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El Libro
Alejandro Piscitelli
ISBN 950-6970-1
Paidós - 2002
 


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Segundo posteo: Hipertexto
08.07.2004

Como primer medida voy a definir el concepto de hipertexto y lo haré citando el trabajo de María José Vega en Literatura hipertextual y teoría literaria: "Un hipertexto está formado por textos y enlaces (links que pueden abrirse o activarse para remitir a otros textos.. que a su vez, contienen enlacesque remiten a nuevos textos y así sucesivamente. En teoría, la red de remiciones no tiene principio ni fin: cada hipertexto procura la posibilidad de continuar la lectura de otro u otros hipertextos, que a su vez estan unidos a otros y así ad infinitum.

SOLANGE PERONI
Una vez establecida la perspectiva filosófica anterior, podemos ahora fijar una aproximación coherente al hipertexto, que nos permita al mismo tiempo superar las controvertidas afirmaciones que surgían desde el discurso de la posmodernidad. Vamos a iniciar este proceso entrando primero en diálogo con las distintas caracterizaciones del hipertexto, para proceder luego a establecer una incipiente tipología.

3.1. Técnica y sociedad

Como quedaba ya implícito al comienzo de nuestro estudio, tanto los defensores como los detractores del texto electrónico lo hacen desde la perspectiva de la modernidad. Ambas posiciones coinciden igualmente con enfoques opuestos en el debate posmoderno. Y ambos, productos al fin de una misma cultura, concuerdan en considerar a la tecnología como algo anterior, causal y neutro (neutro en el sentido de no ser producto ideológico). No vamos a detenernos en analizar estos tres conceptos ni las múltiples contradicciones que encierran, pero sí se hace necesario mencionar algunas de las conclusiones que a través de ellos se proyectan. Se dice, por ejemplo, que el hipertexto no debe unirse a ninguna ideología ni poética en particular (Aarseth 68), pero al mismo tiempo se insiste en que “las divisiones de las culturas en orales, quirográficas, tipográficas y electrónicas o digitales hacen referencia precisamente a los sistemas de transmisión de los diferentes contenidos” (Aguirre). Es decir, lo mismo que en campo de la crítica posmoderna se privilegia al texto, relegando a posición secundaria (o ignorando) al autor o lector, en el campo de la técnica el énfasis se concentra en la máquina, sin considerar las fuerzas sociales que motivaron primero su creación y luego su perfeccionamiento. Se trata, para los que no logran superar la posmodernidad, del clásico conflicto entre el ser humano y la máquina, y que ejemplifica la siguiente cita de Duguid:

“La aparición de múltiples nuevas tecnologías probablemente está cambiando no sólo obras particulares sino también el sistema social en relación al que se leían y escribían dichas obras. Habrá que tener cuidado e inteligencia para negociar [enfrentarse a] esos cambios, y la tarea se hará inevitablemente más difícil si se realizan los cambios en los procesos materiales independientemente de las prácticas sociales que suscriben” (93).

Pero el fenómeno de la aparición de nuevas tecnologías no es nuevo. El rollo de papiro, el códice, el texto impreso (libro), la máquina de escribir, o la tinta y el bolígrafo, no son nada más que unos ejemplos de la “constante” aparición de nuevas tecnologías. Lo que se perdió en el análisis anterior fue el referente humano y su contexto social como creadores de dichas tecnologías. Antes de continuar con la reflexión teórica, conviene establecer una analogía que nos permita aproximarnos al contexto socio-cultural del hipertexto. Vamos a partir igualmente de la perplejidad de Lacan ante el discurso de la posmodernidad. Jacques Lacan reconoce que "la idea de una unidad unificadora de la condición humana ha tenido siempre en [Lacan] el efecto de una mentira escandalosa" (190). Llega a esta conclusión por haber invalidado previamente, como Derrida, la posibilidad de una estructura fundamentada en un centro prefijado, inmóvil e independiente de su propia contextualización. Pero es precisamente esta eliminación del centro lo que le deja perplejo: "La vida se desliza por el río, tocando de vez en cuando una orilla, deteniéndose por un momento acá y allá, pero sin comprender nada —y esto es lo fundamental del análisis, que nadie comprende nada de lo que sucede" (190). Buen epítome de una situación: nos plantea la problemática y el problema y a la vez proporciona una analogía válida para nuestro enfoque. Lacan percibe el fluir de la vida, su dinamicidad, pero la ve pasar desde la orilla (desde múltiples centros inmóviles que se posicionan como si transcendieran su propia contextualización en la estructura) y se reconoce incapaz de fijarla: la imposibilidad de definir el río desde uno de sus puntos en la orilla.

Como ya apuntamos al comienzo y desarrollaremos más adelante, los entusiastas del texto digital lo consideran como un proceso de liberación: El contenido (el texto) se libera de las limitaciones del continente (el libro impreso). La analogía del río, sin embargo, puede abrirnos la puerta a una nueva dimensión de pensamiento que supere la perplejidad que invade a Lacan. Desde la posmodernidad (Lacan en el caso de esta analogía) no se establece una relación entre la orilla y el río. Aun reconociendo Lacan que “nuestra vida se desliza por el río”, todavía espera comprenderla desde un punto en la orilla (o sea, atrapar el movimiento en un punto en el tiempo). Eso es lo que se hizo desde la modernidad; se articulaba la definición desde un punto fijo que se proyectaba luego como trascendente: así se podía hablar del “descubrimiento de América” como concepto válido universalmente. La posmodernidad descubre la existencia de otros puntos en la orilla del río de nuestra analogía. Reconoce por ello que los conceptos de “colonización”, “conquista” y destrucción”, entre otros muchos, pueden igualmente aplicarse a los sucesos en América: aquí la perplejidad de Lacan. Pero sucede que el río (nuestro devenir) no es ni el agua sola ni la orilla. Ambos no existen aislados. La orilla se define a través del agua que limita; y las características del agua que fluye están íntimamente relacionadas con el cauce por el que fluye. El agua forma y transforma las orillas, a la vez que éstas le dan forma (aun cuando en constante mutación).

