Hoy día, la Red no está regulada, pero podría estarlo en el futuro si el Estado regula la arquitectura de la misma. Para lograr este control, lo que el Estado necesita hacer (o mejor dicho, las empresas necesitan que el Estado haga) es regular el código.
En su obra La ética del hacker y el espíritu de la era de la información, el filósofo finlandés Pekka Himanen rescata el sentido del término “hacker”, cuya reputación había sido ensuciada por la confusión con “cracker”. Un hacker es una persona que trabaja con gran pasión y entusiasmo por lo que hace, mientras que un cracker es un usuario destructivo que usualmente tiene objetivos malignos, como introducirse en sistemas o crear virus. Himanen describe la ética del hacker como algo que desafía los preceptos capitalistas de buscar constantemente el beneficio (o sea, prácticamente desafía al mundo actual). La ética del trabajo hacker se instaura en el valor de la creatividad, la transparencia y el libre acceso; combina la pasión con la libertad. El dinero deja de tener el valor que se le asigna en el mundo capitalista, deja de ser la meta principal, y ésta pasa a ser el gran valor social que dicho modelo despliega. Pero, ¿en qué consiste todo esto? Podemos ejemplificarlo con uno de los más ambiciosos proyectos fundados en la ética hacker: Linux, un sistema operativo desarrollado por Linus Torvalds que desafía a Microsoft justo cuando éste, con sus diferentes versiones de Windows, parece estar “conquistando el mundo”. Este sistema operativo, nacido en 1991, tiene la particularidad de ser un “sistema abierto”, o sea que cualquiera puede participar de su desarrollo y todos pueden utilizarlo libremente. No creo que haga falta detallar las claras diferencias que Linux tiene con un sistema operativo “cerrado” como lo es Windows. Bastaría con el siguiente ejemplo: si yo considero que cierta característica de Windows debería ser cambiada, lo único que puedo hacer es enviar una sugerencia a Microsoft y “rezar” para que en la próxima versión lo modifiquen. Con Linux esto no pasaría, ya que el código fuente del mismo está disponible para todos y si me interesa modificar alguna característica (y soy capaz de hacerlo), puedo tratar de desarrollarla.
Esta idea hacker de libertad es la que inspiró a Richard Stallman para la creación de la Free Software Fundation (FSF o Fundación para el Software Libre), para proveer soportes legales al Proyecto GNU, creado por el mismo hombre para "retornar al espíritu de cooperación que prevaleció en los tiempos iniciales de la comunidad de usuarios de computadoras". Para asegurar que el software permaneciera libre y no fuera transformado en software privativo, fue necesario diseñar un sistema de licencias que se denominó Copyleft. Este sistema usa la ley de Copyright (derechos de autor), pero la da vuelta para servir al propósito opuesto: en lugar de privatizar al software, está destinado a mantenerlo libre. Este sistema de licencias contiene la ética hacker en su máxima expresión.
Al mismo tiempo que los hackers trabajan en ese ámbito libre, existe una innumerable cantidad de firmas comerciales que ven a Internet como una herramienta indispensable para que sus negocios sean “redondos”. Lawrence Lessig explica que la presión que ejercen las empresas para establecer una red comercial en Internet reside en la necesidad de lograr arquitecturas que permitan brindar tanto seguridad a las personas (de otro modo estas no comprarían), como posibilidad de identificar o autentificar a un individuo mediante la red. El académico norteamericano asegura que las arquitecturas que se necesitan para hacer posible este control, difieren bastante de las intenciones con las que fue creada la red de redes. Internet fue creada para la investigación, y no para el comercio. Sus protocolos “no se preocupan” por la identificación de los usuarios, sino por el dinamismo de la red. Se ve a las claras que el terreno de Internet tal y como se creó, es mucho más propicio para el desempeño de los hackers (recordemos que son programadores entusiastas) que para establecer arquitecturas de control.
Hoy día, dice Lessig, la Red no está regulada, pero podría estarlo en el futuro si el Estado regula la arquitectura de la misma. Para lograr este control, lo que el Estado necesita hacer (o mejor dicho, las empresas necesitan que el Estado haga) es regular el código. Lessig describe herramientas que se están usando para la regulación de las arquitecturas. Se refiere a tres: las claves secretas, las cookies, y los certificados digitales. Las claves secretas (passwords), por un lado proveen una gran seguridad, pero tienen la desventaja de que hay que estar introduciéndolas constantemente para moverse de un lugar a otro. Otro sistema, más rústico, se basa en pequeños archivos de texto llamados cookies. Se almacenan mediante el navegador y permiten al sitio web conocer información del usuario. El tercer tipo de herramientas, los certificados digitales, de alguna forma unen los beneficios de las dos anteriores. Constituyen una especie de pasaporte para moverse por Internet. Al autor le parece suficiente definirlos como “objetos digitales encriptados que pueden utilizarse para autentificar datos sobre uno mismo”.
No hace falta decir que en la ética hacker esta obsesión por la regulación es prácticamente opuesta: no se necesita una identificación excluyente para participar del desarrollo de Linux. Puesto que se mueven en un “ámbito libre”, si la red estuviese completamente regulada, el desempeño de los hackers se entorpecería. Entre tanto el comercio aspira a la individualización y al control de la Red, la ética del trabajo hacker tiene bien claras sus pretensiones: logros compartidos en beneficio de la comunidad, la promoción de la creatividad y de la libertad.
Las claves secretas y los certificados digitales a los que nos referíamos utilizan la criptografía, una tecnología que es un arma de doble filo, puesto que puede defender la libertad respecto a la regulación (posibilitando la confidencialidad) pero también hace posible una regulación perfecta, al permitir la identificación. La regulación es el mismo código, y éste está siendo cambiado. Quienes generan el código, dice Lessig, “legislan”, determinan su funcionamiento de Internet. La tendencia es apropiarse del código, monopolizarlo y así controlar las arquitecturas y, por ende, controlar la Red. Ahora bien, no hace falta ser un experto en programación para advertir la oposición que se da entre la regulación de la red y el sistema de software libre. Mientras el código es usado para regular la red, para hacerla controlable por unos pocos, para dominar sus arquitecturas, el Copyleft, las licencias de software libre dejan a disposición de todos el código fuente, para que cualquiera lo pueda examinar, desarrollar y mejorar. Es decir, las pocos rasgos de encriptación que puede poseer el software libre (el código fuente), son suministrados libremente a cualquier individuo, al tiempo que aquellos que buscan –presionados por el comercio- la regulación de la red, pretenden utilizar la encriptación para fines privados, para “cerrar la web”.
A modo de cierre, podemos decir que es alentadora la idea de que este movimiento de software libre (con Linux como el proyecto más próspero) tenga tantos adeptos en un mundo colapsado por el comercio y dominado por la ética protestante y el espíritu del capitalismo. A pesar de los intentos de las multinacionales y multimillonarias empresas de Software por hacerlo desaparecer, Linux resiste y la comunidad se hace cada vez más grande.
Nahuel Leandro Di Salvo
Publicado por alumnosRoberto el Junio 15, 2006 01:11 AM | TrackBackarriba linus torvals, abajo bill gates
Publicado por: magaly a Junio 18, 2006 11:23 PM
