De José Pablo Feinman hemos hablado mas que bien en numerosa oportunidades. En una ocasión le dedicamos una larga editorial -que figura al pie de esta nota- y muchas veces nos ayudo a pensar esa difícil integración entre lo local y lo universal, entre lo filosófico y lo sociológico, entre lo natural y lo artificial.
Porque una de las palabras que mas encandilan a nuestro escritor amigo es la palabra dialéctica. Que acaba de usar, de una forma magistral, remitiendo a una cuestión aparentemente marginal, pero que mucho puede ayudarnos a impensar los males argentinos.
La dialéctica necesaria
De José Pablo Feinman hemos hablado mas que bien en numerosa oportunidades. En una ocasión le dedicamos un larga editorial -que figura al pie de esta nota- y muchas veces nos ayudo a pensar esa difícil integración entre lo local y lo universal, entre lo filosófico y lo sociológico, entre lo natural y lo artificial.
Porque una de las palabras que mas encandilan a nuestro escritor amigo es la palabra dialéctica. Que acaba de usar, de una forma magistral, remitiendo a una cuestión aparentemente marginal, pero que mucho puede ayudarnos a impensar los males argentinos.
La nota en cuestión salió el fin de semana pasado en Pagina/12 y se titulo Dialéctica del director y la orquesta
Remite a la reciente visita de Martha Argerich a la Argentina. Interprete sublime si los hay, que decidió no tocar mas como solista sino acompañada por intrumentistas de cámara o por una orquesta completa.
Vino en esta oportunidad acompañada por el extraordinario director de orquesta Charles Dutoit -su ex esposo- (en la foto a la izquierda) quien consiguió un milagro. A saber que la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires sonara como nunca en su vida.
Quienes estuvieron el privilegio de estar allí -entre ellos mi amiga Laura Serra- insisten en que ese día parecía que se hubieran equivocado de país, de Teatro, de repertorio, porque la orquesta sonaba como los dioses, haciendo un esfuerzo sobrehumano y contraponiéndose a toda las adversidades -que son el pan nuestro y suyo de cada día- parece que la orquesta, azuzada por la varita mágica de Dutoit hubiese decidido ser superhumana, es decir sonar como solo pueden hacerlo las orquesta que viven en tierras humanas, con sueldos humanos, con motivaciones humansa y con resultados (previsiblemente humanos).
Maravillado por el portento de escuchar los Cuadros de una Exposicion de Mussorsky como si estuviesen siendo tocados por al Orquesta Filarmonica de Viena, Feinman le escapa a la primera lectura fácil que insiste en que cada pueblo (orquesta) tiene el líder (director) que se merece. Porque por es camino llegaríamos fácilmente a darle la direccion del Banco Central y eventualmente de la misma Casa Rosada a los zapallitos que viven de y para el FMI o el Banco Mundial o a George (el tonto) Bush.
Burlándose de tamaño facilismo, Feinman insiste en una alternativa plausible (y deseable) a saber que "La orquesta necesita un director. Y cuanto más apto sea el director mejor va a sonar la orquesta. Pero no hay director sin orquesta. La orquesta le es tan sustancial al director como el director a la orquesta. A este mutuo condicionamiento llamo, pudorosamente, dialéctica".
Frente a la tonteria de la batuta ilustrada o totalitaria (la misma que imponen aquí siempre los politicos de pacotilla que tenemos) Feinman insiste en que hay otra lectura posible que seria la siguiente.
El director está al frente del organismo orquestal. El director sería: 1) El Estado; 2) La clase dirigente. Dirigen pero saben que lo hacen porque han sido elegidos para hacerlo y que, en caso de hacerlo mal, la orquesta los expulsa. ¿Cómo? Se va. Imaginemos la situación: un director dirige mal, la orquesta, harta de la situación, se levanta y se va del escenario. El director queda solo. No tiene a quién dirigir. En su soledad radican su impotencia y su derrota.
Eso le paso a De la Duda. Eso le debería haber pasado a Duhalde. Eso fue lo que el Chacho Alvarez no se animo a hacer (como confeso impúdicamente en sus desastrosa interpretación de su abandono de la vicepresidencia esas absurdas conversaciones con Joaquin Morales Sola, que han hecho mas para lastimarlo -intelectual y simbolicamente- que sus veleidades y malos pasos politicos en si).
Como lo queremos a Feinman transcribimos aquí una vieja editorial que nos parece complementar lo que escribió esta vez y nos une profundamente a sus análisis. Y nos ayuda muy mucho a pensar este impensable presente
Fue publicada originalmente como editorial nÜ 1378 del Interlink Headline News del domingo 8 de noviembre de 1998
La sangre derramada no sera negociada, escarbando en el lenguaje de los 70 para mejor vivir en los 90
Cruzando de una punta a la otra la ciudad de Córdoba en mi consabido tránsito de los martes, vi un afiche en donde aparecían Arturo Bonin y Manuel Calliau en la obra que escribiera Jose Pablo Feinman acerca del Che. Y me dije si no la había visto en Bi Ei bien podría hacerlo allí. Tal vez si en algún viaje futuro me quedo el suficiente tiempo.