Una vez establecidas las anteriores reflexiones, regresemos ahora de nuevo al hipertexto y a la preocupación de Duguid que anotamos más arriba: “Habrá que tener cuidado e inteligencia para negociar [enfrentarse a] esos cambios, y la tarea se hará inevitablemente más difícil si se realizan los cambios en los procesos materiales independientemente de las prácticas sociales que suscriben” (93). Duguid menciona al hablar del libro y del hipertexto la analogía del río, pero lo hace desde el pensamiento de la posmodernidad, por lo que ve los cambios sociales y técnicos como procesos en cierto modo independientes. Desde el discurso antrópico, sin embargo, observamos la relación entre contenido y continente de modo semejante a la relación entre las orillas y el agua que forman el río. Ambos son inseparables, ambos se forman y transforman en mutua dependencia. Sólo de un modo simbólico podemos hablar de la cultura del códice, de la cultura de la imprenta, u hoy día de la cultura digital. El códice, el texto impreso o el texto digital, son apenas las orillas que la corriente de nuestras transformaciones sociales van formando. Unas moldean a las otras (las orillas a la corriente / la corriente a las orillas). El texto digital, el hipertexto, se encuentra íntimamente relacionado con los avances en la comunicación, con los procesos de globalización y, en fin, con la generalización de la alfabetización. Así, por ejemplo, la propuesta de una educación liberadora que articula Paulo Freire ya en la década de los sesenta, encuentra hoy en el hipertexto un aliado natural.

Comprender esta relación entre forma y contenido es fundamental para superar luego tanto las proyecciones utópicas como aquellas visiones apocalípticas de nuestro futuro en “el mundo del hipertexto”. Detengámonos por un momento en la siguiente afirmación de Doug Brent:

“Se puede establecer que lo que hoy día valoramos en la educación moderna está relacionado no sólo con el texto, sino con el texto impreso. El crecimiento cognitivo, la contemplación y la reflexión, la capacidad de interiorizar los procesos de pensamiento a través de formas y estructuras y, quizás, la capacidad de pensar con argumentos proposicionales sean una construcción de la era de la imprenta.”

Pero la expresión “una construcción de la era de la imprenta” parece indicar una caracterización jerárquica. Parece como si fuéramos incapaces de concebir nuestra realidad (social o individual), como devenir, como ser en la transformación. Se regresa una y otra vez a la aporía de la modernidad de establecer prioridad entre el huevo y la gallina. Paul Duguid usa el ejemplo del periódico para expresar la misma relación:

“Desde luego, los periódicos ofrecen información en forma de noticias, pero antes de hacerlo, las elaboran. Las noticias no se fabrican en otro lugar y luego se trasladan a papel, afirmando la simple y dualista separación entre información y tecnología. Las noticias se elaboran cuando se edita el periódico, que decide no tanto qué noticia va a salir, sino que lo que encaja y se publica es noticia” (91).

Que la orilla moldea el cauce del río es cierto. Pero también lo es que el agua con su acción constante crea las orillas que la contienen y que éstas se conforman a su fluir y que se modifican cuando se altera el correr del agua. Es decir, el hipertexto (unos puntos en la orilla del río de nuestros procesos sociales actuales) es un producto y a la vez conforma el fluir (la transformación) de nuestras estructuras culturales. El hipertexto es una herramienta, y como herramienta, nos dice con acierto Murray, “posee significado social, refleja valores y prácticas sociales” (54). Es decir, “la tecnología no es la causa de los cambios cognitivos o sociales, sino más bien amplifica las creencias y valores contemporáneos que posee una sociedad en particular” (Murray 49). Ambas –técnicas y prácticas socio-culturales– se encuentran ineludiblemente relacionadas: los procesos de globalización, los focos regionales de reivindicación étnica, los medios de comunicación de masas, el hipertexto y el inherente “anarquismo” que conlleva el privilegiar al lector, todos ellos son a la vez orilla y caudal que contienen y modifican el paso del río de nuestra sociedad actual.

Una vez introducidas las reflexiones anteriores, que trasladan el contexto social que implicamos con la analogía del río (mutua relación entre orilla y caudal) al campo del hipertexto, podemos ahora centrarnos en qué entendemos por hipertexto. Vamos a continuar aproximándonos a dicho término, en diálogo con algunas de las interpretaciones propias de este periodo de transición. Esta confrontación se hace necesaria para ir deslindando los juicios precipitados que se originan de identificar el hipertexto con técnicas o modelos incipientes, o aquellas afirmaciones que se originan en el recelo a lo desconocido o, en fin, de aquellos criterios que proceden de interpretar el hipertexto desde el discurso de la modernidad o de la posmodernidad. Vamos a discutir el hipertexto con relación, entre otros, al concepto de intertextualidad, de hipotaxis, parataxis y fragmento, de lineal, no-lineal y secuencial, de centro y descentralización.

4.1. Texto, intertextualidad, hipertexto

El hipertexto surge en los primeros usos experimentales en Internet con un aura iconoclasta. No sólo se veía el hipertexto como una posible liberación de las reglas a las que la academia había sujetado el texto, sino también como un borrar la separación (distancia) entre el autor y el lector, sin mediación ahora del crítico. Desde ciertos sectores del mundo académico se veía, pues, que el texto, cimiento de su poder, se “convertía” en hipertexto y proclamaba su independencia. Con base en estos primeros intentos, en efecto anárquicos, se inicia su descalificación. En este sentido nos dirá Riffaterre que la “intertextualidad, una red estructurada de limitaciones generadas e impuestas por el texto a la percepción del lector, es exactamente lo contrario a la red [hipertexto] sin estructura de asociaciones libres generadas por el lector” (781).

