Palabras
¿Por qué nos sentimos tan bien con los amigos? ¿Qué mantiene esa alegría compartida? Cuando estamos con ellos, queremos contarnos cosas y escuchar. ¿Qué hay allí? Complicidad y una mezcla encantadora de humor/sintonía. Hay cierta honestidad implícita, cierta lealtad que facilita la comunicación y la hace más fluida. Podríamos decir, siguiendo a Montaigne, que los verdaderos amigos son como una extensión de uno: “La propia alma en cuerpo ajeno”.
La pregunta que surge y que genera polémica es la siguiente: ¿podemos ser amigos de nuestra pareja? En contra de lo que sostienen algunos pensadores, yo creo que sí y no sólo lo creo sino que lo considero imprescindible. Con la “pareja amiga” no tienes que explicar el chiste, la risa llega antes de que termines de contarlo, el humor es tácito y compartido; no sólo haces el amor, también “haces la amistad”. El mito nos enseña que las personas opuestas se atraen, y no es verdad. Cuando hay más desencuentros que encuentros y te ves obligado a sustentar y defender tus puntos de vista como si estuvieras en un estrado judicial, estás en el lugar equivocado y la persona inapropiada. Hay incompatibilidades que no son fáciles de llevar y cuya presencia, muy posiblemente, afectará la amistad en la pareja. Por ejemplo, la ideología, los proyectos personales, la religión, las posiciones éticas, la actitud frente a la vida, y otras cuestiones vitales que reflejan visiones del mundo encontradas.
Si existe un acuerdo sobre lo fundamental, te indignarán las mismas cosas.
Habrá cierta paz en el ambiente.
Pero falta algo más: el ágape. La ternura es lo opuesto a la violencia, implica el cuidado amoroso de quien te necesita: la dulzura actúa como un sistema defensivo contra la agresión y el irrespeto. Hay ocasiones en que por carencia o por alguna fatalidad, tu pareja pasa a un primer plano y tu yo da un paso atrás. En esos momentos, la democracia se rompe, no por la fuerza de un amor impositivo, sino por el desequilibrio que genera la compasión frente al sufrimiento de la persona amada. Cuando amamos de verdad, preferimos sufrir nosotros que ver sufrir al ser amado; ocuparíamos su lugar gustosos si pudiéramos hacerlo.
Walter Riso es terapeuta y escritor. Acá, un fragmento de su libro Manual para no morir de amor.

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