
“Nuestra realidad psicológica depende parcialmente del modo en que nos afecta nuestro entorno, incluidas nuestras propias extensiones tecnológicas”.
“Nuestra realidad psicológica depende parcialmente del modo en que nos afecta nuestro entorno, incluidas nuestras propias extensiones tecnológicas”. Así, Kerckhove introduce un término para explicar la subjetividad del hombre moderno; la tecnopsicología como el estudio de los estados psicológicos de las personas sometidas a la influencia de las innovaciones tecnológicas, (estado que consiste en una relación pasiva por parte del televidente, preso de los efectos hipodérmicos producidos por la televisión). Por otra parte, el autor va a hablar de Psicotecnología como cualquier tecnología que imita, extiende o amplia el poder de la mente. El campo de la psicotecnología es el conjunto de los media; radio, televisión, ordenadores ya que éstos establecen estados intermedios de procesamiento de la información y son extensiones de nuestros sentidos.
El autor despliega un análisis comparativo entre la Televisión y los ordenadores, fundamentalmente, manifestando que será la primera quien establece una imaginación colectiva sin que podamos participar en ella activamente. En cambio, los ordenadores posibilitan la interacción, capacidad que garantiza la autonomía individual.
En línea directa con el aforismo planteado por McLuhan en el cual el medio es el mensaje, para Kerckhove la Televisión es relevante no por sus contenidos, sino por el propio medio, ya que sus imágenes atraen la atención del televidente sin necesariamente satisfacerla. Esta afirmación se sostiene mediante el concepto de la “clausura cognoscitiva” en donde la televisión provoca respuestas orientativas sin dar tiempo para la clausura, es decir la respuesta completa a un estímulo dado. De este modo, no da el tiempo suficiente para integrar la información concientemente, cuyo efecto reside en la falta de reflexión y comprensión.
Resulta evidente como el autor realiza una serie de conceptualizaciones que lo llevan inevitablemente a insertarse dentro de una teoría funcionalista encuadrada en un monismo metodológico que no le permite diferenciar aspectos de contenido de los psico-técnicos.
Es probable que mediante el lanza llamas iconográfico de la TV las personas reduzcan su capacidad de absorción provocando cierto estatismo a la hora de profundizar y elaborar el sentido de lo visto. Es factible además, que la televisión contribuya a anular las actividades intelectuales del hombre y que la cuestión del desdibujamiento de lo público y lo privado se lo debamos a una primacía de los medios de comunicación, principalmente a la caja boba.
¿A quién culpar, entonces? El problema es Marylin Mason
Lo que resulta inaceptable, a mi modo de entender la realidad, es que sea el aparato televisivo, en términos técnicos, el culpable de las nocivas repercusiones en la inteligencia humana.
Quizás sí se torne relevante un análisis de los contenidos televisivos. Sin embargo, tal exclusión prácticamente desechada en la trama teórica de Kerckhove no resulta casual, ni mucho menos ingenua. Contar con una perspectiva política y comunicacional del DISCURSO dominante, implica un esfuerzo intelectual que pocos autores resisten.
Aún así, si abrimos paso a tal análisis teórico-crítico, ya ha quedado demostrado empíricamente que la pasividad frente al televisor no existe en forma absoluta, (en cuyo caso, tendríamos que pensar que gran parte de los televidentes constituye una gran masa de autómatas obedientes a los lineamientos teledirigidos por las fuerzas del mal).
Cabe traer a colación, en este sentido, el tratamiento mediático del caso “Junior” de los últimos días y de la resistencia por parte de las personas comunes a aceptar “pasivamente” las tremendas apreciaciones del fenómeno que llevan a cabo los periodistas, provocando un debate público que pone en acento en asumir cierta responsabilidad social general que afectó la psiques del chico.
En un intento de focalizar las motivaciones que llevaron al adolescente a asesinar deliberamente a sus compañeros de clase, en su vestimenta y sus preferencias musicales por Marylin Mason, resuena por todas partes la crítica popular a este discurso poco creíble y carente de sano juicio, tan similar a la patología que todavía se intenta explicar.
por Sabrina Díaz Rato
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