Conviene que nos detengamos en esta afirmación. Ante todo importa señalar que se formula desde el discurso de la modernidad, que atribuye al texto un significado independiente del lector o del contexto de la lectura (“limitaciones generadas e impuestas por el texto”). Esta postura lleva también implícita la necesidad de mediación académica para alcanzar la “justa” interpretación del texto, o sea, la interpretación académica del texto. Más importante todavía para perfilar el concepto de hipertexto, es la suposición que hace Riffaterre de que el hipertexto no posee estructura y de que ésta, en cualquier caso, depende de la libre asociación del lector. Muy al contrario, el concepto de hipertexto regresa al sentido original de texto, de textere, en su significado de trenzar o entretejer. Es decir, encuentra su razón de ser precisamente en la intertextualidad y potencialidad de contextualización latente en todo texto. El hipertexto, en efecto, está formado por una serie de lexias (bloques de textos enlazados). Su estructura, lejos de ser caótica, simplemente actualiza un elemento en potencia en todo texto: su posibilidad de ser complementado a través de múltiples contextos y de posibles proyecciones intertextuales implícitas en él, y que en el hipertexto se representan a través de lo que ya se conoce con el nombre de lexias, o sea textos enlazados.

Más reveladora todavía es la afirmación de Riffaterre de que el hipertexto es un conjunto de “asociaciones libres generadas por el lector.” Aunque desde el código de la modernidad lo que quiere decir es que se trata de asociaciones no previstas por la ortodoxia académica, esta afirmación tiene también otros alcances. Nos encontramos todavía en la infancia del hipertexto, y podemos muy bien imaginar hipertextos colectivos de múltiples proyecciones según el genio de cada participante. Pero eso no dejaría de ser una de las muchas expresiones posibles en el uso del hipertexto. El hipertexto, sin embargo, en su uso generalizado, no conlleva la destrucción (anulación o desaparición) del autor ni del texto. Lo que de momento aporta es una posible apertura a la perspectiva de múltiples lecturas y del lector múltiple. Es decir, el autor del hipertexto (y sí, sigue habiendo un autor que crea y por tanto controla a su modo el texto), escribe ahora contando con los deseos/necesidades del lector, y potencia su autonomía a través de enlaces que llevan a otros hipertextos, que llevan a otros hipertextos... Incluso, según la técnica y el avance del hipertexto incremente su fiabilidad, la red creada por un hipertexto incluirá enlaces a otros hipertextos en otros lugares en Internet, creados por otros autores y posiblemente con propósitos diversos.

Ahora podemos comprender mejor las limitaciones de la afirmación anterior de Riffaterre que habla “de asociaciones libres generadas por el lector.” La red original de un hipertexto es siempre creada por un autor desde una perspectiva dialógica (desde lo que venimos denominando discurso antrópico). El autor del hipertexto busca comunicar no sólo un concepto, sino también las relaciones intertextuales y procesos de contextualización que le permiten enunciar su concepto. El lector ahora es libre de seguir los enlaces a una u otra lexia, según sus propios intereses o según las asociaciones que el mismo texto le han sugerido. La libertad del lector es, en cierto modo real, pero sólo en el sentido de la percepción de poseer la opción de seguir uno u otro camino. El hipertexto, con toda la complejidad de lexias que pueda incluir, sigue siendo una estructura y obra de un autor (o equipo de autores).

Repitámoslo de nuevo. Comprender la naturaleza del hipertexto es tomar conciencia de que nos estamos moviendo hacia un nuevo paradigma. Lo que desde los discursos de la modernidad y posmodernidad nos puede parecer incomprensible, cuando no absurdo, encuentra su explicación y razón de ser desde el discurso antrópico. Es decir, lo que parece incongruente desde unos discursos que privilegian al autor o el texto, fluye natural desde la perspectiva del lector que se impone ahora con el nuevo paradigma. Analicemos las implicaciones de lo anteriormente dicho a través de la siguiente afirmación: “La dispersión conceptual de la textualidad que tiene lugar en el hipertexto, puede ser reflejo de un sujeto descentrado que se aproxima a dicha textualidad descentrada” (Gaggi 111). Pasemos por alto la imposibilidad de una “textualidad descentrada,” puesto que todo texto entraña una textura, o sea un armazón, un entrelazado. Y aunque más adelante trataremos este tema, conviene ahora señalar que cada uno de los discursos anteriormente mencionados aportaba también un concepto propio de “centro”. En el discurso de la modernidad el autor proporcionaba el centro. Comprender un texto era comprender lo que el autor deseaba comunicarnos. En el discurso de la posmodernidad el texto se independiza del autor. El centro ahora está en el texto mismo (y claro, en el académico convertido en crítico y con autoridad para deconstruir dicho texto). En el discurso antrópico, ejemplificado en nuestro caso por el hipertexto, es el lector quien, en el mismo acto de la lectura, construye el centro; y por centro se entiende ahora el contexto desde el cual se efectúa la lectura. El hipertexto, con sus múltiples lexias enlazadas entre sí, facilita también una multiplicidad de lecturas. Pero que la lectura (el centro desde el cual se lee) no coincida con el centro del autor (discurso de la modernidad), ni con los múltiples centros que el crítico ve en el texto (discurso de la posmodernidad), no significa que el lector proceda de un modo arbitrario, ni que el recorrido seguido sea incoherente. Significa únicamente, que el orden, la estructura, el centro, es ahora construcción del lector. Observemos también que el hipertexto (desde el discurso antrópico) no anula la perspectiva del autor ni el sentido medular del texto, que ahora se impone no sólo por su inherente intertextualidad, sino también por la red hipertextual (las lexias enlazadas), que responde directamente al centro establecido por el autor. El hipertexto únicamente potencia, privilegia al lector en el momento de establecer su relación con el autor y el texto.

4.2. El hipertexto y la fragmentación (hipotaxis y parataxis)

Parece inevitable que nuestra aproximación al hipertexto esté influida por la presencia del libro impreso. Especialmente por la sensación de unidad que aporta su realidad física: una forma definida y reconocible, cierta separación entre texto, imagen y sonido, la percepción de poseer un principio y un fin, un surco estructural desde la primera a la última página... El hipertexto, que borra todas esas líneas de separación, se nos presenta entonces como mezcolanza, como fragmentos yuxtapuestos. La necesaria contextualización e intertextualidad, que se produce al situar las unidades individuales de lectura dentro de una red de fáciles rutas de navegación, produce el efecto, nos dice Landow, de “debilitar y quizás destruir el sentido de la singularidad textual” (1992: 65). Y de modo más directo señala que “el hipertexto fragmenta, dispersa, o atomiza el texto en dos maneras relacionadas. Primero, al remover la linealidad del [texto] impreso, independiza a los distintos segmentos de un principio ordenador –secuencial– y amenaza en transformar el texto en caos. Segundo, el hipertexto destruye la noción de un texto fijo indiviso” (1992: 65).

