El último texto de la unidad dos, que sirve también como puente a la tercera unidad, es el texto de Harry Nunberg Adiós a la era de la información, texto incluido en una compilación titulada El futuro del libro, publicada por la editorial Paidós en 1998.
Con este texto pretendemos salir, esforzadamente, del análisis de la lectura-escritura-televisión como prácticas cuyas particularidades se asocian a soportes tecnológicos particulares, y comenzamos a introducirnos en el modo en que se dan estas prácticas en relación con la información almacenada digitalmente y accedida mediante redes de información, como la internet.
Si seguimos a la Escuela de Toronto, especialmente a las hipótesis de Derrick de Kerkhove, el cambio fundamental que se da en el desplazamiento de los medios masivos a los medios digitales es la posibilidad de que el usuario recupera cierta autonomía perdida frente a la pantalla televisiva. Esta recuperación permite que las actividades cognitivas, y principalmente las asociadas al procesamiento de información se ejerzan de modo compartido entre el hombre y la máquina. Les dejo una pregunta para pensar ¿en qué prácticas o situaciones concretas basadas en la interacción entre el usuario y la máquina puede apreciarse el procesamiento de información compartido entre usuario y máquina?.
Pasemos ahora a ver algunos puntos del texto de Nunberg. Si bien nunberg es un teórico literario que no pertenece a la escuela de Toronto, tampoco sus supuestos se contradicen con los de este grupo.
Si esta explicación les resulta un poco larga, es porque forma parte de uno de los teóricos ya estables de la cursada regular de datos. Aquí va...
Previamente a discutir algunos de los conceptos que Nunberg vuelca en su artículo, sería importante para nosotros discutir algunas definiciones previas, como el concepto de "hipertexto", que resulta fundamental para poder entender esta relación particular de interacción entre hombre y máquina construida en esta "era de la información".
Hipertexto: tecnología y metáfora
El hipertexto presenta por un lado una dimensión tecnológica, que del mismo modo que el libro considerado como tecnología, presenta lógicas de organización y rasgos constitutivos propios, y por el otro lado presenta una dimensión metafórica que expresa un modelo de comunicación, de pensamiento y de lectura que abarca el trabajo colectivo y distribuido entre conjuntos de máquinas y de humanos, con el objeto de aumentar el funcionamiento de los grupos. El carácter de tecnología intelectual del hipertexto estaría en que además reorganiza una visión del mundo, modificando los sistemas en que los hombres se comunican y toman decisiones.
Cuando nos preguntamos por el hipertexto en su dimensión tecnológica, parece que miramos hacia nuestros costados y preguntamos ¿Alguien vio un hipertexto alguna vez? ¿Lo tocó, lo recorrió, lo comenzó y terminó?
Parece difícil encontrar una respuesta afirmativa a estas preguntas, pero sin embargo, la World Wide Web, el hipertexto más grande que conocemos, está allí y goza de buena salud. En general, parece haber un cierto conocimientote sentido común acerca de que un hipertexto es un conjunto de documentos o lexias unidos por enlaces o links.
Paradójicamente, ya no nos parece interesante pensar que el hipertexto va a reemplazar libros y nos parece aventurado señalar como lo hacíamos hace varios años, que el hipertexto provocará cambios en nuestra manera de pensar y de consumir textos (sobre todo hace años se pensaba que se iban a producir muchísimas ficciones hipertextuales e hipermediales, y sin embargo el rubro está estancado en un par de editoriales y de autores, los mismos desde principios de los noventa), y se escribió más teoría sobre el hipertextos que los hipertextos que existen en el mundo. El hipertexto se ha vuelto en cierto sentido transparente, del mismo modo que en algún momento, el libro se había vuelto transparente, y al recupera su opacidad, su interés de ser estudiado como objeto tecnológico, a la luz de las nuevas tecnologías digitales. Es decir, el libro es reconocido como un objeto que produce relaciones culturales a partir de que se lo contrapone a las tecnologías digitales.
