Por Matías Graich
En esta publicación se intentará dar respuesta al interrogante: ¿Por qué la impresión tipográfica alfabética (ITA) sugiere, mucho más de lo que sugiere la escritura, que las palabras son cosas? ¿Por qué el autor llama a la ITA un adelanto psicológico? Se podría comenzar diciendo que, según W. Ong, los seres humanos hemos impreso dibujos con superficies talladas de diversas maneras durante miles de años. Desde los chinos coreanos y japoneses en los siglos VII y VIII que imprimían textos con bloques de madera tallados en relieve. Aunque el avance decisivo en la historia de la imprenta fue la invención de la impresión tipográfica alfabética (ITA) en Europa en el siglo XV.

En su texto Ong señala que la escritura alfabética había dividido la palabra en los equivalentes espaciales de las unidades fonéticas. Sin embargo, las letras utilizadas en la escritura no existen antes del texto en el cual aparecen. Con la impresión tipográfica alfabética las palabras se componen de unidades (tipos) que existen como tales antes que las palabras a las que darán forma. La impresión sugiere, mucho más de lo que jamás lo hizo la escritura, que las palabras son cosas.
Al igual que el alfabeto, la impresión tipográfica alfabética fue una invención única. Los chinos conocían el tipo movible, pero no tenían alfabeto, sólo caracteres básicamente pictográficos. Antes de mediados del siglo XV los coreanos y turcos uigures tenían ya alfabeto y utilizaba tipos movibles, pero éstos no llevaban letras separadas sino palabras enteras. La impresión tipográfica alfabética, en la cual cada letra era vaciada en un pedazo separado de metal, o tipo, constituyó un adelanto psicológico de la mayor importancia. Marcó profundamente la palabra misma en el proceso de manufactura y la convirtió en una especie de mercancía. La primera línea de montaje, técnica de manufactura que en una serie de pasos establecidos produce idénticos objetos complejos compuestos de partes reemplazables, no sería para fabricar estufas, zapatos o armas, sino para elaborar el libro impreso. A fines del siglo XVIII la Revolución Industrial aplicó a otras manufacturas las técnicas de partes reemplazables que los impresores aplicaban desde hacía ya trescientos años. Pese a las conjeturas de muchos estructuralistas semióticos, fue la impresión, y no la escritura, la que de hecho reificó la palabra y , con ella, la actividad intelectual

