
Por: Mariela, Geraldine, Carolina y Soledad
Nunca me sentí identificada en la situación de ser hincha, soy de Racing por herencia, lo llevo en la sangre, pero jamás miré entero un partido y soy incapaz de hacer una crítica coherente sobre fútbol.
Sin embargo, mi coordinadora de trabajo, fanática de la Academia, insistió en que la acompañara al partido del sábado ya que me considera cábala. De todas formas debía estudiar por lo que acepté mirarlo bajito desde casa y hacer el aguante.
Llegué de la calle ese día cuando todavía no había comenzado el partido, recibí un mensaje de mi coordinadora recordándome la promesa desde la tribuna, pero como supuse que era temprano me fui a bañar.
Para mi sorpresa, cuando terminé de acomodarme y encendí el televisor ya íbamos perdiendo 2 a 1. De todas formas, supuse que todavía había tiempo para la victoria.
El problema era que no reconocía las camisetas ya que por alguna razón desconocida habían decidido usar las suplentes, pregunté a mi hermano que parecía saber menos que yo porque tampoco pudo decirme. Unos iban de remera roja y azul y otros blanca con short rojo, como recordé que nuestra contra es Independiente y su color es rojo supuse que eran los últimos porque llevaban menos de ese color.
En ese momento empecé a disfrutar el partido, alentando con todas las ganas, como nunca, y mientras mi hermano me enseñaba a hacer comentarios sin quedar como la típica mujer ignorante que no sabe hablar de fútbol.
En el momento que más me distraje se escuchó el gol, comencé a gritar y sin comprender observé que en la pantalla le agregaban un gol a Instituto, el equipo contrario. Fue ahí que me di cuenta que no sólo empecé a ver el partido cuando ya íbamos perdiendo, sino que casi hasta el final alenté a la contra.
Para cuando ya sabía donde apuntar, solo logramos meter un gol y terminamos perdiendo 3 a 2. Tuve que prometer a mi coordinadora mirar el próximo partido entero y no confundir camisetas, ojalá que usen la suplente que ya la conozco.