Considerando la dimensión tecnológica del hipertexto, la digitalidad es su materialidad por excelencia. Si bien no es su única materialidad: ya encontramos en los cuentos de Borges, en las novelas de Cortazar, en las teorías de Foucault, en libros religiosos, en películas con estructuras que apuntan al quiebre de la narrativa lineal, rasgos hipertextuales. Cuando el hipertexto “sale de la pantalla de la computadora” para tomar forma en otros soportes, adquiere una dimensión metafórica. Se transforma en un concepto útil para dar cuenta de la estética y la cultura de nuestro tiempo: los acontecimientos no se desenvuelven linealmente, las posibilidades narrativas son múltiples, las narrativas se desarrollan como procesos interactivos entre autor y lector. Todos estos conceptos provienen de la dimensión tecnológica del hipertexto, pero no se encuentran solamente en la Web. A veces se encuentran en otros soportes, y no necesariamente están presentes en el diseño de una página Web. Pensar en el hipertexto como una tecnología creada en la computadora pero que se disemina en la cultura más allá de ella es una idea interesante para pensar algunas producciones culturales contemporáneas.
El estatuto del “autor” y el “lector” de información digital
Volviendo entonces a nuestro conjunto de textos que abordan el hipertexto, existen figuras allí propuestas que se han tornado “viejas”: promesas incumplidas, podríamos pensar. Que el hipertexto proclamaría la tan anunciada “muerte del autor”, que las palabras irían acompañadas por imágenes y sonidos de aquí a la eternidad, que leeríamos textos descentrados que podríamos modificar y anotar al infinito. Se nos dijo que gracias a la digitalización de la información y su reproducción a costo cero el texto digital podría ser infinitamente duplicado y circulado, ser editado y ser unido a otros textos, que se podría indeterminar su contexto respecto al sistema textual que lo rodea, y que el texto podría autonomizarse del autor original, que una vez que lo ha enlazado a otros textos, no puede controlar ni su constitución ni su contexto originales.
Pero nadie nos avisó que la lectura en pantalla es sumamente ardua, que nadie lee en pantalla más de dos o tres páginas, y que luego de eso opta por imprimir el documento, (esto si tiene medios para poder gastar tinta y papel en cada artículo en línea que se le ocurre leer), ni que se podría restringir la duplicación y la circulación de copias mediante códigos de encriptación de software, como sucede con ciertas tecnologías de libros electrónicos, y que con estos controles se podría disolver el derecho de propiedad o posesión sobre un objeto textual inherente al libro como objeto físico, restringiendo la duplicación y la circulación de copias mediante códigos de encriptación de software, y disolviendo el derecho de propiedad o posesión sobre un objeto textual inherente al libro como objeto físico. Esta separación entre el artefacto textual y la práctica de la lectura podría condenarnos a comprar lecturas y no libros, a privarnos del placer de prestar un libro o de leerlo indefinidamente.
Para colmo, en los últimos años, las grandes editoriales han contrarestado la virtual desaparición del autor con una lógica de mercado que no vende textos sino a la figura del autor. Para ser un autor no hace falta solamente escribir, sino comportarse como autor: construir una figura, que también es un texto, que sostenga a la autoría. Para ser un autor hay que hacer de la enfermedad un glamour (el chileno Bolaño), ganar un premio controvertido (el local Andahazi y hasta Piglia con su polémica sobre Plata Quemada), publicar anecdotarios sobre la personalidad controvertida del autor (en medio de la reciente reedición de textos de Lamborghini), y provocar peleas entre editoriales por derechos de autor sustanciosos que han obligado a la mayoría de las editoriales locales a vender su empresa a grupos transnacionales.
Y encima de todo, lo más de lo más es ir a comer “cocina de autor” a restaurantes finos, mirar “cine de autor” en oposición al cine popular hollywoodense, y usar “ropa de autor” en protesta por las marcas globalizadas.
Que queden para la Web los- libros-en –línea –de- los -ilustres -desconocidos –de- siempre. Porque nadie nunca se hizo famoso por publicar nada en la Web. La fama se la ganó en todo caso, por tener lo mejor de ambos mundos.
Sin embargo, hoy en día la gente publica más que nunca en Internet. Uno de los errores que tuvo la original teoría hipertextual, la de los años noventa, fue considerar que del mismo modo que los libros los escribían los autores, que siempre eran muchos menos que los lectores, los hipertextos también los escribírían los autores. Esto no es casual: históricamente fueron los artistas quienes tomaron la delantera en la investigación de herramientas de expresión y de publicación: los maestros flamencos del Renacimiento han investigado sobre la naturaleza del color y de los pigmentos, los impresionistas sobre la naturaleza de la luz. Ambas tendencias han sido incorporadas a la fotografía profesional actual. Del mismo modo, si Madame Bovary es el paradigma del melodrama, la cultura popular ha retomado sus formas para todas las novelas y novelones habidos y por haber. Los géneros se han constituido siempre primero desde el arte, y es lógico que los teóricos y los observadores del tema pongan determinadas expectativas sobre “los artistas multimediales”, que por otro lado han hecho aportes valiosos sobre narrativas a partir de imágenes (el fotógrafo argentino Marcos Lopez es uno de mis favoritos).
