Lo nuevo, lo viejo y lo eterno
Por Enrique Pinti
Los veteranos tenemos una costumbre un poquito odiosa para los jóvenes, es la de expresarles permanentemente que, sin ninguna de las facilidades y/o adelantos tecnológicos que ellos tienen, nosotros vivíamos, trabajábamos y resolvíamos todos los problemas que la vida puede plantear de manera más o menos satisfactoria. Y, si bien en algunos aspectos las cosas son así, también hay que convenir que muchas veces no podíamos llegar a buen puerto con la misma velocidad que ellos lo logran.
El hecho de que Shakespeare o Molière escribieron sus geniales obras con pluma de ganso y a la luz de una vela no quiere decir que haya que anular la luz eléctrica, la ya perimida máquina de escribir ni la computadora. Los genios como los arriba citados no lo fueron por escribir a mano.
Es claro que las escaleras son buenas para ejercitar las piernas, cosa que tengo bien presente cuando en viajes por Europa visito castillos de la Edad Media, y no dejo de preguntarme cómo hacía esa gente -que a los 30 o 40 años palmaba por reumas, gotas y demás bellezas- para usar esas tortuosas y altísimas escaleras, pero el hecho de que los antiguos las subían no tiene por qué negar las enormes ventajas del ascensor.
Colón llegó al nuevo continente en unas carabelas que eran como cáscaras de nuez, con las que desafió tormentas, oleajes, remolinos y huracanes y, dejando de lado el pequeño despiste de creer que América era las Indias, no se puede decir que haya fallado. Pero eso no significa que haya que reemplazar el avión por una carabela.
Muchas cosas que han logrado los antiguos habitantes de nuestro atribulado planeta Tierra son remarcables. Desde las pirámides de Egipto hasta los templos romanos, pasando por murallas chinas, deslumbrantes palacios paganos y monumentales iglesias, sinagogas y mezquitas. Han sido construidos a pulmón por esclavos que al ritmo del látigo y la amenaza de muerte edificaron esos monumentos de poder que aún hoy se consideran patrimonio de la humanidad. Todo bien. Pero aunque la esclavitud continúa, a veces disfrazada y otra descarnadamente materializada en fábricas y talleres llenos de inmigrantes ilegales explotados asquerosamente, no podemos negar que levantar edificios es un trabajo menos terrible que en aquellas épocas.
Antes no se hablaba de colesterol, ACV o Alzheimer; era simplemente se le espesó la sangre, tuvo un síncope o tenía la esclerosis. Pero eso no quiere decir que no existieran. Y aunque algunos veteranos tengamos la costumbre de decir había menos problemas, hoy la gente está muy loca, no podemos olvidar que la humanidad, sólo en el siglo XX, pasó por la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, Corea, Vietnam, Camboya, holocaustos varios, crisis económicas tremendas, campos de concentración, desórdenes sociales, cacería de brujas, Hungría, Checoslovaquia, Polonia y sus rebeliones, amenaza permanente de bombas atómicas durante la prologada Guerra Fría, revueltas políticas, Sudáfrica, Ruanda y dictaduras sangrientas en toda América latina. ¡Altro que ACV!
No tenemos los veteranos que caer en la tentación de ignorar todo eso aunque hayamos pasado por la vida sin ser salpicados por el horror y la sangre en forma directa.
Lo que sí podemos y debemos hacer es contar lo que nos pasó y cómo lo enfrentamos, a veces sin las posibilidades de hoy, que de ninguna manera hay que ignorar y menos aún negar. Pero si no están, no significa que haya que cruzarse de brazos a la usanza del tan argentino lo atamos con alambre. Ese aspecto tiene una cara negativa, que es el perpetuo remiendo y la ley del menor esfuerzo, y otra positiva, que es aguzar el ingenio y lograr que el alambre se transforme en creatividad. Y a veces, cuando la adversidad nos coloca en situaciones de carencia y apuro, poder hacer a mano y a pulmón algo que se haría más rápidamente con la maquinaria adecuada puede ser una confirmación positiva de que somos algo más que autómatas tecnológicos. Y no importa si no podés twittear tu logro, vos lo sabés y eso basta.
http://www.lanacion.com.ar/1389940-lo-nuevo-lo-viejo-y-lo-eterno

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