
Una revisión de la producción pedagógica en Argentina permite constatar que la historia de la enseñanza de la lectura y escritura es un tema que ha sido tratado en forma menor y residual. Por ejemplo, en los libros clásicos de historia de la educación esta temática cumple una función anecdótica o ilustrativa para aligerar los textos, y en los manuales de didáctica es presentada como la “historia de los métodos”, entendida como un proceso perfectible que condujo desde los métodos de marcha sintética a los métodos
de marcha analítica, o, utilizando otras caracterizaciones más recientes, de los “métodos que ponen el acento en la codificación” a los “métodos que ponen el acento en la comprensión” . Estos enfoques son coherentes con la visión de la
historia de la educación que se construyó junto a la constitución de los sistemas educativos nacionales en el Siglo XIX, que la limitó a la historia de las ideas pedagógicas, la historia de la escuela, la historia de las leyes y políticas estatales.
Esta es una pequeña reseña histórica de la historia de la escritura y su tecnología mediante la historia de la lectura y sus variaciones desde la oralidad de la lectura colectiva en alta voz del catecismo en las aulas conventuales, hasta la lectura silenciosa individual. El camino que va del texto para “oir” y memorizar en los “claustros”, hasta el texto para “ver” y discutir en los “clubes” ilustrados.
Oir leer para obedecer al conquistador

Comencemos comparando dos escenas de lectura del momento de la conquista española: el Catecismo de la doctrina cristiana para la enseñanza de los indios y el Requerimiento.
El primero, un volumen de reducido tamaño elaborado por Pedro de Gante, emplea jeroglíficos y figuras conocidas por los indígenas de la Nueva España, ordenados por ambas caras de izquierda a derecha en franjas seriadas, introduce en los rudimentos de la doctrina cristiana comenzando con la fórmula para persignarse, continua con el Padre Nuestro, Ave María, Credo y los mandamientos, para acabar con los sacramentos y las obras de misericordia.
Tomemos la escena de lectura del Requerimiento, documento atribuído a J. de López Palacios Rubios, que autorizaba el empleo de la fuerza contra los indígenas de América, luego de realizarles una lectura en castellano que "notificaba" desde la creación del mundo, la delegación divina del poder en la tierra al Papa, los justos títulos que éste a su vez delegara en los reyes de España, para terminar en la comunicación del poder que legitimaba al conquistador. Señalaba en el cierre:
"Por ende, como mejor puedo vos ruego y requiero que entendáis bien esto que os he dicho, y tomeis para entenderlo y deliberar sobre ello el tiempo que fuere justo, y reconozcáis a la Iglesia por señora y superiora del universo mundo y al Sumo Pontífice, llamado Papa, en su nombre, y al rey y a la reyna nuestros señores, en su lugar, como a superiores e señores y reyes destas islas y Tierra Firme, por virtud de la dicha donación, y consintáis y deis lugar que estos padres religiosos vos declaren y prediquen lo susodicho"
Finalmente, en caso de incumplimiento o resistencia, el conquistador anunciaba que "con la ayuda de Dios yo entraré poderosamente contra vosotros y vos haré guerra por todas las partes y manera que yo pudiere (...) y tomaré vuestras personas y de vuestras mujeres e hijos y los haré esclavos y como tales los venderé y dispondré dellos como Su Alteza mandare" La escena de lectura que expresaba las relaciones de poder y subordinación se reforzaba en la escrituración del acto: "y de como os lo digo y requiero pido al presente escribano que me lo de por testimonio y sinado y a los presentes ruego que dello sean testigo".
En síntesis: en el “choque” entre oralidad y escritura que se expresó durante la conquista, en el primer caso la escrituración del evangelio en jeroglíficos o la fonetización del nathuatl implicaba un reconocimiento del otro, mientras que la lectura del Requerimiento en castellano, su negación.
De otra manera, en distintos períodos y con diferentes finalidades, "unos" leen mientras que "otros" sólo escuchan, hasta que en la lectura silenciosa ambas prácticas sociales confluyen en la cabeza de un sólo individuo. Como afirmáramos en trabajos anteriores: la lectura silenciosa sería el punto de inflexión en que las prácticas sociales de escritura pasaron a determinar las prácticas sociales de lectura acompañando los cambios de la modernidad
Leer y rezar en la Buenos Aires aldeana

Durante la época colonial y hasta avanzado el siglo XIX en el período independiente, los que leían eran muy pocos y los que escribían, aún menos. Por entonces, estas dos prácticas estaban diferenciadas, y fue necesario recorrer un largo camino para que se propusiera como actividad docente la fusión en la enseñanza y aprendizaje de la “lectoescritura” .