Pero lo que los teóricos no previeron, es que diez años después de la publicación de sus profecías y expectativas, las nuevas formas discursivas, los formatos hipertextuales, y tal vez los géneros que todavía no se consolidan pero que estén por venir, están en manos de los usuarios/lectores, y no de los autores/productores. Usuarios/lectores que son ahora a su vez, autores/productores. Desde la teoría siempre se señaló que el hipertexto reduciría las distancias entre las figuras del autor y del lector. Pero esa reducción se basaba más que nada en la posibilidad de elección del lector respecto de un conjunto de enlaces o caminos de lectura, que contribuía al proceso de construcción de un texto, o con la posibilidad que por ahora no hemos visto, de escribir anotaciones al margen en los textos. Como ven, nada que pudiera provocar el desmoronamiento del autor, que en última instancia siempre tiene a su cargo las decisiones textuales importantes.
El hipertexto entonces, no se murió, está entre nosotros, pero no difundido por obra y gracia de nuevos autores vanguardistas, sino por obra de los lectores-usuarios productores, que a partir de la Web y merced a algunas herramientas de publicación instantánea (algunos nunca terminaremos de agradecer su existencia) fueron finalmente los herederos del hipertexto, a partir de los tan mentados weblog, wikis, foros de discusión, chat, juegos en red y comunidades virtuales. Nadie se hará famoso participando de la nueva cultura que forma comunidades a partir de la publicación instantánea y de las narrativas digitales, pero seguramente la vida de los participantes ha cambiado, y tal vez hasta haya mejorado ¿No será que el placer del texto se esté trasladando del lado de la lectura al lado de la escritura? Porque en la Web, parece que se da el contrario de la lógica impresa: nadie lee pero muchos escriben.
Por lo menos desde fines del siglo diecinueve, ya conformada definitivamente la cultura letrada, cuando asoma la relación entre autor, literatura y mercado, y cuando los escritores franceses como Baudelaire o Mallarmé, o Flaubert (siempre los nombro, creo que son mis favoritos no tanto por sus textos que son brillantes, sino por la construcción de sus propias entidades textuales como autores, que son mejores aún: el flaneur, el maldito, el artesano, en ese orden), el escribir se conforma como un trabajo, el autor es un trabajador, y los placeres estéticos del texto son únicamente para el lector. Así es que poco sabemos de la posibilidad estética del arte de escribir.
La naturaleza de la información digital
Lo que nos deja esta reflexión es que de la misma forma que el texto impreso presenta un concepto de autor (centrado en una figura, en una entidad, sea textual o de carne y hueso), en la red el concepto de “autor” cambia, y se vuelve más abstracta, más masiva, tal vez, puesto que no está encarnada en una estructura “pocos producen/muchos leen), sino que está encarnada en la figura “pueden producir todos los que pueden leer”, el estatuto mismo de la información se modifica, así como su contexto. Desde este cambio de lógica es que Nunberg observa el fenómeno de la información en la red. Para este autor, el sentido de todo texto se crea en su relación con el contexto. De esto se infiere que todo texto inmerso en un entorno hipertextual que funciona como su contexto, adquiere en su proceso de hipertextualización un sentido diferente al de su entidad como “texto aislado”.
El texto de Nunberg deja bien en claro que la idea de “información” que transmite el hipertexto no es exactamente la idea de “mantenerse al tanto o estar en conocimiento de determinados hechos”, sino a una idea mucho más abstracta, a una substancia, de la cual el mundo está hecho, y que excede en mucho a las “redes de información”. Hay información tanto dentro de los alimentos que comemos, desde la manipulación genética esto se constata con mucha más fuerza, como dentro de un diskette que tiene n cantidad de bytes, como dentro de la estructura de nuestro propio ADN. Sin embargo, en los dos casos, la información no puede ser definida como “información sobre acontecimientos”, sino más bien como “materia manipulable”.
Podríamos decir que ésa es la materialidad de la información tanto de la Web como del hipertexto. Una información que no es la suma de “representaciones sobre acontecimientos”, sino una sustancia cuantificable y transmisible, uniforme y divisible. La información tiene también un carácter público. La información también tiene además de propiedades materiales, propiedades semánticas, las propiedades semánticas reflejan las instituciones y prácticas que rodean a la materialidad de la información. En cambio, la materialidad de la información siempre se inscribe en un soporte, en un documento. La tesis de Nunberg es que si bien la Web como soporte es afín a las propiedades “materiales” de la información: es modular, se puede reorganizar, se interconecta formando una sustancia sin blancos o interrupciones, se puede reformatear sin alterar su contenido.
