Al empezar a leer el texto de Raffaele Simone, recordé que alguna vez un profesor dijo que actualmente era innecesario memorizar datos que fácilmente podían conseguirse externamente. Así, se planteaba, por ejemplo, “para qué recordar las tablas de multiplicar, si existen las calculadoras”, o “para qué retener fechas históricas, si rápidamente se las encuentra en Internet”; y gracias a esta nueva tecnología, parecíamos habilitados a olvidar todo.
Semejante declaración me provocó bastante asombro viniendo de un profesor. Pero luego fue cobrando sentido. De manera que, sería un vano esfuerzo recordar miles y miles de datos, cuando lo único que se mostraba como indispensable era saber dónde obtener tales datos en caso de necesitarlos alguna vez.
La misma idea que vino a mi memoria al inicio del texto fue explicitada por el autor unas páginas más adelante: “Los conocimientos que nos hacen falta ya no tienen que ser ‘conservados en la mente’, sino que podemos dejarlos dormir en soportes externos y despertarlos sólo cuando los necesitamos. Lo esencial es que el banco de datos esté disponible, que su usuario sepa que existe y, sobre todo, que sea capaz de utilizarlo”.
No es lo que parece
El vivir en el mundo actual, entonces, parece prometer ser una sencilla tarea en tanto se sepa cómo utilizar aquella herramienta capaz de traernos toda la información que algún día pudiéramos necesitar. Sin embargo, el paso por ésta, la “sociedad del conocimiento”, no es lo sencilla que se suponía. De hecho, para acceder al conocimiento, hay que tener conocimiento de cómo hacerlo. Es decir, la cantidad de conocimientos necesarios para vivir es enormemente mayor que hace treinta años. A su vez, para adquirir estos conocimientos, son necesarios conocimientos previos, que funcionen como software, guía, manual de procedimiento.
Por lo tanto, el transcurrir en esta sociedad es sencillo exclusivamente para aquellos que tienen la disponibilidad de conocimiento y la de adquirirlo. Lejos de la democratización, las nuevas facilidades tecnológicas parecen acrecentar la polarización entre aquellos que poseen conocimiento y software, y aquellos que no. Porque al adquirirse en el mundo exterior, lamentablemente, estas disponibilidades están menos ligadas a capacidades intelectuales que a posibilidades económicas.
Ya dice Simone que debido a la lentitud cognitiva y metodológica de la escuela, ésta ha dejado de ser la principal agencia de difusión del saber. Ante la creciente complejidad del conocimiento, tampoco es la familia quien proporciona esta información. “En esta situación, el lugar en el que más circula el conocimiento es seguramente el mundo exterior”, afirma Simone. Allí, el conocimiento circula de forma debilitada, carente de máximas, reglas y de principios que aseguren que se hará un buen uso del mismo.
Nayla Azzinnari

