Leer y escribir son herramientas que consideramos básicas en nuestras vidas. Pero no tomamos conciencia de que son actos artificiales de nuestra existencia. Las creemos innatas, cuando en verdad somos formados en una escuela, donde se nos dan todas las reglas necesarias para codificar y decodificar nuestro pensamiento
Acerca de este tema, Walter Ong, en su libro "Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra" habla de los seres humanos escolarizados y expone que "son seres cuyos procesos de pensamiento no se originan en poderes meramente naturales, sino en estos poderes según sean estructurados, directa o indirectamente, por la tecnología de la escritura. Sin la escritura, el pensamiento escolarizado no pensaría ni podría pensar como lo hace, no sólo cuando articula sus pensamientos de manera oral. Más que cualquier otra invención particular, la escritura ha transformado la conciencia humana". Desde niños nos enseñan todas y cada una de las letras de nuestro alfabeto, mediante juegos y trabajos que nos fijan formas y códigos en nuestra mente. Así somos tecnologizados desde pequeños, pasando a formar parte de un sistema, en gran medida, universal.
David Olson, en su libro "El mundo sobre el papel", nos introduce en esta cuestión de la mente, de manera histórica, y su relación con la lectura y la escritura al decirnos que "los griegos homéricos experimentaban o representaban el habla, el pensamiento, el sentimiento y la acción como originados fuera del yo, típicamente en el habla de los dioses; ellos no ´decidían´ actuar: ´tenían que´ hacerlo. Para los griegos clásicos, el habla y la acción se originaban en la mente y se encontraban bajo el control del yo. Esta nueva concepción permitió un control y responsabilidad crecientes, es decir el surgimiento de la autoconciencia. El camino hacia esta autoconciencia es la escritura. Esta proporcionó un modelo propio para el habla".
Desde que conocimos la escritura no paramos de producir conocimiento. Nuestra mente se pudo soltar de las amarras de la memoria, logrando que nuestros conocimientos y saberes, queden fijos en un papel (o en algún otro soporte) y pudiéndolos volver a consultar cuantas veces lo deseemos. Somos autoconscientes a partir de que pudimos ver nuestros pensamientos en el espejo de la fibra o extractos de la madera. También tomamos autoconciencia a partir del momento en que las piedras guardaban un momento histórico, aquel tal vez, en el que pasamos por este sitio, anotamos algo y hoy volvimos a pasar.
Privatizar nuestra mente fue (es y sigue siendo) un proceso complejo. Saber qué somos también. Varios soportes fueron guardando etapas de nuestra existencia, de nuestros conocimientos: empezando por la piedra, el papiro, el papel y la pantalla. En cada escalón de estos soportes nuestra capacidad de almacenaje se fue expandiendo hasta llegar el grado máximo que conocemos hoy, como es la pantalla, obviamente como constitutiva de un todo: la computadora personal.
"La subjetividad abre la puerta a la introspección", dice Olson. Conocernos fue uno de los misterios que motorizó a la humanidad. Saber quienes somos, qué hacemos y cómo lo hacemos, fueron en parte, los desafíos de la ciencia moderna. Somos seres cada vez más subjetivos en nuestro desarrollo humano y más objetivos en nuestro desarrollo técnico.
¿Seremos mentes subjetivas por siempre? ¿Qué factores nos influirán y nos reconfigurarán como m(entes) pensantes? ¿Somos invulnerables a los cambios sustanciales que produce la escritura? ¿Hay algún otro estadío más poderoso que el de la tecnología de la escritura? Leer y escribir no es un derecho que lo obtenga la mayoría de los seres humanos que habitan el planeta tierra. En muchos países (incluso el nuestro), leer y escribir, no es algo ni artificial ni natural y donde la lucha por alcanzarlos se hace eterna e inalcanzable muchas de las veces.
Dependerá de nuestras mentes. De lo que escribamos y de lo que leamos.
Autor: Diego Vázquez Comisarenco