Pero la información en la red, siempre según Nunberg, no está tan bien adaptada para discernir las propiedades “semánticas “de la información. Por ejemplo, ¿cómo determinar si una información, en el sentido particularista del término, es confiable? La confiabilidad es un atributo que hace a las prácticas que rodean a la información, y no a la información en sí misma.
¿Cómo se accede a las propiedades semánticas de la información?
Se accede relacionando su contenido con ciertas prácticas y sujetos que la rodean. Merced a esta relación, las propiedades semánticas del concepto de información funcionan, de distinta forma, tanto para los lectores escépticos de un diario como para los lectores confiados. Si para la primera, la información es poco confiable, es porque relacionan su contenido con un conjunto de valores y prácticas específicas. Para el segundo caso, sucede lo mismo...sólo que se los asocia con otras prácticas y otros valores!!!
La información en el entorno digital, así como favorece las propiedades materiales, tiende a borrar los límites materiales y sociales que exigen la lectura de información en un sentido restringido. De este modo, la categoría “autor” para los medios tradicionales se diluye en un entorno digital. Y lo mismo pasa con las categorías de “lector”. En este sentido, el entorno hipertextual de la Web reformula en varios sentidos las nociones de “autor” y “lector”.
Un hipertexto también lo hace: un hipertexto modela un posible lector. Pero lo hace de modo distinto a un texto. Lo hace brindándole diferentes caminos, posibilidades, de lectura. No hace falta empezar por el principio ni terminar por el final. Entonces, si cada camino me ofrece una lectura diferente, seguramente cada texto que lea en esa diferencia de caminos será también diferente. Cuando nos enfrentamos a un hipertexto que tiene en cuenta lecturas diferentes, nos encontramos con un concepto “móvil” de producto textual: lo que leemos siempre cambia, no es nunca lo mismo. Y a la vez, entonces, como lo que transforma al producto es nuestra propia lectura, lo que hacemos es colaborar en la producción de nuestro producto textual, y nos convertimos un poco nosotros mismos, los lectores, en autores: de este modo, comienza a desvanecerse la relación lector/autor en una relación de colaboración donde el lector toma una posición activa: a esto llamamos interacción.
Dicen los teóricos del hipertexto que si en los medios impresos la responsabilidad de la autoría del texto cae sobre el autor, en un sistema hipertextual la responsabilidad es compartida: el lector tiene un gran “trabajo” por hacer. Y esto hay que tenerlo en cuenta en la instancia de diseño: no complicar la actividad del lector, facilitarla, promoverla, esa es la tarea de un diseñador de hipertexto.
Siendo entonces que el diseño del hipertexto se materializa en una escritura y en un entorno digitales, si agregamos a este entorno la característica de multimedial, entonces entramos en la transformación de la figura del autor. Si traslado mi idea de hipertexto al entorno digital, por ejemplo a la Web o a un CD Rom , inmediatamente surge la posibilidad de considerar que mis bloques de texto no sean sólo texto escrito: podría considerar imágenes, sonido, eventualmente animaciones. Es dudoso que una sola persona pueda saber cómo construir sentido en un entorno hipertextual ofreciendo diferentes estrategias de lectura a partir de la manipulación de una multitud de lenguajes digitalizados, y aparte tener un contenido imaginativo y original para poner en ese formato. Aún así se encontraría con muchas dificultades, técnicas, de manejo de tiempo, de soledad en la toma de decisiones. La figura del autor se abre entonces en la de un equipo de autores que trabaja en conjunto manejando un conjunto de saberes diferentes que se interpenetran unos con otros. A esta figura de autor en colaboración, tenemos que agregar la del lector que transformará nuestro producto en algo diferente al original.