A aprender a leer se comenzaba memorizando el abecedario (como lo hacían los griegos) por medio de las Cartillas o Silabarios, cuadernillos que presentaban el abecedario y avanzaban luego hacia las combinaciones en sílabas, series que se debían memorizar, para recién luego enfrentarse a los primeros libros de lectura de corrido. Entre éstos últimos fueron muy difundidos y utilizados el Catón Cristiano y Catecismo de la Doctrina Cristiana, los catecismos de Astete o de Ripalda, 
El Tratado de las Obligaciones del Hombre, textos que venían de la época de la colonia y se mantuvieron por largo tiempo. Con fuerte contenido moral, estos libros caros y escasos estaban compuestos por máximas o por una serie de preguntas y respuestas fijas que debían leerse, generalmente en voz alta, hasta memorizarse.
Tomemos el caso del Catón mencionado. Reeditado en la Imprenta de Niños Expósitos de Buenos Aires en 1812, su estructura obedece a dos partes:
a) un tratado primero de la doctrina cristiana que responde a la organización del catecismo cristiano, y
b) un tratado de la buena crianza de los niños.
Transcribimos seguidamente el capítulo cuarto a título ilustrativo del discurso de la infancia que posee el Catón previniendo sobre las posibles lecturas anacrónicas. El capítulo se convierte en una fuente privilegiada para el estudio de las prácticas cotidianas en el aula.
"Procure ir siempre y á tiempo á la escuela, lleve todo lo necesario para escribir y leer con el mayor cuidado y aseo que le fuere posible. En entrando en la escuela, se arrodillará ante las Imagenes que allí hubiere y dirá la Oración que para el principio de cualquier obra adelante se pone. Después haga otra reverencia al maestro, doble la capa, y póngala en parte limpia y segura: siéntese en su lugar, guarde todo el orden del Maestro al qual obedecerá con amor, y reverencia, porque está en lugar de Dios.
Procure ganar la voluntad, siendo diligente, solicito y virtuoso. No parle ni esté ocioso en la Escuela, sino escriba o lea, ó calle cuando se le mandare. Acostumbrese á no levantarse de su asiento, hasta ir á dar leccion; ó corregir. Y si le mandaren ir á otra escuela no diga mal del Maestro que tubo, ni ponga nombres á los muchachos. Nunca sea parlero ni cuente lo que en su casa se hace ni menos lo que pasa en la Escuela lo diga fuera de ella. Nunca por congraciarse diga á su Maestro faltas de los otros, si el no las preguntare, ó fuere necesario para su correccion.
Si han de castigar á alguno, no se convide á ser executor; mas si se lo mandan hagalo con modestia y compasión. Quando le quieren castigar si fuere su culpa. propongala con mucha humildad; y si no aprovechare lleve el castigo con paciencia por amor de Dios sin dar gritos, ni hacer resistencia.
Aquí el catecismo es utilizado como metáfora: al catecismo se lo recita, se lo memoriza, colectivamente, "de viva voz". Su mecanismo dialógico reclama memorizar, no sólo la respuesta correcta, sino además, la pregunta correcta. Y el control de verificación del cumplimiento de la "ortodoxia" se ritualiza en un contacto cara a cara entre el iniciador y el iniciado. La escritura obra como mero soporte de la oralidad.
El ensayo, en cambio, inaugura una relación distante entre el autor y el lector. La pregunta aparece como formulación retórica, residuos de oralidad apresados en la tipografía. La respuesta y el control de su ortodoxia será en adelante establecida por los "contratos" de la ritualidad impresa. De otro manera, el "contrato social" exigía un nuevo "contrato de lectura".
Mientras las "escuelas del Rey", escuelas de primeras letras que funcionaban en los cabildos, recibían un nuevo nombre: "escuelas de la Patria", en su interior el Catón pretendía ser sustituído por el "catecismo" de Rousseau, y la tecnología de la palabra encontraba su espacio en la misma imprenta de los jesuitas, trasladada de Córdoba a Buenos Aires luego de la expulsión, en los Expósitos de Buenos Aires. La ruptura hegemónica reclamaba una ruptura pedagógica: a la escena de lectura colectiva y coral se le opone la escena de lectura individual y silenciosa, como requisito para incorporarse al siglo de la razón:
Fracasada la experiencia jacobina con la renuncia de Moreno se eliminó el Contrato Social. Las cartillas, silabarios y catecismos perduraron como textos escolares aún luego del cierre de las luchas por la Organización Nacional, cuando ya circulaba la Anagnosia de Marcos Sastre en la Buenos Aires que comenzaba a separarse de la Gran Aldea por obra del ferrocarril, la luz eléctrica y los inmigrantes.
Federico Raggio
federicoraggio@hotmail.com
Comisión Jueves 9 a 11 hs.

