Cuando América fue descubierta por los españoles se produjo en el continente un gran choque cultural que tuvo sus consecuencias en la oralidad y la escritura. Paulatinamente, la cultura española fue desplazando a las diversas culturas aborígenes y el castellano se impuso por sobre las variadas lenguas autóctonas, dando comienzo a la historia literaria de lo que se daría en llamar el Virreinato del Río de la plata.
Esta historia de la literatura en la época colonial se divide en tres grandes grupos. Al primero pertenecen las crónicas de la hazaña inicial, más históricas que literarias, aunque se presenten en verso; narran la cruenta posesión del territorio, la lucha de los extraños contra la naturaleza áspera y los indígenas hostiles, las propias discordias de los conquistadores.
El segundo grupo comprenden la literatura de la dominación espiritual: es generalmente descriptiva, como la anterior, pero no de acciones bélicas, sino de la pausada sujeción de los indios por las órdenes religiosas y de la obra desarrollada por éstas -en particular la jesuítica- en la investigación del medio natural. Con la expulsión de los jesuítas, la creación del virreinato del Río de la Plata y el impulso dado a la cultura con las iniciativas de Vértiz -enseñanza, teatros, imprenta- las letras comienzan a ser cultivadas en Buenos Aires por argentinos.
La prosa y la poesía del período final integran el tercer grupo. Por el origen y el espíritu nacional de los autores y por los temas tratados, sus escritos son el principio verdadero de la literatura autóctona y por ellos se filtra, entre las brumas de la retórica colonial, el futuro pensamiento argentino.
Acá nos centraremos en el segundo período, precisamente, en la enseñanza primaria desde sus orígenes hasta 1810.

La enseñanza se reducía a las tres facultades: leer, escribir y contar, en el ámbito de la doctrina cristiana que consistía en aprender rezos y el catecismo. A fines del siglo XVIII se comenzó a enseñar la gramática castellana y la ortografía compuestas por la Real academia de la lengua.
El método de instrucción consistía en el aprendizaje memorístico y colectivo dado que los maestros carecían de cualquier tipo de preparación teórica; en el mejor de los casos, adquirían alguna práctica sirviendo de ayudante a otro maestro ya establecido en la escuela. Los maestros empezaron a formarse recién en 1780, cuando se fundó el Colegio académico.
En principio, la primera facultad se enseñaba mediante cartillas o silabarios que incluían el abecedario. Luego, cada niño seguía el ejercicio de la lectura en el libro que traía de su casa que, en la mayoría de los casos, eran libros de caballería, mientras que los padres más piadosos daban a sus hijos, para leer, libros sobre las vidas de los santos escritos por autores que no tenían demasiado criterios.

Los primeros pasos de la escritura consistían en el ejercicio de "palotes", rasgos rectos y paralelos; después seguían curvas, letras, sílabas y palabras, todo copiado de modelos confeccionados por el maestro. También entraba en la enseñanza de la escritura el arte de cortar plumas según el carácter de las letras.
La tercera facultad, la de contar, comprendía el aprendizaje de las cuatro reglas fundamentales con números enteros y quebrados, y las principales operaciones basadas en la regla de tres.
Si había muchos alumnos y el maestro no podía enseñarles a todos ni tomarles las lecciones, destinaba a los más adelantados como ayudantes suyos cuando no podía costearse un auxiliar.
Para despertar entre los alumnos la emulación, se solía dividir el aula en dos bandos, Roma y Cartago, o con nombres de santos, teniendo cada bando su insignia. Además, para interesar al vecindario en el progreso de los niños (y como propaganda del maestro) se efectuaban exámenes públicos y "remates" que consistían en exámenes de alumnos, uno de cada bando. Al público le gustaba mucho estas funciones y aplaudía a los niños que contestaban mejor.
En esa época, era común que se utilizaran los castigos corporales en la enseñanza basándose en el lema de que "la letra con sangre entra" en el concepto de la corrupción del niño por el pecado original. Se llevaban a cabo crueles medidas disciplinarias: ponerse de rodillas, el guante, la palmeta, los golpes. No obstante estos castigos, la disciplina de los niños no era intachable ni mucho menos. Este fracaso de los métodos rigurosos hizo que en el siglo XVIII se produjera una fuerte reacciónen contra de su práctica que se manifestó en documentos en los que se recomendaba a los maestros tratar a sus alumnos con ternura y paciencia, y en la prohibición de la aplicación de los azotes en las escuelas.
Los locales donde estaban instaladas las escuelas eran provistos por las autoridades municipales. Generalmente eran habitaciones ocasionalmente desocupadas, ya sea de la casa del cabildo, de un convento o de otro edificio público; locales siempre improvisados, muchas veces oscuros y húmedos, que estaban lejos de responder, en higiene y comodidad, a los fines para los que estaban destinados.
Lo anteriormente descripto hizo que muchos hombres de la época hayan clamado por la reforma de la enseñanza, aunque lo hicieron con vaguedades declamatorias y muy pocas ideas positivas.
María Laura Suárez
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Bibliografía consultada: Academia nacional de la historia. Historia de la Nación Argentina. Volúmen IV El momento histórico del Virreinato del Río de la Plata. Segunda sección. Bs. As. Editorial El Ateneo. 1940.