Pero este modo de autoría colectiva de un hipertexto, concierne a una industria que, a nivel mundial, encuentra muchas dificultades para sostenerse, aunque no deja de ser atractiva su propuesta, y es la industria de los contenidos producidos esencialmente para el soporte digital, sea en un CD-ROM o en una plataforma Web. Que la industria del contenido Web no haya encontrado aún su “nicho de mercado” puede ser causa de que la publicación en Internet, y finalmente la construcción de hipertextos se encuentren por ahora, en manos de los mismos usuarios de la Web, antes que en manos de una “autor” considerado en el sentido tradicional, sostenido por una industria y consumido por un mercado. La lógica del hipertexto parece situarse, por lo menos por el momento en los márgenes de la lógica capitalista. En otras palabras, por el momento es un fenómeno interesante, pero todavía no es rentable, a pesar de las cuantiosas inversiones que se plantean en torno de fenómenos culturales altamente promisiorios, al menos para la economía global, como la televisión interactiva, la convergencia de medios, el aprendizaje a distancia, etc.
La alteración de los conceptos de autor y lector modifica a la vez las propiedades y los valores encarnados en el acto de “publicar”. La proporción de lectores a escritores había permanecido relativamente constante a lo largo de los siglos. Entonces, cada generación de lectores tiene cada vez más cantidad de documentos con los que lidiar. Sin embargo parece que este crecimiento no ha sido tan duro para el lector, porque ha sido sucesivamente acompañada por una especialización discursiva que limita a los lectores a un campo de acción relativamente reducido.
Sin embargo, el texto electrónico rompe con esta continuidad, aumentando exponencialmente la cantidad de autores en relación a lectores, y por supuesto, la sobrecarga de información, que se incrementa a merced de la facilidad de acceso, en vez de alivianarla.
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Por otro lado, Nunberg plantea que al no haber casi barreras para la publicación de información, y de este modo se rebaja la “autonomía “de los documentos. La pérdida de determinados “filtros” hace que toda información no sea válida de un modo autónomo, sino que siempre haya que contrastarla contra otra práctica, o discurso o saber. Y éstos no están en la red, sino fuera de ella: a menudo leemos textos en la red que debemos juzgar no por su propia fiabilidad, sino por nuestra propia experiencia. De este modo, la lectura informacional de la red se torna cada vez más compleja, en lugar de simplificarse por la posibilidad de acceder a más información.
Pero una de las cuestiones más importantes que surgen de las rupturas de las categorías tradicionales es el surgimiento de nuevos géneros discursivos. Podemos ver que la Web, por ejemplo, surgen otras formas discursivas que no se construyen en la ausencia de linealidad o ejes, que tienen una estructura jerárquica arriba/abajo, que ponen más responsabilidades en los hombros del autor que en los del lector: los weblog, por ejemplo. Que se constituyen más en el polo del primero que del segundo. Los weblog se rinden ante la linealidad: su organización es netamente temporal, se presentan como una bitácora. Un registro de acontecimientos dentro de una cronología dada.
¿Qué hay de placentero en el acto de escribir?
Esa podría ser una pregunta interesante en una época donde en el mundo virtual, de seguro son más los que escriben en línea que los que leen en línea. O por lo menos, van parejos. Escribir no es solamente un trabajo, es también extenderse en posibilidades expresivas. Escribir es sin más, comunicar ideas o pensamientos a partir de un código que deja marcas en el espacio. Como la construcción de nuestra subjetividad tiene una relación muy fuerte con los lenguajes que usamos para comunicarnos, ya que la construimos a partir de las marcas lingüísticas que imprimimos en nuestros discursos, escritura y subjetividad van de la mano. También existe una relación intensa entre subjetividad, comunicación y cognición. Si comunicarnos construye nuestra identidad, y comunicarnos consiste en tomar partido, disentir, argumentar, debatir, afirmar, diferenciar, y otros actos que normalmente realizamos mediante el lenguaje, entonces estos actos tienen directa influencia en la construcción de nuestros modos de pensar. De ahí que las técnicas, los lenguajes, o lo que es lo mismo, las tecnologías que usamos para expresar nuestras ideas contribuyan a modelar nuestros modos de pensar. Siempre hemos escrito: poesías en la agenda, diarios íntimos, dibujos en la servilleta, algún taller literario por aquí, alguna revistilla por allí. Ahora es lo mismo, pero gracias a la digitalización de información, a las herramientas de publicación instantánea, y a los amables web hosting que a cambio de la eterna publicidad del casino on-line , tenemos un weblog, o le contamos cómo es nuestra vida o cómo nos gustaría que fuera, a un desconocido que también tiene un weblog, o nos cuenta sus deseos. Lo que antes era privado, ahora puede ser público: posibilidades de la técnica que ya se habían inaugurado con la televisión y que se amplifican y extienden a cada uno de nosotros con las nuevas tecnologías digitales.
Publicado por Gaby el Febrero 23, 2004 01:33 PM | TrackBack