En realidad, tanto quienes promueven el uso del hipertexto (Landow), como quienes lo combaten, parecen estar de acuerdo en el carácter fragmentario del hipertexto. Unos lo ven como liberación, pues “la estética del fragmento implica un escurrirse, eludiendo el centro y responde a una expresión de lo caótico, y a la necesidad de alejar el monstruo de la totalidad” (Rodríguez). Otros ven, precisamente en esta situación, el peligro del hipertexto:

“¿Puede llegar el hipertexto, con su tendencia a privilegiar infinitas hipotaxis en lugar de parataxis, a desalentar el rigor intelectual de entretejer las ideas de los demás en un argumento coherente? ¿Estamos adjudicando nuestra herencia de inquisición filosófica por un revoltijo de enlaces?” (Brent 2001).

La posición de Brent parece legitimarse en el proceso de su argumentación. Parte de la premisa de que el hipertexto “privilegia infinitas hipotaxis” (lexias subordinadas unas a otras por carecer de unidad propia), para concluir que “el hipertexto, simplemente, quizás no sea el medio correcto para estimular la disciplina mental e indagación social madurada a lo largo de tres mil años de interacción retórica en el leguaje y en la escritura.”

Y sin embargo, no es únicamente nuestro convivir con la realidad física del libro la que motiva que se asocie el hipertexto con una red de fragmentos. Se trata, como venimos subrayando desde el comienzo de este estudio, de una perspectiva filosófica, de un modo de vivir e interpretar nuestra realidad desde el discurso de la modernidad. Desde el campo de la lingüística, el texto impreso es también una serie de hipotaxis y parataxis; es decir, frases (fragmentos) unidos en relación subordinada o coordinada. La crítica posmoderna ha demostrado igualmente el sentido fragmentario de todo texto desde la visión holista que proyecta la modernidad. No es, por tanto, la posible calidad de “fragmento” la que individualiza al hipertexto. Se trata, de nuevo, de la perplejidad ante un nuevo paradigma, ante un nuevo modo de ver la realidad, ante la posición privilegiada que ahora adquiere el lector.

Desde el discurso de la modernidad el hipertexto se presenta ciertamente como algo tenebroso, pues, como señala Brent, “estamos acostumbrados a leer el texto impreso en su totalidad,” ya que, “sentimos miedo de perder algo importante, alguna parte del argumento que es clave para comprender el sentido del autor.” Brent busca al autor en el texto; su lectura es una pregunta por “la verdad del texto”, por su proyección universal, por su sentido trascendente. El hipertexto, como reconoce con acierto Brent, “permite al lector escoger no sólo lo que va a leer, sino también el orden en el que lo va a leer.” Y es esta peculiaridad, creen los críticos de la modernidad, la que lleva a una situación caótica: “¿Cómo podemos ser críticos si no podemos ya leer? ¿Cómo pueden los reseñadores del hipertexto confrontar el hecho de que probablemente no llegaron a leer un gran número de lexias? Y, peor aún, no sólo tendremos que reconocer que apenas hemos escarbado la superficie, sino que en la exploración de un número indeterminado de hipertextos, lo que estaremos reseñando es el resultado de nuestra propia estrategia e iniciativa creadora” (Aarseth 1994: 82).

Las posiciones y preocupaciones anteriores, provienen de la creencia de vivir en un mundo estático, de la creencia en la estabilidad del texto, de la creencia, en fin, de que el texto posee un sentido unívoco, independiente del espacio y del tiempo, es decir, independiente del lector. Sólo desde tal perspectiva puede causar temor el hipertexto y puede tener sentido la siguiente afirmación de Gaggi: “Cuando un lector se pierde en un laberinto de nodos y enlaces hipertextuales, ese lector se encuentra realmente extraviado” (122). Si Silvio Gaggi se refiere a un lector que no sabe leer hipertextos, su conclusión es correcta, pero lo mismo podríamos decir de una persona que no sabe leer el texto impreso. Si por el contrario, se refiere a que dicho lector sigue en su lectura un camino no previsto por el autor o el crítico, nos enfrentamos aquí a las distintas visiones del mundo que nosotros hemos ya identificado, y discutido, a través de lo que hemos denominado discurso de la modernidad, discurso de la posmodernidad y discurso antrópico. No se trata, como queda ya implícito en las páginas anteriores, de simplemente privilegiar ahora al lector en lugar del autor o del texto como en los discursos anteriores. El cambio es mucho más profundo. Nos trasladamos de concebir el mundo como realidad estática, a entenderlo como transformación. La lectura, por tanto, ya no trata de encontrar el significado del autor en el texto (aunque no anula esa posibilidad). La lectura ahora es un proceso íntimo en el cual el texto se contextualiza en el devenir del lector. Parafraseando a Antonio Machado diríamos que no hay texto, que el lector hace el texto al leer.

Desde la atalaya del discurso antrópico, las consideraciones anteriores sobre el hipertexto empiezan a adquirir una dimensión diferente. El concepto de fragmento pierde su sentido. Por supuesto, desde una perspectiva integral del conocimiento, no existe el hipertexto “completo”, por lo que todo hipertexto será en este sentido un “fragmento”. Ahora bien, desde la perspectiva del discurso antrópico, o sea, desde una posición que privilegia al lector como último eslabón en la creación de significado, el hipertexto deja de ser un fragmento. Expliquemos esta afirmación. Hemos indicado ya que un hipertexto es una serie de lexias mutuamente enlazadas que siguen múltiples procesos de intertextualidad en diversos planos de contextualización (en una analogía con el mundo del libro, diríamos que cada lexia es un volumen en un estante de una biblioteca). La lectura que ahora se va a hacer, en potencia, no responde ya a la posible visión original que tuvo su autor, ni a aquella estructura que quisiera imponer el “especialista”, sino a la propia interacción (quizás inédita en cada caso) de un lector con el texto. El hipertexto con sus múltiples enlaces facilita, en cierto modo, que el lector abra su propio camino, de acuerdo a sus intereses, a sus intuiciones, a las asociaciones pertinentes a su propio devenir. Visto de este modo, el hipertexto es todo lo contrario de una “colección de fragmentos”, como se le caracteriza desde el discurso de la modernidad, pues las distintas lexias que sigue el lector se actualizan en él como unidad, como estructura. En cierto modo, como el lector adquiere una percepción de autonomía, al avanzar según una u otra opción, la estructura a seguir puede tener más sentido personal, que aquella tradicional que le imponía el libro impreso.