Lo conocí a José Pablo en los movidos años de la insurrección erpista y montonera en 1974 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. La misma que visité hace mas de un mes después de haberme borrado de sus aulas hace mas de un cuarto de siglo.
Con el, con Alcira Argumedo, con Nora Rabotnikoff, con Ana Jaramillo fuimos docentes en esos años tan locos y tan intensos de la materia del Tríptico (algo asi como un CBC hiper-politizado) Teoría y método de las Ciencias Sociales.
En todos estos años lo he visto de lejos, a lo mejor alguna vez intercambiamos alguna palabra. Lo respeto y considero como a uno de los mejores ensayistas de nuestra generación, y acaba de editar en estos días un nuevo trabajo que seguramente traerá cola y olas.
Se trata de La Sangre Derramada (primera parte de un díptico combativo que terminaba... no será negociada) que no solo marca el predominio de los años setenta. En la historia argentina figura en el Plan de Moreno que algunos leíamos en aquella época tratando de justificar la necesidad de responder con la violencia de abajo a la violencia de arriba inscribiéndola en un decurso histórico y de largo aliento mas alla de la coyuntura.
No negociar la sangre dice Feinman era no traicionar a los caídos, respetar a los muertos. Negociar la sangre era traicionar el juramento y traicionar a quien dio la vida por el. Semejante traición reclamaba la vida del traidor y de allí vienen los juicios sumarísimos y revolucionariosdentro de la spropias organzaciones guerrileras que tanto cuesta entender hoy.
En su reciente ensayo Feinman tiene palabras muy elogiosas para Carlos Auyero que murió telegenicamente (a un costado de la pantalla por piedad del mitólogo Grondona que se animó por una vez a no convertir a la muerte en tiempo real en un ingrediente ineludible del Dios rating) discutiendo hasta la muerte con Eduardo Amadeo. Y rescata una de sus ultimas frases de ese programa cuando Auyero sostenía contra la izquierda retórica y revolucionaria- el valor de las luchas zonales y parciales diciendo que los que obstruian rutas no eran subversivos ya que no querían cambiar al sistema sino entrar en el.
Pero Feinman tuerce cuidadosa y acertadamente la expresión sosteniendo que para un sistema tan excluyente como el actual (algo parecido decía Viviana Forrester el año pasado) quien quiere entrar en el es mas subversivo que los que declamativamente sostienen que hay que cambiarlo. Porque el sistema existente es tan rígido que cualquier tensión o molestia puede traer dolores mayores y sinsabores mayusculos que deben ser celosamente eliminados.
En una partede su ensayo Feinman hace un parangón alternando similitudes y diferencias entre el subcomandte Marcos y el Che Guevara y da una magnifica definición de lo que son la derecha y la izquierda politicas -justo en este instante que según Negroponte la tecnología desmagnetizo para siempre las brújulas de la ideología.
Para nada insiste Feinman, segun el cual sigue habiendo izquierda y política (o como decimos nosotros seguira habiendo info-ricos e info-pobres) y la caracterización de cada arco del espectro es muy facil y sencilla de hacer.
El hombre de derechas acepta la desigualdad como un dato de la naturaleza; en cuanto tal no es transformable ni sería conveniente que lo fuera ya que la relación de cosas existentes expresa un equilibrio. Después de todo -insiste en su ultimo libro Vargas Llosa hijo echandole al mejor estilo hermanos Aleman en la Argentina la culpa al Estado por todo- siempre habrá pobres.
Para la izquierda el punto de partida es negar esa facticidad. Esto es así ahora y puede que lo haya sido casi siempre, pero podría ser distinto. Y ademas nos indigna la praxis de quienes viven a su costa y sostienen que esta facticidad es un dato de la naturaleza y no una regla cultural (con un componente de control económico obviamente).
Epa en que meandros nos metemos. Que recuperación de un lenguaje olvidado y perdido -para bien (perdido) dirían unos cuantos. ¿Y a que santo y seña traer a colación -como hace Feinman- al Che Guevara y al subcomandante Marcos en este momento de eclipse total de las protestas y de impotencia cada vez mayor del lenguaje y las ideologías?
Atenti Fioravanti que los corsi e ricorsi de la historia son interminables y que lo que hoy parece natural mañana puede llegar a convertirse en una extravagancia. Obviamente la aguachenta tercera vía supuestamente practicada por Tony Blair o Bill Clinton tienen mucho que ver con esta indignación frente al presente
Y tampoco la indignación puede mantenerse indefinidamente como meros manifiestos, manuales, catecismos o auto-complacencias pululando por los corredores universitarios, las librerías de viejo o las raídos mitines. Pero basta mirar muchas de la noticias, basta mirar un poco mas allá de la general Paz (por ejemplo en las afueras de Córdoba) para darnos cuenta de que la brújula y los vientos de la historia siguen tan orientados por las polaridades y por los extremos como antaño.
Es oportuno que Feinman vuelva a mostrarnos que en la insurrección que se produjo en los 70 en Argentina había algo mas que irracionalidad y culto vacuo de la violencia. Vale la pena a veces desempolvar una terminología y un lenguaje un tanto demodee si ello nos inmuniza un tanto frente al lenguaje aséptico y politicamente correcto de la tecnocracia actual.
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Publicado por: eman a Agosto 8, 2006 08:24 AM
