Como sabemos, la lengua hablada es la primera tecnología del conocimiento, antecesora de la escritura y, por supuesto, de la informática.
A la escritura la podemos relacionar con procesos de alfabetización, fundamentales para desarrollarnos en nuestra sociedad como personas; pero también, con procesos de exclusión, ya que desde siempre, en nuestro país y en otros, es complicado acceder a aprendizajes (como ser la posibilidad de ir a la escuela) para adquirir, aunque más no sea, los mínimos conocimientos.
La aparición de la imprenta brindó una ayuda incomparable, pues con ella, el ojo se aceleró, ya que con la práctica (algo así como un “entrenamiento de lecturas”) los sujetos logran conformar procesos de cognición, pero, continuamente, la voz se acalló, debido a que los individuos ya no precisaron memorizar todo aquello que deseaban aprender, solo se precisó un libro en el cual se encuentre todo plasmado, en donde no cabría la posibilidad de que desaparezca. Sin embargo, hoy en día esto es muy paradójico, ya que aunque hayan pasado muchos años desde el surgimiento de la imprenta, todavía existen en todo el mundo millones de personas que no están alfabetizadas y por ende no pueden darle la gran utilidad que ella significa para quienes estamos acostumbrados a “vivir” con ella en el día a día.
La escritura está fija, por lo que se puede volver a ella cuantas veces se desee o sea necesario. Esto genera algo muy importante, que es el hecho de poder desarrollar un pensamiento propio, ni más ni menas que una subjetividad.
Vanesa Mangione