De un modo semejante podemos confrontar aquellos juicios que ven al lector desorientado en la red de enlaces y posibles caminos que proporciona el hipertexto y que articula Gaggi con precisión en la siguiente cita: “El sujeto se traslada de punto a punto a lo largo de varios canales, de nodo a nodo a través de varios enlaces. Habrá abundancia de opciones posibles, pero el sujeto actúa sin conocimiento de dónde está y sin base suficiente para determinar dónde querría o debería ir” (100). Tal afirmación conlleva una postura elitista que deposita la posibilidad de leer (interpretar “correctamente” un texto) en el concepto original del autor o en el especialista. En efecto, cuando se habla del desconcierto del lector, se implica que sin una guía (la disposición lineal del texto impreso que impone un camino forzado al lector), o del previo descubrimiento de la “verdad” del texto que realiza el especialista, el lector no va a ser capaz de saber lo que quiere, sus pasos serán balbuceos producto de la desorientación. En el discurso antrópico, sin embargo, el objetivo de una lectura legítima no tiene por qué ser el tratar de descubrir lo que el autor pensó en el contexto de su vida, ni la interpretación que uno u otro crítico puedan dar a dicho texto, sino mi diálogo con el texto. Y con diálogo implicamos la propia experiencia de la lectura, y la de forjar desde ella el camino a seguir, que es siempre personal, independiente de que pueda o no coincidir con el de otros lectores.

4.3. La naturaleza multisecuencial del hipertexto

Uno de los términos que más se repiten en el momento de describir el hipertexto es el de no-linealidad. En esta caracterización coinciden también tanto los defensores del hipertexto como los detractores. Desde la definición lacónica de que “el hipertexto es simplemente una forma no-lineal de presentar información” (Amaral), a otras más precisas, se enfatiza una y otra vez este sentido del término: “El rasgo fundamental del hipertexto es su discontinuidad –el salto– el desplazamiento repentino de la posición del lector en el texto” (Aarseth 1994: 69). En tales definiciones domina, como ya señalamos en apartados anteriores, la perspectiva del libro impreso, pero interpretado éste como “natural” y como lineal. En esta afirmación de continuidad no se considera, por supuesto, la posible secuencia o falta de secuencia intertextual del libro impreso; el aserto alude simplemente a la aparente estructura secuencial de las páginas o de los capítulos. Consideremos por un momento tres caracterizaciones del hipertexto, expuestas por estudiosos que han producido textos seminales sobre el tema. Jaime Rodríguez lo juzga como parte de una estética anarquista, “en cuanto se opone al universo hierarco: jerarquizado, linealizado y prescrito.” Para Nielsen “el hipertexto es nosecuencial; no posee un orden singular que determine la secuencia en que se haya de leer el texto.” Landow nos dice al particular que “el concepto (y experiencia) de un principio y un fin implica linealidad. ¿Qué sucede a tales conceptos en una forma de textualidad que no esté gobernada directamente por la linealidad? Si consideramos hipertextualidad una estructura con múltiples secuencias en lugar de carecer por completo de linealidad y de secuencia, entonces la respuesta a tal pregunta es que el hipertexto posee múltiples comienzos y finales en lugar de uno sólo” (1992: 77).

Desde el comienzo de este estudio venimos reiterando la necesidad de superar el discurso de la modernidad (la definición sin establecer el punto de referencia que la hace posible), o el discurso de la posmodernidad (aceptando múltiples perspectivas, pero sin contar con ellas). El hipertexto ejemplifica el funcionar del discurso antrópico, por lo que debemos aproximarnos a su caracterización señalando no sólo las premisas que nos permiten llegar a dicha caracterización, sino también completando su conceptuación a través de las distintas perspectivas que lo complementen. Regresemos ahora a las tres citas anteriores. La afirmación de Rodríguez, por ejemplo, no tiene sentido desde la perspectiva del autor de una red de hipertextos. El autor construye su red según una estructura predeterminada. Tanto las lexias como los enlaces que las unen, el lugar donde se colocan, lo que se incluye como lo que se omite, presupone no sólo una estructura, sino también un proceso de jerarquías. Desde la perspectiva del autor de un hipertexto el contenido posee definitivamente una secuencia lineal, o mejor dicho, multilineal, pues construye su red visualizando una multiplicidad de posibles trayectos. La afirmación de Nielsen asume igualmente el discurso de la posmodernidad. Descubre en el hipertexto el potencial de múltiples posibles secuencias en el acto de leer y por ello afirma su carácter no-secuencial. Como señalamos al comentar la afirmación de Rodríguez, la característica de no-secuencial, como la de falta de jerarquía, se refiere únicamente al carácter abierto del texto, al hecho de que ciertas dimensiones de intertextualidad y procesos de contextualización estén explícitamente desarrollados a través de lexias enlazadas. Pero una vez que nos trasladamos al campo del autor que crea la red del hipertexto, o al del lector que la re-crea en la lectura, de nuevo tendremos que reafirmar el carácter secuencial con que lo construyó el autor, y la interiorización secuencial que adquiere en el proceso de lectura.

