Palabras
Antes de casarnos, mi marido y yo prácticamente nos enamoramos de una niñita que conocimos durante un viaje a Hawai. Estábamos alojados en un complejo de viejas cabañas de plantación en la ladera occidental de Kauai, un lugar donde la vacuidad de los días adquiría vastas proporciones. Podías pasarte una cantidad de tiempo considerable contemplando las olas marrones e imaginándote Japón al otro lado, en alguna parte. Encontrar una hoja de palmera gigante constituía todo un acontecimiento. Era un lugar pequeño, con campos salpicados por casitas de madera que parecían enanas. En la cabaña de enfrente había una niña de unos cuatro años con sus padres. Por las mañanas salía saltando y bailoteando de su casa y nos saludaba mientras tomábamos el café en el porche. Tenía una larga melena castaña que le caía en rizos suaves sobre la espalda. Es probable que tuviera ropa, pero nosotros sólo la vimos en malla.
Tenía el don de ser la clase de niña que los adultos quieren: bailoteaba en el jardín, se colgaba flores de las orejas como si fueran aros y nos explicaba muy solemne que de mayor sería sirena. La llamábamos Duendecilla.
Una mañana Duendecilla no salió bailoteando de su casa como de costumbre. Bueno, quizá se hubiera marchado. Nos llevamos una pequeña decepción, pero así son las vacaciones, llenas de partidas inesperadas. Después de vaciar la cafetera pusimos rumbo a la playa. Al pasar frente a la casa de Duendecilla la vimos acostada sobre los escalones del porche. Con la cabeza colgando a un lado.
-Buenos días -saludó mi marido.
La niña se levantó rodando de las escaleras y nos miró con indiferencia. Dijo: -Váyanse.
Subió lenta y tristemente los escalones del porche y se ovilló. La postura del niño. Después de eso no nos pareció la misma.
Los adultos queremos que los niños encarnen la ligereza y la alegría porque así es como nos gustaría recordar nuestra infancia. Queremos creer que nuestra infancia fue perfecta. Cuando yo era niña, los adultos que me rodeaban querían que yo fuera una Duendecilla: jovial, abierta y feliz. Por encima de todo querían que fuera feliz.
Claire Dederer es periodista y practicante de yoga. La rueda. Mi vida en 23 posturas de yoga es su primer libro. Aquí, un fragmento.

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