En El Juguete Rabioso de Roberto Arlt, el desvalido Silvio Astier responde cuando un oficial le pregunta dónde diablos ha estudiado todas esas cosas:
- En todas partes señor. Por ejemplo: voy por la calle y en una casa de mecánica veo una máquina que no conozco. Me paro, y me digo estudiando las diferentes partes de lo que miro: esto debe funcionar así y así, y debe servir para tal cosa Después que he hecho mis deducciones, entro al negocio y pregunto, y créame, señor, raras veces me equivoco.
Al mismo personaje en la actualidad frente a un negocio de computación le sería imposible descifrar las complejas funciones condensadas en el circuito impreso de una placa madre ni el de un austero mouse.
Un salto tecnológico como el pasaje de la industria mecánica, que cita Arlt, hacia la electrónica o dicho de otro modo de lo analógico a lo digital, ha producido un abismo cognitivo cuyas consecuencias culturales estamos atravesando.
En los sistemas analógicos su funcionamiento podía ser reconstruido a partir mirar como se hace: del encadenamiento de secuencias visibles, de descubrir causalidades, de imaginar el movimiento de un mecanismo. Si aprieto la tecla de la máquina de escribir, veo cómo un fierrito se levanta, que en el extremo tiene un tipo en relieve, que va golpear, sobre una cinta, que imprime, etc.
Lo virtual es invisible a los ojos
La era de la Tercera Fase ha invisibilizado el conocimiento complejo que habita inmóvil silencioso y oculto en el dispositivo electrónico. Desarmando el control remoto que no responde a pesar de las pilas nuevas la única chance para el usuario inexperto, el único conocimiento que logra obtener es también digital. O funciona o no funciona, el resto es silencio.
De algún modo hemos quedado excluidos y la brecha cognitiva es abismal con respecto a las sociedades tradiciones que refiere Raffaelle Simone en La Tercera Fase.
Esta explosión del software, es decir la necesaria enciclopedia de conocimientos previos, pareciera afectarnos en dos direcciones aún no suficientemente exploradas:
La velocidad con que se introducen las innovaciones tecnológicas no permite su asimilación cognitiva como en las llamadas sociedades tradicionales.
La invisibilización del conocimiento se traduce en la producción circulación y consumo de dispositivos virtuales, materiales y simbólicos que han trastocado las nociones experienciales de espacio y tiempo, que de alguna manera modifican nuestra subjetividad y los procesos cognitivos.
Se consume con el dinero virtual e invisible de una tarjeta de crédito, se escribe en la virtualidad de una pantalla, se juega a la guerra en los video games o se miran varios programas a la vez haciendo zapping, reteniendo y compaginando virtualmente la trama fragmentada de su posible montaje.
Dilemas
La pregunta fundante es quién y de qué manera adecuada tomará el rol que en las sociedades tradicionales cumplía la escuela como espacio de socialización mediante la inculcación de prácticas culturales y la transmisión del conocimiento. Sin considerar los aspectos estructurales, estamos ante un desafío problemático para resolver hoy, cuando un chico del conurbano con serias dificultades de aprendizaje, desconcierta a los asistentes sociales manejando entretenimientos digitales, superando en habilidades al maestro y reteniendo las complejas características de más de 20 personajes de Pokemón, como lo afirma Aníbal Ford.
Miradas
En el atardecer del domingo a través de la vidriera de un bar que sobrevive en mi barrio sus parroquianos parecen petrificados en un gesto de soledad colectiva, como padeciendo una repentina tortícolis en sus cuellos estirados y en la mirada fija hacia una única dirección. Hay un televisor que transmite el partido.
El mismo café en la ominosa década del 30 en que escribe Arlt mostraría otra imagen. Cabezas en movimiento, miradas a los ojos, conversaciones, ademanes y cuerpos gesticulantes.
Juan Fondeville