La afirmación anterior de Landow se aproxima más al discurso antrópico. Toda lectura es una experiencia individual y secuencial en la intimidad del lector. Necesitamos, sin embargo, reflexionar sobre los conceptos de “principio” y “fin”. Y debemos afirmar de modo inequívoco y desde el comienzo, que todo texto, o hipertexto, posee un principio y un fin. Estos conceptos simplemente implican características diversas según se juzguen desde la perspectiva del autor, del texto o del lector. Como indicamos ya, el autor del hipertexto lo construye según una predeterminada estructura. En el discurso antrópico, en el mundo del hipertexto, los conceptos de principio y de fin no coinciden con aquéllos a que estamos acostumbrados en el texto impreso y que generalmente corresponde a la primera y última página. Hemos señalado ya repetidas veces el sentido de complementariedad que adquieren las distintas posiciones en el discurso antrópico. Ahora podemos ejemplificarlo a través de los conceptos de “principio” y de “fin”. El autor de hipertextos necesita combinar su estructura de lo que quiere comunicar, con las posibles necesidades, asociaciones, intereses, de los múltiples lectores. Si el lector dispone ahora de cierta libertad de trayectoria a través de los enlaces existentes en el texto, el autor debe considerar en todo momento que cada lexia pueda ser potencialmente la primera o la última en la trayectoria de un posible lector. El hipertexto, si está bien construido, tendrá en cuenta este factor. (Quizás sea necesario recordar aquí lo obvio: existen buenos y malos hipertextos, del mismo modo que existen malos y buenos libros impresos. Las reflexiones expuestas en este estudio se refieren al concepto ideal del hipertexto).

Desde la perspectiva del texto, lo primero a tener en cuenta es que se trata de dos medios diferentes: el impreso y el digital. Lo que en el mundo del texto impreso, dimensión física y en cierto modo atemporal, puede tener validez, resulta inoperante en la dimensión digital. En el hipertexto, el principio y el posible fin, vendrán estructurados a través de los enlaces. Cada lexia deberá tener en cuenta esta situación. El lector será quien decida dónde ir, pero el autor es quien va a colocar los enlaces que guiarán el juicio del lector. A través de estos enlaces se resaltará a la lexia que el autor considera el comienzo, y se podrá reiterar, en los lugares que el autor crea pertinentes, aquella otra lexia que concluye lo enunciado en dicho comienzo. En el texto impreso el lector está subordinado al texto. Los párrafos, las páginas, se suceden de forma predeterminada. El lector se sitúa en actitud pasiva, se encuentra atrapado en las dimensiones físicas del libro. Su única opción es aceptarlo o rechazarlo. Cualquier intento “activo” de contextualizar lo que lee, le lleva fuera de los límites de la unidad física de lo impreso. El hipertexto se construye desde una perspectiva abierta que permiten los múltiples enlaces a lexias con distintos procesos de intertextualidad (incluyendo enlaces a hipertextos afines pertenecientes a otras estructuras en la red).

El polo final, por supuesto, es el lector. El concepto de “alfabetización” en el mundo del texto digital ha cambiado; no basta ya con reconocer las letras; el hipertexto exige también un lector activo. La misma estructura del hipertexto requiere que el lector decida qué enlaces va a seguir. Siempre existirá la opción de elegir un enlace al azar, como ahora la tenemos de hojear un libro impreso. Por esta misma razón se ha impuesto ya el hipertexto en los manuales técnicos. El lector de estos textos siempre fue activo, hoy su función se facilita enormemente, pues cualquier referencia se encuentra ahora en la “siguiente página”, es siempre el enlace a la siguiente lexia. El futuro del hipertexto en las humanidades es potencialmente mucho más rico, pues deja de ser mecánico. Pero es precisamente en el campo de las humanidades, que asume un lector reflexivo, donde se encuentra más resistencia al uso del hipertexto. El objetivo del libro técnico o de una enciclopedia es difundir conocimientos. En las humanidades la situación es más compleja. El conocimiento se convierte en imagen de poder a través del texto impreso; o sea, es fuente de control y mercancía en el sentido económico. El libro simboliza esos factores culturales en la estructura rígida que impone al “guiar” a los lectores del principio al final del libro. Después de todo, como señala Silvio Gaggi, “un libro posee un eje de desarrollo claro, con un principio un medio y un final” (101). Y aquí reside la percibida amenaza del hipertexto: el temor a que pueda debilitar dicho control. Regresemos de nuevo a las palabras de Gaggi que expresan con claridad esta situación: “La facilidad con que se pueden seguir los enlaces alejándonos del texto a otros textos y la facilidad de seguir rutas alternativas dentro del texto, no sólo debilitan el privilegio del texto original, sino también el sentido de que exista un sólo eje dominante que dirija al lector desde el principio por el medio hasta el final” (102). Este texto de Silvio Gaggi es de 1997, pero su posición todavía prevalece hoy día. Es una posición de arrogancia académica. ¡Pobre lector! abandonado a sus propias fuerzas:

“Este tipo de sistema tiene implicaciones radicales para el sujeto. En el escenario más utópico se le entrega al sujeto el poder de una forma nunca antes posible. En el hipertexto no hay un eje central, ni una ruta clara para entrar o salir, ni coordinadas que tenga prioridad sobre otras coordinadas –excepto las que el lector determina. De este modo, careciendo de una autoridad o guía, el lector queda arrojado en sí mismo. Quizás encuentre instrucciones señalando cómo ir de un lugar a otro, pero no hay fuentes de valores ni de prioridades que le indiquen al lector que dirección o ruta debe seguir.” (Gaggi 103)

Como señalamos anteriormente, el hipertexto es secuencial (multi-secuencial) en cuanto al autor que lo crea y en cuanto al lector que realiza la lectura. Sólo desde la perspectiva del crítico que reconoce únicamente una lectura válida de un texto, pueden los enlaces a las diferentes lexias parecer un laberinto innecesario. El hipertexto es lineal (multi-lineal), tanto desde la perspectiva del autor, como desde la perspectiva del lector, aun cuando no coincidan en el orden en que las distintas lexias debieran leerse. El hipertexto se distingue, precisamente, por ser un texto abierto a múltiples posibles secuencias y por exigir una participación activa por parte del lector.

