el mito dice que los hackers se dedican con tenacidad al saqueo informático. Como buenos ejemplares posmodernos saben de simulacros y de vidas opacas, pero sin valentía ni amores contrariados como sus novelescos antecesores de garfio y parche negro de la lejana modernidad.

El sistema demasiado molesto con su comportamiento allá por los 60’ los ha demonizado y todavía les cuesta sacudirse de encima esta marca descalificadora. Entonces eran demasiado jóvenes y sus ideas contra culturales hacían peligrar los destinos lucrativos que los grupos concentrados y las corporaciones telefónicas imaginaban para la recién nacida, anotada como w.w.w., en humilde minúscula.
Cómo se atrevían estos insolentes universitarios a punto de graduarse, a revelar a los usuarios los códigos de programación, un software abierto, con receta a la vista para mejorarlo. En tanto fumaban marihuana, practicaban el amor libre y detestaban la guerra de Vietnam. Algunos para colmo simpatizaban con las huestes del zurdaje, una categoría mediática desempolvada con buenos modales de nuestro subsuelo reaccionario, para designar a los que piensan distinto en estos tiempos.

Internet es ese ángel caído que se escapó de las manos y sigue haciendo de las suyas. Su portentosa telaraña informacional convive con el entramado originario de las dos ideas antagónicas que la gestaron. La libertad (y consecuentemente la gratuidad defendidas por los hackers, sus artífices) y el negocio liso y llano de la información como suculenta mercancía simbólica. La lógica del mercado no se detiene, ni siquiera atemperada por la ética weberiana de sus pioneros, más declamada que puesta en práctica.

El código será entonces la nueva fuerza de elite para cercar el territorio virtual de la cultura hacker: encriptaciones, mensajes cifrados, passwards herméticos, medidas de seguridad y vigilancia privada para disciplinarnos hacia el buen camino: use y pague. Copyright es para que le quede claro: A nosotros nos asiste el derecho sobre lo que Ud. se copie porque además somos de derecha.

Es sabido que en su afán de acumulación el sistema se enfrenta con su propia lógica. Desde la imprenta del señor Gutenberg a la fotocopia de la corporación Xerox se siguen duplicando infinitas obras diluyendo el áurea benjaminiana. Hoy las tecnologías digitales pueden clonar la obra. Esto es, fabricar en serie originales idénticos con la complicidad de innumerables y anónimos usuarios, lo que indica que estamos transitando por una dimensión perturbadora. Puede que la figura de un anciano sepulturero se esté despabilando y no salga de su asombro, dispuesto a reclamar una indemnización por un contrato postergado.


Publicado por el Noviembre 27, 2004 11:20 PM | TrackBack
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