La escritura en la Buenos Aires colonial

En 1837, como consecuencia de la aparición de la escritura, la circulación de libros con las ideas que estaban en boga en Europa, los cambios en la educación pública (sobre todo la universitaria) empieza a surgir una elite; con grandes influencias de los románticos e iluministas europeos, con ideas de progreso, de cambio, etc. Esta nueva elite va a crear un nuevo espacio social y público. Un espacio, antes inexistente, que no podría haber existido sino como efecto de la escritura, surge el “salón literario”. Allí toda una generación de jóvenes empeñados en cambiar el rumbo del país empieza a reunirse, a discutir ideas, a leer a los grandes pensadores del viejo continente.
Como en las universidades el control federal era agobiante, los jóvenes que iban en contra del régimen encuentran en los libros que llegan de Europa, luego de las jornadas revolucionarias de julio de 1830 de París, una salida y una posibilidad de ampliar su educación y el horizonte de sus ideas. Hay que aclarar que toda esta época de las luces, es un período en el que se creía que los libros, las ideas, podían cambiar el mundo. Que estos jóvenes de esta nueva generación argentina (Echeverría, Alberdi, Sastre, Gutiérrez) tenían esa “misión” en sus cabezas, y por eso la importancia de poder recibir libros con ideas nuevas, frescas, revolucionarias. Autores como Fortuol, Cousin, Chateaubriand, Dumas, Saint Simón, Tocqueville, etc. son muy leídos por este grupo de jóvenes. Ellos también leen diarios que vienen de afuera: “Revué de París”, “Revué Britannique”, “Revué Encyclophédique”, “The Edinburg review”, etc. Afirmaba Vicente Fidel López: “todas esas obras andaban en nuestras manos produciendo una novelería fantástica de ideas y de prédicas sobre escuelas y autores...nuestro espíritu tomó alas hacia lo que creíamos las alturas...aprendíamos a pensar a la moderna y a escribir con intenciones nuevas y con formas novísimas”. Para satisfacer la demanda creciente, fueron proliferando las librerías porteñas. Esto demuestra que las librerías (y los libreros) desarrollaron un rol importante en la divulgación de la cultura en la ciudad.
Pero no todo era leer. Esta nueva generación también tenía sus ideas nuevas. La primera novedad, fue un poema de Echeverría, publicado en 1832 llamado “Elvira o la novia del plata”. Tenía como innovador el reemplazo del viejos endecasílabo por el remozado octosílabo. Con tal motivo, algunos diarios porteños expresaron sus opiniones sobre la obra, dando inicio a la crítica bibliográfica argentina. Aunque en verdad la crítica literaria como tal, surge dos años más tarde, como consecuencia de otra obra de Echeverría: “Los consuelos”, que fue la inaugural manifestación poética del romanticismo argentino. Los versos doloridos y melancólicos que contenía significaron un verdadero acontecimiento en las letras nacionales en aquellos difíciles tiempos que presagiaban la inminencia de una dictadura.

En diciembre de 1834 vio la luz la “Memoria descriptiva sobre Tucumán”,breve ensayo de Alberdi. En esas páginas desarrolla la teoría de la influencia del medio ambiente sobre los caracteres de los pueblos.