Una vez caracterizado el hipertexto en las secciones anteriores, podemos ahora aproximarnos a uno de los puntos más debatidos en los discursos teóricos de la década de los noventa. Por una parte, se habla del poder liberador de la tecnología, de que la “información quiere ser libre” y por la otra, se previene de que el hipertexto nos está llevando a la pérdida de las estructuras, a la desaparición de las jerarquías cualitativas, a una proyección caótica que impide el acto de significar, a trivializar, en fin, la información. Ambas posiciones, aunque influidas, es verdad, por el entusiasmo o el miedo a la tecnología, se fundamentan filosóficamente en el discurso de la modernidad. Y las conclusiones a que llegan, reflejan ante todo su conformidad o repudio de los presupuestos de la modernidad. Analicemos por separado ambas posiciones, para poder así despejar el camino a una intelección de la dimensión liberadora que pueda aportar el hipertexto.

Desde el pensamiento de la modernidad, dominado, como hemos señalado ya, por los conceptos de estabilidad del texto, trascendencia del significado, jerarquía, linealidad, presencia física individualizada, entre otros muchos, el hipertexto se asocia con libertad “anárquica”, eclipse del autor, indiferencia a la individualidad y con una sensación de desamparo. Pero coloquemos estos conceptos en el contexto de una cita de Silvio Gaggi:

Internet y la WWW representan espacios complejos que no son espacios físicos, pero que se navegan con rapidez y seguridad, sin tener que mudar nuestro cuerpo físico. Por otra parte, en este espacio el individuo, según él o ella ha existido, puede perderse, y la consistencia de su identidad inspirada en sus propias asociaciones con su nombre o cuerpo material se desvanecen. Maravillosamente indiferente a la raza, al género, a la belleza y a nuestra etapa en la vida fuera de la red, Internet absorbe al individuo en un diálogo interactivo en el que la conversación asume su propia vida y amenaza con eclipsar a los participantes que proveen su contenido. Además, Internet, democratizador y emancipador por la libertad anárquica de información y las relaciones que posibilita, no se encuentra ciertamente inmune al control y a la censura; de tal modo que la libertad e igualdad que se puede conseguir en él, puede, en efecto, ser vaga, ofreciendo a los usuarios una gran cantidad de opciones cualitativamente insignificantes. (xiii)

Esta cita de Gaggi se formula desde las dos premisas citadas anteriormente: desconfianza ante las nuevas técnicas y el pensamiento lineal y jerárquico de la modernidad. Toda la cita, por otra parte, refleja aquellos escritos que se hicieron en su momento contra las implicaciones de la imprenta, o de la libertad de prensa o la alfabetización de las masas. Por ejemplo, la primera frase de la cita, con pocas modificaciones, podría haberse dicho ante la aparición de la imprenta. La multiplicidad de ejemplares independizó al lector, posibilitó lecturas simultáneas, permitió las posesiones múltiples del mismo texto, desvaneció el control sobre el texto... Por otra parte, la afirmación de que el mundo digital no ocupa espacio físico es engañosa. Sí que ocupa un espacio físico, sólo que es desigual y de repercusiones diferentes. Un libro en un disquete o en papel impreso es simplemente un texto en dos medios diversos pero semejantes. Es posible que una página en la red sea “indiferente a la raza, al género, a la belleza”, pero ¿qué diferencia hay entre dicha página en la red y una página de papel? Veamos una nueva cita que nos ayudará a comprender lo que está sucediendo: “La complejidad de la red y la posibilidad de tener que tomar decisiones sin suficiente información sobre dónde nos va a llevar una opción, puede resultar en una desorientación que imposibilitará una libertad significativa” (Gaggi 105). ¿Aceptaríamos la afirmación de caótico de una persona que presencia sin comprenderlo un juego de béisbol? Una pequeña anécdota personal puede explicar esta situación. Al salir de un cine, después de ver una película proyectada en un pequeño pueblo español a principios de los cincuenta, oí el siguiente comentario de una persona que había venido al cine por primera vez. “No sé..., no sé..., no comprendí nada. Iba muy rápido. Me mareaban las imágenes.” Estamos en el umbral de una nueva lectura y de una nueva escritura que va a requerir un proceso de aprendizaje. Estamos en los inicios del hipertexto, y así como el texto impreso ha seguido un proceso de desarrollo que no habría sido posible predecir a finales del siglo XV, igualmente nos sucede con el hipertexto.

En el otro extremo, los paladines exaltados del hipertexto, ven en él la posibilidad de llevar de la teoría a la práctica el espíritu iconoclasta de la posmodernidad. El hipertexto supone para ellos la liberación absoluta:

En el futuro no habrá cánones fijos de textos ni fronteras epistemológicas fijas entre disciplinas, sólo caminos de investigación, modos de interacción y momentos de encuentro. Las nociones de escritor y lector se redefinen asimismo dentro de este lenguaje temporal. [...] Han desaparecido las categorías sociales (cultos frente a populares), políticas (público versus privado) o económicas (gratuito frente a no gratuito) que en su día describieron los componentes de la vida literaria. Los lectores-escritores imaginados de la era electrónica se conciben según su modo de acción en el tiempo. [...] Me gustaría sugerir que existe algo sin precedentes en esta posibilidad de escapar de la estabilidad de la escritura. La digitalización de los textos parece haber abierto la posibilidad de que la escritura opere en un modo temporal exclusivamente posible para el discurso hablado, como parole (palabra [habla]) más que como langue (lengua)” (Hesse 36-37).

