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Alejandro Piscitelli
ISBN 950-6970-1
Paidós - 2002
 


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LA LECTURA BAJO LA LUPA
29.11.2004

Por Grupo 2 – A
Mariana Ceriani y Alejandro Linares.

Contrapunto
El avance de los medios electrónicos en la sociedad y su utilización en múltiples prácticas y ámbitos da lugar a nuevos modos de producción de textos. Esto habilita la aparición de un modelo alternativo de escritura literaria, la cual intenta aprovechar las posibilidades que otorgan las innovaciones tecnológicas.

Las diferencias que se puedan encontrar entre la narración de ficción tradicional y la narración de ficción hipertextual, en lo que refiere a la actividad del lector, permite postular que en el estado actual de transición, cualquier afirmación concluyente sería imprudente. Esto es, no se pueden extraer certezas sobre las modificaciones que pueden provocar este tipo de producciones en los modos de conocer, pensar y consumir los textos en general, dada la poca difusión de creaciones hipertextuales hasta el momento. Se pensaba que para estos días existirían innumerables ficciones hipertextuales (e hipermediales), sin embargo, dicha situación está lejos de concretarse. Se ha escrito más teoría sobre el hipertexto que hipertextos existen en el ciberespacio.

Del mismo modo, se pensaba que este nuevo formato digital significaba la aparición de un lector con mayor actividad e incidencia sobre aquello que leía. Así es como “autores de la talla de Jane Yellowlees Douglas y Jay David Bolter imaginaron hace más de una década que la capacidad de elección del lector brindaría un aumento ilimitado de su/nuestra libertad. Sobre todo porque esta libertad permitiría que al leer, el lector se convirtiera en un co-autor, yendo mucho más allá de cualquier fantasía de la teoría de la recepción” . Sin embargo, la posibilidad de realizar una lectura en la cual elegir una dirección entre varias, de saltar de texto en texto a través de vínculos o de formar parte de la narración como protagonista, no implica una mayor actividad cognitiva o mayor participación en la construcción de sentido del texto.

Dentro de los géneros narrativos ficcionales, se encuentran: la narración tradicional, cuyo soporte es el libro impreso, enfrentada a la narración hipertextual, cuyo soporte es el ordenador. Esta separación es caracterizada por Nuria Vouillamoz, quien define ficción lineal y ficción interactiva. Indica que la primera se caracteriza por ser un “producto unidireccional de estructura cerrada, que se desarrolla entre el planteamiento de una situación inicial y un final único y coherente respecto al diseño lineal de la obra en su conjunto: la experiencia artística se circunscribe a la lectura y recepción del texto. Por oposición, la ficción interactiva posibilita un producto abierto y multidireccional: no existe una única historia ni un único final, sino diferentes creaciones que se irán desarrollando a medida que el lector elija uno de los posibles caminos entre los que ofrece la ficción literaria.” En la misma dirección, Joaquín Aguirre Romero enumera las características principales del libro como soporte: transportabilidad, autonomía respecto de otro dispositivo para su utilización, capacidad de adaptarse a diferentes cantidades de información, posibilidad de reproducir múltiples copias, materialidad, clausura de la información (el libro es un elemento finito y discreto) y estructura cerrada, que no permite la variación de sus elementos. Luego describe las características y alternativas que abren los soportes digitales: la posibilidad de movilizar información independientemente de los soportes (la información se despega del soporte), su estructura abierta o reconfigurable, la no secuencialidad de la información, y la interactividad. Este tipo de descripciones resalta el carácter más flexible e interactivo de estos textos.

Cabe preguntarse entonces de qué modo modificarían estas ficciones digitales a la práctica de lectura y cómo implicarían al lector / usuario desde su especificidad como texto narrativo asentado en un soporte diferente al libro, pues no se puede dudar que el acercamiento a una producción literaria varía considerablemente si la misma se encuentra impresa o aparece en la pantalla de la PC.

Janet Murray señala que los medios digitales aparecen como medios participativos de inmersión que prometen satisfacer este deseo ancestral de vivir una fantasía, que surge con la ficción, de un modo intensificado y más completo de lo que ha sido posible hasta aquí. Según la autora estos medios nos llevan a un lugar donde podemos representar nuestras propias fantasías. Este efecto de inmersión del que habla Murray consiste en “la experiencia de trasladarse a un lugar ficticio muy elaborado” lo cual es un placer en si mismo, con independencia del contenido de la fantasía. Este fenómeno por el cual experimentamos sensaciones y emociones reales por objetos imaginarios, puede ser producido por cualquier narrativa sugestiva en cualquier medio. Sin embargo, en un tipo de medio participativo, como explica la autora son los medios digitales, la inmersión implica a aprender a nadar, a hacer las cosas que el nuevo entorno permite. La natación digital supone, para ella, el goce de la inmersión como actividad participativa.

