La escritura cristaliza la fugacidad de la oralidad. Apenas aparecida la escritura las únicas personas que podían acceder a los libros eran sacerdotes o gente de la elite.
La invención de la imprenta permitió un gran proceso democratizador en las sociedades de ese tiempo. La masificación del libro permitió el acceso a los saberes de mayorías y creó un nuevo mundo y formas de pensar al sujeto, pero sobre todo, creó formas de pensar. La TV, y esto significa la vuelta a la oralidad, pretende ser democratizadora pero en realidad no hace más que ocultar las realidades a espectadores pasivos que no ven en ella más que un entretenimiento y un lugar de identificación con falsos ídolos.
Incluso la TV lleva a una cultura de la desalfabetización.
La escritura representa al mundo, construye un modelo, permite pensar al sujeto. En las culturas orales el lenguaje controlaba a las personas. En las culturas escritas son las personas las que controlan el lenguaje. La escritura “inicia el devenir y evolución de las múltiples realidades, concepciones e interpretaciones y en definitiva los códigos ordenadores y las reflexiones sobre un orden, su experiencia y construcción”. La escritura, en palabras de Ong, cristaliza la fugacidad de la oralidad.
Antes de la invención de la imprenta, la lectura y escritura era una práctica reservada solo para unos pocos sirviendo como ayuda a la memoria. La imprenta permitió la mecanización de la escritura generando grandes cambios. Al multiplicarse la impresión de libros, la individualidad de los sujetos tomó protagonismo dejando de lado la tradición oral donde muchos escuchaban a unos pocos. La lectura pasó a ser silenciosa lo que, según Mc Luhan, le permitió a los individuos abarcar en pocas semanas autores y temas que en forma de manuscrito le hubieran demorado toda una vida. La imprenta dió lugar a una mayor alfabetización pues las clases populares accedían a los saberes. Desapareció el lugar que ocupaba aquella persona poseedora del saber que leía para una audiencia incapaz de acceder a los libros y se creó una nueva dicotomía de autor y lector.
Ahora bien, con la aparición de la Televisión se volvieron a crear, aunque en distinta medida, esa diferenciación entre “poseedor de saberes”/ “audiencia” del pasado. Digo en distinta medida, porque esta nueva audiencia está sujeta a lo que Ong llama oralidad secundaria refiriendo a la actual cultura de alta tecnología, en la cual se mantiene una nueva oralidad mediante el teléfono, la radio, la televisión y otros aparatos electrónicos que para su existencia y funcionamiento dependen de la escritura y la impresión.
Mientras que la imprenta fomentó la alfabetización y que la gente pueda pensar por sí misma; la aparición de la TV implicó una regresión, a mi entender, en este aspecto. Así como la escritura permite pensar el mundo y da lugar a la crítica por tener un soporte material que permite la revisión, la TV – más ahora con los efectos globalizadores- se presenta como un entretenimiento signado por la rapidez de las imágenes y no como un lugar que permita construir sujetos, visiones, críticas; en definitiva como lugar de conocimiento. La TV disfraza la realidad, le muestra a los espectadores falsos ídolos de Hollywood los cuales lo consumen en forma instantánea. La TV no requiere de ninguna capacidad especial para entenderla. Solo hay que sentarse, prenderla y una vez terminado el programa apagarla y se acabó. Si el programa no los entretiene cambian de canal. El libro requiere el saber leer y poder comprender lo que se lee. Lo que lleva a poder mirar críticamente. El libro permite “interactuar”, hago anotaciones, leo y releeo, voy a otros libros. Puedo tener ambos en la mano. Me permite contrastar. En la TV es imposible ver en simultáneo dos programas.
Lo que lleva a esta “audiencia” a dejar el libro de lado para sentarse frente a la pantalla pasivamente, y concuerdo con Simone, es el simple hecho de que la lectura requiere un esfuerzo de comprensión, requiere aprendizaje y ésto es más tedioso que sentarse solo a escuchar y ver. Simone lo dice así “el esfuerzo de leer no puede competir con la facilidad de mirar”. Esto es peligroso pues lleva a un proceso de desalfabetización. Como dice Barbero: “con el argumento de que para ver televisión no se necesita aprender, la escuela – que lo que enseña es a leer- no tendría aquí nada que hacer. Ninguna posibilidad, ni necesidad, de formar una mirada crítica que distinga entre la información independiente y la sumisa al poder económico o político”.
En la actualidad, con la TV, el ojo que agilizó la escritura es más rápido que nunca pero el cerebro que la lectura iluminó, se apagó.
MARCELO GARONE