Apenas han pasado tres años desde que se hicieron estas afirmaciones y ya vemos surgir nuevos cánones y el emerger de nuevas expresiones genéricas. El texto digital no es, después de todo, tan temporal, y persiste la estabilidad del texto como irónicamente atestigua el litigio, basado precisamente en textos digitales, entre el gobierno federal de Estados Unidos y la compañía Microsoft. Como venimos señalando a lo largo de este estudio, estas posiciones entusiastas ante el hipertexto están arraigadas en el discurso de la posmodernidad; en un discurso que privilegia el texto y lo ve como un infinito de posibles relaciones intertextuales. Desde esta premisa, se ve en el libro impreso la imposición de un proceso lineal, la dificultad de seguir relaciones intertextuales, la estructura jerárquica de su contenido, la subordinación de lector al autor... Es así como el debate se convierte en una contienda entre los que desean mantener el privilegio del autor y los que buscan el privilegio absoluto del texto. De un lado podríamos colocar la posición de Paul Duguid y del otro la de George Landow. Las siguientes citas muestran los parámetros que se buscan y que se combaten:

(Landow) Los hipertextos enlazados sitúan el presente texto en el centro del universo textual, creando así un nuevo tipo de jerarquía, en la cual el poder del centro domina la infinita periferia. Pero como en el hipertexto ese centro es siempre un centro virtual des-centrable, transitorio –o sea, uno creado únicamente por el acto de leer ese texto en particular–, nunca tiraniza otros aspectos de la red en el modo que lo hace el texto impreso. (1992 85)

(Duguid) Otorgar prioridad al texto circulante hace que la información parezca autosuficiente y el libro, por el contrario, una cárcel. En el pasado, los críticos “prácticos”, “nuevos” y estructuralistas lo hacían desde ese punto de vista, otorgando al texto una autonomía distinta de su producción o consumo. Y éste es básicamente también el punto de vista de los liberacionistas que se remiten a la integridad autónoma de la información. (89)

Nuestra tesis a través de este estudio mantiene que el hipertexto es, ante todo, una creación socio-cultural, que asume y así supera el debate entre modernos y posmodernos. Es cierto que la técnica posibilita el hipertexto, pero su esencialidad gira en torno a un nuevo proceso de lectura. Se trata de una lectura dinámica que responde a lo que venimos denominando discurso antrópico. El hipertexto viene a privilegiar el acto de leer y por lo tanto al lector. Pero ello no implica que desaparezca el autor ni sus prerrogativas: el autor crea el texto, decide las relaciones itertextuales a destacar, elige dónde y qué enlaces colocar, señala, en fin, lo que incluye como principio y fin de su estudio. El texto tampoco pierde su papel substancial. Los múltiples enlaces proporcionan cierto protagonismo a cada una de las lexias que visita un lector, pero éstas sólo ocasionalmente se podrán convertir en centrales. La dimensión multisecuencial quizás pudiera parecer caótica desde unos presupuestos basados en la forma del libro impreso (que nos impone una forma lineal de concebir el mundo), pero no desde la perspectiva del lector, en definitiva la única que cuenta, la única que lo valida. El lector, al establecer la secuencia que se propone seguir, establece también unos objetivos, a los cuales se subordinarán las distintas lexias que pueda visitar. Es decir, es el lector quien establece el centro del hipertexto, influido, por supuesto, por el concepto del creador (autor), y por la estructura creada (texto).

Ahora podemos ya regresar al enunciado de esta sección. Cuando hablamos del proceso liberador del hipertexto no nos referimos, por tanto, a una tecnología liberadora. El libro en su forma actual es también el resultado de muchos años de perfeccionamiento tecnológico. Además, algo parece fallar en el proceso de argumentación cuando personificamos a la tecnología –o al hipertexto–. Ni la escritura vino a liberarnos (excluirnos) de la comunicación oral, ni la imprenta del manuscrito, ni el hipertexto busca liberarnos (alejarnos) del texto impreso. Todos ellos son procesos complementarios que han de continuar existiendo. El proceso de liberación que proyecta el hipertexto hemos de buscarlo en nuestro desarrollo socio-cultural. Es decir, en nuestra proyección hacia procesos más perfectos de democratización. En este sentido el texto impreso permitía la difusión de los conocimientos hacia esferas cada vez más amplias de la sociedad humana, aunque el control sobre la alfabetización hiciera que su potencial tardara siglos en generalizarse. El libro, empero, impone limitaciones en nuestra sociedad actual: no sólo en cuanto a las relaciones de poder (quién publica los libros), sino también en cuanto a disponibilidad de la información, a relaciones económicas y cuestiones de control, entre otros muchos aspectos. En el contexto socio-cultural de nuestros días, las humanidades se ven forzadas igualmente a modificar su concepción romántica del autor y el proceso positivista de continua acumulación. Dejan de ser asimismo patrimonio de una minoría y símbolo de la separación de clases. Nuestra sociedad sigue valorando el contexto humanista, pero ahora se privilegia el proceso de lectura y la participación activa del lector.

Tal es el ambiente en cuyo seno surge el hipertexto. Viene a satisfacer, entre otras, dos necesidades fundamentales: dar la palabra a quienes les era difícil o imposible participar en el mundo del texto impreso y promocionar la libertad del lector a forjar el camino de su propia lectura y a tener acceso a la información. Ambas dimensiones llevan implícitas un posible proceso democratizador (semejante a aquél que proporcionó y siguen proporcionando los programas de alfabetización). El texto impreso propiciaba el monólogo (participación pasiva del lector), mientras que el hipertexto favorece una lectura que podemos considerar liberadora, pues predispone al diálogo (participación activa del lector). Contra los temores que se divulgaron a comienzos del siglo XIX ante los intentos de alfabetización de las masas, no todos los que aprendieron a leer hicieron de la lectura una carrera. Del mismo modo, aunque el hipertexto facilite que todos participen en la producción de textos, no todos harán de ello una profesión. El hipertexto, pues, se comienza a hacer en función del lector.

Una vez señalada la dimensión liberadora, democratizadora, implícita en el hipertexto, debemos apresurarnos a indicar que, aun cuando su esencia es liberadora (como lo fue el texto impreso ante el manuscrito), el hipertexto al igual que la versión impresa, posee igualmente el reverso de la moneda. Lo mismo que el hipertexto destaca relaciones intertextuales y procesos de contextualización, puede también omitirlos o ponerlos en función de principios ideológicos que distorsionen cualquiera de los procesos de lectura que pudiera seguir un lector. Es decir, el hipertexto es únicamente un medio de comunicación que responde a nuestra situación socio-cultural; es más incluyente que el texto impreso y potencia mejor el desarrollo individual, pero su contenido y sus objetivos seguirán siendo creaciones humanas y, como tales, capaces de distorsión, de manipulación, de censura.

Publicado por Ignacio el Julio 8, 2004 12:39 AM | TrackBack
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