Una mención particular corresponde hacer a las “Cartas escritas por el muy honorable Felipe Dormer Stanhope, conde de Chesterfield, a su hijo”, que vieron la luz en dos tomos a fines de 1833, en versión castellana del general Tomás de Iriarte. La celebrada obra, por la universalidad y permanencia de sus enseñanzas edificantes merecía en opinión de Iriarte- quien lo dedicó a la “juventud argentina”- el sacrificio de exponerse él a la crítica de su paciente labor personal. La de Iriarte era una sensible contribución a enaltecer las virtudes morales de nuestros adolescentes y jóvenes.
Otra obra de indudable repercusión cultural que comenzó a publicarse por entregas en 1834 fue “El curso de la historia de la filosofía”, de Víctor Cousin. Los jóvenes encargados de la traducción manifestaron que se proponían hacer conocer al “filósofo moderno que ha cautivado la admiración y los aplausos de sus contemporáneos, y cuyos principios escucharan sin duda con interés el pueblo argentino, que ha hecho siempre gala de una decisión generosa por favorecer la marcha conquistadora del espíritu del siglo. Buenos Aires- agregan- recibe, puede decirse, los primeros reflejos que alcanzan a este continente del brillo de las producciones de los sabios que se consagran a la ilustración y ventura de la humanidad; los recoge, los fomenta y los hace reverberar en los demás pueblos de la joven América.
En la producción bibliográfica de 1835 merece la atención la reedición de “Las últimas cartas de Jacobo Dortis”, de Hugo Fóscolo, en versión castellana de José Antonio Miralla. En las páginas de esas cartas estimaba su editor, Don Patricio de Basavilbaso, “encuentra el desgraciado ideas consoladoras, dignidad el mortal abatido, coraje cívico el ciudadano y lecciones el filósofo”, por lo que es dable suponer que los jóvenes de la época habrán visto allí, en cierta medida, reflejadas algunas de sus propias inquietudes.
A fines de 1835 se produce un verdadero acontecimiento cultural: comienza a aparecer la “Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna del Río de la Plata”, dirigida por Pedro de Angelis. Este tipo de publicación no tenía precedentes en el país y significó una aportación de excepcional valor para el conocimiento y estudio de nuestro pasado.
En 1836, “El recopilador”, un periódico cuyo redactor principal fue Gutiérrez, se convirtió en un vehículo cultural de primer orden. Allí aparecieron varias poesías y canciones de Echeverría como asimismo su artículo de costumbres “Apología del matambre”; un interesante estudio del propio Gutiérrez sobre la vida de nuestros paisanos del campo; un ensayo de Thompson sobre “La poesía y la música entre nosotros”, etc. En una nota de la redacción Gutiérrez manifiesta que El recopilador se propone “alentar las bellas artes de nuestra sociedad naciente, porque las artes abren el camino a las ciencias: primero alcanzaremos el sentimiento de lo bello y luego el de lo bueno y útil.
En Julio de 1837 se publica el “Fragmento preliminar al estudio del derecho”, de Alberdi, uno de los documentos capitales de esa etapa cultural. Lo interesante de esta obra es su planteo, el cual desde el campo de la historia, la política y la filosofía del derecho apunta a la integración de una filosofía para llegar a una nacionalidad.
Así, a partir de todas estas fuentes, es que los jóvenes empiezan a apartarse del dogma estético del neoclacismo y concluyen, en unánime convergencia, calificando de esterilizante el inveterado enfrentamiento entre unitarios y federales. Aspiraban, sí, a la efectiva concreción de la libertad. Repudiaron, por tanto, todo lo que fuese restrictivo y conservador. Ideas e intereses debían servir a la comunidad, sujeta necesariamente para ellos a progreso continuo y perfectibilidad indefinida.
El salón Literario

En los primeros meses de 1837 Marcos Sastre, que tenía una librería muy reconocida, se propuso organizar con los más calificados “habitués” de su negocio una institución cultural de cierta jerarquía. Allí, en su librería, Echeverría entabló contacto con muchos jóvenes universitarios, que debían escuchar embelesados su palabra. Una generación argentina estaba encontrando su destino. Entre libros se gestaba una empresa de trascendencia histórica.
Sastre planteó la idea a los jóvenes más representativos como Gutiérrez y Alberdi y estos no dudaron en apoyarlo. Echeverría también apoyo la moción. Desde los comienzos el Salón Literario contaba con unos cincuenta socios (varios de ellos eran socios de la librería de Sastre). Se buscó un lugar adecuado para el salón: una casa propicia, con varios ambientes, en los cuales pudiera actuar el salón con cierta autonomía. Finalmente se habilitó el salón el 16 de Mayo de 1837 en la calle Victoria número 59. Los jóvenes amigos de Sastre aceleraron los preparativos difundiendo y explicando el proyecto a sus camaradas universitarios. A partir de ese momento, quedó establecido un nuevo espacio (sin precedentes) para la lectura y discusión de los grandes textos del mundo, y en donde se forjarían las ideas de generaciones venideras. Al salón asistieron grandes personalidades que luego serían muy influyentes por sus ideas renovadoras.
Bibliografía: “El salón Literario”, de Félix Weinberg.
No lo publiqué yo, sino Alejandro.
Publicado por: Ignacio a Junio 17, 2004 06:01 PMWasserman
Publicado por: Ignacio a Junio 17, 2004 06:04 PMHola, queía pedirles si tenian informacion de la generacion del 37, porque tengo que hacer una monografia y no encuentro casi nada.
Si pudieran mandarme algo, se los agradecedia mucho. Espero su respuesta.
Desde ya muchas gracias !!
Natalia.