Así, el mundo digital de las ficciones interactivas se diferencia por permitir una actuación que es capaz de alterar dinámicamente el mundo en el cual se está inmerso. “La actuación es el poder de llevar a cabo acciones significativas y ver el resultado de nuestras decisiones y elecciones”. De este modo, el medio electrónico permitiría un grado de inmersión mucho mayor y una actividad más importante que el simple acto de lectura de un texto impreso. A pesar de esto, la autora advierte que quien actúa sólo puede moldear materiales atractivos persistentes, esto es, sólo puede actuar dentro de posibilidades que están ya programadas, todas las acciones posibles fueron previstas por el autor del entorno virtual. Por lo tanto, actuación no es autoría. Aparecen así, dentro de esta idea liberadora del lector, las primeras limitaciones en el contacto del usuario con las tecnologías digitales.

Nuria Vouillamoz reconoce también “un nuevo espacio para la creación de la ficción literaria en el que la interacción del lector se convierte en un componente imprescindible de la experiencia artística”. Así, concuerda con Howell, quien dice que lo que diferencia a la ficción interactiva es que quien lee se convierte en parte de la historia y controla parcialmente la dirección y la experiencia del arte. Estos autores consideran al lector en interacción con el sistema, dotado de una mayor responsabilidad co-creativa.

Además, se considera que los hipertextos abren, al establecer vínculos entre textos sin relación evidente, un tipo de lectura asociativa (no lineal) que reproduce el modo en que las personas piensan, esto es, a partir de la asociación lateral de ideas y conceptos desordenados.

No tardarán en aparecer voces que respondan a esta concepción ideal que ve en la literatura hipermedial, el medio en el que se produce la toma del texto por parte del lector.

En primer término se evidencia, que en los casos de traducciones digitales de textos impresos, la lectura no se vería afectada, ni implicaría un contacto con la producción literaria en la que se verían modificadas las estructuras cognitivas. Se trata simplemente del pasaje del mismo texto, del papel a la pantalla. El contacto con el monitor no es el mismo que con las hojas del libro (se volverá más adelante sobre esto), sin embargo, se observa el mismo proceso de lectura. Lo común es seleccionar una obra (o capítulos de ella) y luego imprimirla para poder leerla como si fuera un libro.

Es diferente el caso de las obras digitales “originales”, que son planteadas y producidas desde su inicio, en y para el entorno digital, aprovechando todas las posibilidades y brindando una serie de variantes que se acoplan al texto escrito. Se trata, para Nuria Vouillamoz, de textos en los que la “ficción se desarrolla en una espacio virtual susceptible de ser recorrido a través de diferentes caminos de acceso.” De manera que considera, al igual que Howell, la sustitución del concepto tradicional de una idea argumental dominante por una serie de segmentos de la historia cuya longitud y posición relativa se hallan determinada por la intencionalidad del autor.

Son obras que han sido configuradas utilizando técnicas que no permiten su edición impresa. Dentro de estas producciones se incluyen aquellas que convierten al usuario en un personaje de la historia, generalmente el protagonista. Sin embargo, estas estructuras de diseño de juegos interactivos suelen escapar al terreno de lo literario.

Estas obras “originales” darían lugar a una nueva dimensión en el acercamiento del usuario al texto, a una nueva manera de leer (nuevos hábitos de lectura), pero dada la escasa producción de este tipo de narración literaria digital (que se vertebraría alrededor del funcionamiento del hipertexto, la integración multimedia y el requerimiento de la interactividad) es imposible tomar las afirmaciones realizadas por los autores mencionados más arriba, sin poner en tela de juicio la exagerada libertad y actividad otorgada al lector.

Dentro de los autores que cuestionan esta visión ideal del hipertexto, se encuentra Susana Pajares Tosca, para quien la no-linealidad (o no-secuencialidad) no es una característica inherente del hipertexto sino una posibilidad organizativa. “Leer en la pantalla obliga a hacer algo más que leer un libro, pero ese algo no es interactividad.” De esta manera, la no-linealidad sería un atributo más del hipertexto, pero de ningún modo su esencia. Para la autora, sin embargo, el resultado final de la lectura de un hipertexto es tan lineal como la de un texto, puesto que a pesar de los puntos de inflexión, la experiencia lectora es finalmente unívoca. Sin duda, la elección de un enlace entre varios, no es lo mismo que dar vuelta una hoja. Decidir el orden de lectura y el modo de interpretación de distintos fragmentos constituye una novedad para quien luego de leer un libro se acerque a un hipertexto. Pero esta capacidad de elección no es interactividad sino exploración.

