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El Libro
Alejandro Piscitelli
ISBN 950-6970-1
Paidós - 2002
 


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Leer y escribir en la Buenos Aires colonial
03.05.2004

Durante la época colonial y hasta avanzado el siglo XIX en el período independiente, los que leían eran muy pocos y los que escribían, aún menos. Por entonces, estas dos prácticas estaban diferenciadas, y fue necesario recorrer un largo camino para que se propusiera como actividad docente la fusión en la enseñanza y aprendizaje de la escritura.

Durante la época colonial y hasta avanzado el siglo XIX en el período independiente, los que leían eran muy pocos y los que escribían, aún menos. Por entonces, estas dos prácticas estaban diferenciadas, y fue necesario recorrer un largo camino para que se propusiera como actividad docente la fusión en la enseñanza y aprendizaje de la escritura.

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A aprender a leer se comenzaba memorizando el abecedario por medio de las Cartillas o Silabarios, cuadernillos que presentaban el abecedario y avanzaban luego hacia las combinaciones en sílabas, series que se debían memorizar, para recién luego enfrentarse a los primeros libros de lectura de corrido.

Durante la Revolución de Mayo circularon Catecismos Patrióticos, los que
manteniendo la forma catequética difundían la propaganda revolucionaria y Mariano Moreno intentó introducir el Contrato Social de Rousseau como libro de lectura de corrido. Para Moreno la "gloriosa instalación del gobierno provisorio de Buenos Ayres ha producido tan feliz revolución de las ideas" que sólo se consolidaría haciendo "palpable a cada ciudadano las ventajas de la constitución, y lo interese en su defensa como en la de un bien propio y personal"

El catecismo es utilizado como metáfora: al catecismo se lo recita, se lo
memoriza, colectivamente, "de viva voz". Su mecanismo dialógico reclama memorizar, no sólo la respuesta correcta, sino además, la pregunta correcta. Y el control de verificación del cumplimiento de la "ortodoxia" se ritualiza en un contacto cara a cara entre el iniciador y el iniciado. La escritura obra como mero soporte de la oralidad.

El ensayo, en cambio, inaugura una relación distante entre el autor y el lector.
La pregunta aparece como formulación retórica, residuos de oralidad apresados en la tipografía. La respuesta y el control de su ortodoxia será en adelante establecida por los "contratos" de la ritualidad impresa. De otro manera, el "contrato social" exigía un nuevo "contrato de lectura".
Mientras las "escuelas del Rey", escuelas de primeras letras que funcionaban
en los cabildos, recibían un nuevo nombre: "escuelas de la Patria", en su interior el Catón pretendía ser sustituído por el "catecismo" de Rousseau, y la tecnología de la palabra encontraba su espacio en la misma imprenta de los jesuitas, trasladada de Córdoba a Buenos Aires luego de la expulsión, en los Expósitos de Buenos Aires. La ruptura hegemónica reclamaba una ruptura pedagógica: a la escena de lectura
colectiva y coral se le opone la escena de lectura individual y silenciosa, como requisito para incorporarse al siglo de la razón.


Publicado por Tomás Abramzon

Publicado por Ignacio el Mayo 3, 2004 10:17 PM | TrackBack
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