Soñar otro país no cuesta nada
Mori Ponsowy
Tengo un grupo de amigos soñadores. No soñadores adolescentes e ingenuos, sino adultos y experimentados. Entre ellos hay abogados, sociólogos, periodistas y hasta filósofos. Algunos son profesores universitarios, varios han publicado libros y casi todos escriben en los diarios. Lo inusual del grupo es que, en lo político, muchas veces tenemos posiciones enfrentadas: entre todos, podemos trazar un arco ideológico completo. Hay uno que fue revolucionario en los 70; hay un defensor apasionado del modelo actual, un detractor apasionado del mismo modelo, un ex colaborador de Alfonsín, dos a los que llamamos “la pata peronista”, un dirigente de la sociedad civil y tres que no pueden ser rotulados pues hacen de su libertad de pensamiento una bandera.
Desde hace un año nos juntamos cada dos meses a hablar sobre nuestro país y, aunque no coincidamos en nuestras apreciaciones, nunca hemos salido con el ánimo herido y sin ganas de volver. Quizá el hecho de que tomemos vino ayude al buen clima pero creo que, más que eso, lo que nos mantiene unidos es que estamos convencidos de la importancia de un diálogo amplio, que tome en cuenta a las minorías eventuales como herramienta para trazar los grandes lineamientos nacionales.
Como soñar no cuesta caro, hemos tenido un montón de ideas, escrito un puñado de documentos y descorchado un número interesante de vinos. Lo difícil es llevar las ideas a la práctica, encontrar tiempo, conseguir dinero para sustentarlas. Pero hace unas semanas que vengo preguntándome: ¿será tan complicado como parece? Los efectos recientes del uso político de las redes sociales me hacen pensar que una idea compartida por unos cuantos miles de personas y puesta a circular por Facebook, Twitter y YouTube puede convertirse en algo que contagie a los políticos de la audacia que se requiere para impulsarla.
¿Qué pasaría si un grupo de ciudadanos propone una ley o un mecanismo que requiera de los candidatos ciertos compromisos concretos en relación al modo en que se trazan las políticas nacionales? ¿Sería posible lograr un manifiesto con firmas ciudadanas solicitando a los candidatos que, después del proceso electoral, tracen políticas públicas a partir de debates amplios y consensos?
La mayoría de los políticos señala la ausencia de políticas de Estado duraderas como una de las causas de nuestras crisis recurrentes. Quizá de lo que se trata, entonces, es de consensuar políticas que perduren más allá de quien gobierne. Cuestiones como la desnutrición infantil, vivienda, salud, educación, la independencia de poderes y un mayor profesionalismo entre los funcionarios del Estado deberían formar parte de los pilares de nuestra sociedad.
La página de Facebook del Movimiento 15M tiene 412 mil fans. ¿Cuán popular podría ser entre nosotros una convocatoria que defendiera las formas institucionales que definen una república? ¿Habrá en la Argentina otros soñadores que consideren relevante un proceso de diálogo para estructurar consensos o será esto sólo el sueño de un puñado de amigos?
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