No se puede confundir la acción de cliquear un link con la asociación mental creada en la mente al leer una novela. El enlace sólo indica un desarrollo físico del texto entre otros, y el mismo esta predeterminado por un autor, mientras una asociación mental se produce en forma independiente en la mente de cualquier lector, aún cuando puede estar fuertemente influida u orientada por el autor.

También Enrique Santos Unamuno pone en entredicho la no-secuencialidad del hipertexto, en todo caso, la no-linealidad no seria tal en la lectura y escritura de hipertextos sino en la organización de bloques de textos ya escritos. Así, el autor prefiere hablar de textos con una secuenciación flexible o múltiple.

Unamuno cita a Vega quien explica que la lectura y la escritura son fenómenos lineales condicionados por el ordenamiento continuo del tiempo, aun cuando sus posiciones de almacenamiento en el espacio puedan presentar organizaciones no-lineales. La lectura implica siempre sacar a la palabra de un contexto no-lineal y colocarla como secuencia en una cadena lineal y en el tiempo condicionado.

De este modo, quedan cuestionados los conceptos claves que levantaban al hipertexto como operador de un nuevo modelo cognoscitivo, vale decir, la interactividad y la lectura no-secuencial.

En este sentido, Ane Marie Chartier y Jean Hébrard, explican que el saber se produce en los vínculos. Pero no en aquellos presentes en la pantalla sino en aquellos recuperados en la memoria del lector y actualizados por cada práctica de lectura. Esto es, la construcción del saber y el desencadenamiento de ideas y de imaginación creativa se producen al vincular textos pasados con el texto leído, de integrar cada dato y cada relación en un conjunto que le otorga su significado, su peso y su valor de uso. Por ello, Chartier y Hébrard dirán que “si el acto de lectura es un proceso lineal, la actividad del lector siempre consiste en la deslinealizacion.”

Mas allá de las alternativas tecnológicas que propone el soporte digital, la aparición de obras de ficción en el mismo implica nuevos hábitos de lectura a partir de considerar al ordenador desde su materialidad inscripta en el espacio. Esto lleva a contemplar a la lectura como práctica social.

Como bien lo explica Joaquín Aguirre Romero, el libro y su uso se confunden, esto es, el objeto y la utilización se confunden en un sólo elemento cultural. La materialidad del objeto se une a la práctica cultural que significa leer un texto. Esto supone una experiencia, anclada en las costumbres, en la que no intervienen sólo la vista y el oído, sino también (y en gran medida) el tacto y una predisposición tanto intelectual como corporal respecto del soporte con el cual se entra en contacto.

Al cuerpo, dice el autor, “habituado por horas y horas de lectura al contacto, le es extraña la insoportable levedad del texto electrónico. La lectura no es sólo un acto intelectual; es, a la vez, un acto físico, sensual, al que el cuerpo se habitúa.” Así, el cuerpo, no es indiferente a la lectura, sino que entabla sus propias relaciones con el soporte, con el elemento material. La biblioteca repleta y elegante mostrada con orgullo a algún visitante, la lectura bajo el sol en espacios verdes, llevar el libro a la cama antes del descanso nocturno, la encuadernación dura y las hojas cuidadas de textos bien estimados, son escenas del imaginario social muy arraigadas y mantenidas en la actualidad. “La lectura- explica Aguirre Romero- genera todo tipo de espacios y utensilios destinados a hacerla más placentera. El libro electrónico no tiene todavía su situación, su acto especifico en que el soporte y lectura se integren de forma natural.”

Chartier y Hébrard afirman que “se están produciendo cambios en los usos del espacio, el tiempo y de la lengua. Por el momento, todavía no sabemos muy bien que es lo que ven y comprenden de su correspondencia e intercambios escritos los niños que crecen en contacto con las nuevas tecnologías.” De este modo, no se pueden hacer afirmaciones definitivas respecto de la irrupción de las narrativas digitales y las potenciales modificaciones que puedan realizar en las estructuras cognitivas, dado que es aún una incógnita como se acomodarán las ficciones hipertextuales a las prácticas culturales de los hombres, y como los lectores adecuarán las narraciones ficcionales digitales dentro de sus hábitos cotidianos, si es que efectivamente esta práctica se generaliza.

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Publicado por Diego el Noviembre 29, 2004 12:58 PM | TrackBack
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