Bases
La humanidad ha transitado la historia provocando, sufriendo y superando crisis de toda índole. El poder, las religiones, las guerras declaradas y las ocultas y subterráneas, las catástrofes naturales, las pestes, el hambre, la ignorancia, el fanatismo -ya sea político, religioso o ambos aspectos trágicamente combinados- y oscurantismos varios han sido algunos de los muchos obstáculos contra los cuales debió luchar el ser humano en combates desiguales y sangrientos. Pero al cabo de siglos las sociedades llegaron a unos acuerdos más o menos viables que aseguraron ciertos derechos casi nunca cumplidos, pero, al menos, escritos por gobernantes que al estampar su firma al pie de esos documentos, dieron ciertas bases de respeto para todos. La revolución americana y la francesa sabiamente combinadas se atrevieron a poner sobre el tapete la decisión de cumplir con los objetivos de la libertad, la igualdad y la fraternidad y el derecho fundamental de poder reclamar, al poder de turno, ecuanimidad y justicia, fuera uno rico o pobre, negro o blanco, religioso o ateo, hombre o mujer, principios que en parte ya había planteado el cristianismo en sus orígenes, luego desmentidos y contrariados por las cazas de brujas y las inquisiciones de la Edad Media y aun de los supuestamente progresistas siglos XVI, XVII y XVIII. Los jóvenes países americanos fueron refundados como repúblicas independientes sobre esos derechos fundamentales, desde los Estados Unidos de América hasta la Argentina, pasando por toda Latinoamérica. Estos principios revolucionarios pasaron a ser conjuntos de leyes agrupados en documentos llamados Constituciones, que se convirtieron en las leyes supremas de aquellos estados. Habiendo pasado dos siglos, vemos cómo se han cumplido o avasallado esos derechos y esos pactos sociales que nacieron de la sana intención de lograr una mejor calidad de vida para los pueblos.
En el fragor de las luchas por el poder, la tiranía de la ambición de grupos privilegiados -no por títulos de nobleza, inexistentes gracias a la letra de las constituciones liberales, sino por empeño, fuerza, casualidades y causalidades que favorecieron a personas ubicadas en el lugar correcto en el momento preciso, por ejemplo, descubrimiento de petróleo y oro, guerras ajenas que permiten ingresos extras, venta de armas o repentinas especulaciones financieras favorecidas por crisis mundiales, ha creado nuevas aristocracias que abusan de su poder y crean condiciones de vida que se dan de patadas con los principios básicos de aquellas cartas magnas. Y no es un problema de izquierdas o derechas; los extremos se tocan, y tanto el capitalismo salvaje como el comunismo han incurrido e incurren en gravísimas violaciones de la más elemental libertad individual para acceder a mejores calidades de vida. Y ambos invocan a “los padres de la Patria” sin evaluar los cambios de contextos y condiciones a los que cualquier sociedad democrática sensata debe estar atenta.
Nuestra Constitución decreta que todo argentino debe tener trabajo, salario justo, vivienda digna, libertad de expresión, salud, educación y seguridad. O sea que nada de eso debe ser retaceado y cualquier gobierno que lo proporcione no debe esperar un agradecimiento servil y la glorificación eterna, pues es ni más ni menos que su obligación.
La Constitución de los Estados Unidos no incluyó jamás el terrible racismo que durante todo el siglo XIX y hasta muy avanzado el siglo XX se ejerció contra los negros y, sin embargo, existió -¡y cómo!-. Las Repúblicas Socialistas Soviéticas no estaban teóricamente autorizadas a mandar a Siberia a los disidentes, ¡pero lo hicieron!
Nuestra Constitución ordena la no injerencia en las acciones privadas de los ciudadanos y este veterano de setenta y un pirulos no vio cumplir jamás esta orden. O sea: todas las sociedades tienen muchos muertos en el placard y deberían volver a revisar aquellos principios básicos en lugar de hacer autobombo.
Por Enrique Pinti

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