
Sin mirarlos, revuelvo los hielos para que el líquido se refresque. Aún es de día y los rayos del sol atentan contra mi visión. A mi lado, una cortina me propone una solución. La bajo casi en su totalidad. Me siento frente al monitor y me conecto a la red. Ingreso a la página web. La pantalla me propone imágenes que me atraen. Juego, respondo a los íconos y me entrego totalmente.
El whisky ha perecido en manos del agua que despiden los hielos. El cigarrillo exhala sus últimos humos. Lo he dejado en el cenicero ignorando su existencia. Ya ni la música de fondo me conmueve. Estoy suspendido en los colores y formas que me devuelve la pantalla, sin percatarme que el tiempo del reloj avanza. Interactúo con una especie de cubo que responde a cada una de mis órdenes. Lo miro, lo dejo quieto y vuelvo a él. A cada acción un sonido de motor late constantemente acrecentando mi atracción. Mientras modifico su forma y me lanza luminosidades, sospecho que el alcohol afecta mi razonamiento. Pero luego comprendo que no, que es el efecto mismo de la inmersión en el juego lo que me provoca pequeñas alucinaciones. Suena el teléfono, y ni siquiera me preocupo en saber quien es. Nada de lo que me rodea me impide “nadar” en el océano cibernético. Ingreso una y otra vez a los lugares que el portal propone. Vuelvo atrás y avanzo sin ninguna meta preestablecida.
Casi sin darme cuenta, las ganas de fumar me traen de nuevo a mi habitación. Mientras enciendo otro cigarrillo e inhalo profundamente, me percato que pase más de dos horas con la atención absorbida por la máquina. Es momento de poner música. El disco anterior hace varios minutos dejó de sonar. Poco a poco comprendo la situación. Fumo y razono sobre el fenómeno que genera en mi mente la navegación. Voy a la heladera para cargar mi vaso con un par de hielos y me sirvo una nueva medida que esta vez disfruto sin distracción.
No salgo de mi asombro. Dos horas sin contacto alguno con mi alrededor, dos horas de pura inmersión en un cuadrado que más que una pantalla es una ventana que vislumbra un universo fascinante que se desarrolla allí, del que formé parte durante todo ese tiempo. Concentración, abstracción o el simple navegar, caigo a cuenta que son muchos los mundos en los que uno vive y es participe. Abandono la pantalla con la promesa de volver en algún momento a su espacialidad, y confiarme como lo hago ahora a otro whisky, y ya van tantos, que supongo que la embriaguez me hará olvidar mi contexto para divagar en su propio microcosmos...¿habré apagado la máquina?

Por Los Salieris de Heidegger: Marcelo Bettini, Miriam Bobadilla, Anabella Naso y Santiago Torry.
muy bueno
Publicado por: a Noviembre 27, 2007 03:33 PM
