Mirar un canal propio
Señor Sinay: sería interesante un comentario sobre las personas que deciden sacar la televisión de sus vidas. Miré televisión desde pequeño, pero a medida que pasaban los años vi cómo se iba degradando el contenido, hasta que un día, cansado de perder horas y horas haciendo zapping y viendo sólo basura, decidí quitarla de mi casa. Desde entonces duermo mejor, leo más, estoy mejor de salud, de ánimo, y soy muy feliz. Durante el Mundial fui a casa de amigos o conocidos para ver los partidos y de vez en cuando, cuando estoy en casa ajena, veo alguno que otro programa, pero casi no los soporto. Para ver películas voy al cine, así paseo, disfruto del contacto con la gente en la calle y no me quedo encerrado en casa. También aumentó mi vida social, porque no tengo apuro de volver a casa para ver algún programa en especial y no tengo que afrontar engendros mediáticos. Eso sí, en algunas reuniones sociales, al quedar totalmente fuera de las conversaciones sobre la farándula, cuando digo que no tengo televisor me miran raro… como si fuera un freak.
Martin Flores
En varios de sus trabajos, y especialmente en uno de los últimos, Vida de consumo, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman pone el acento en algunas peligrosas mutaciones que se han dado en estos tiempos “líquidos”, sin consistencia, de fugacidad y de valores fácilmente negociables. Producto de esas metamorfosis, las personas pasan a ser clientes, números de cuenta, puntos de rating o porcentajes de electorado en lugar de seres humanos considerados en primer lugar como tales. Y las sociedades, de un modo silencioso y sutil, dejan de ser un cuerpo articulado de ciudadanos para resultar, simplemente, una masa de consumidores.
Para mantener el funcionamiento de una sociedad de consumidores, la televisión es una herramienta fundamental (a la que se sumaron las tecnologías de información y comunicación, que, en realidad, sólo son de conexión, puesto que la comunicación humana real y esencial se construye con otros medios). Ella permite crear realidades ilusorias, maquillar y desvirtuar otras, implantar pertenencias (todos los que ven un programa sienten que “pertenecen” a un grupo que les dará un lugar en el mundo), fabricar identidades precarias (como la creencia de que quien no aparece en televisión no existe, lo cual lleva a muchas personas a buscar sus cinco segundos de existencia a cualquier precio) y, por fin, convencer de que para estar en el mundo es necesario consumir eso que la pantalla nos insta a “tener ya”.
Nada de esto se debe a atributos de la televisión en sí, puesto que ella es sólo un medio, una herramienta. Las herramientas no son morales o inmorales, perversas o benéficas. Todo depende del uso que se hace de ellas. Huelga hablar de las funciones informativas, culturales o educativas que la televisión puede cumplir. Si no lo hace, no es porque se trate de un fenómeno demoníaco, sino por una política mayoritariamente decidida por sus responsables, en primer lugar, y también por el aporte de los espectadores, que, asumidos como consumidores, aprueban aquellas políticas a través del encendido. El control remoto cuenta con dos poderosas teclas. Una permite apagar el televisor y otra, cambiar de canal. Usarlas o no es una elección.
Como herramienta disfuncional, ya no sólo se consumen productos a través de la televisión, sino también vidas e intimidades ajenas. Quienes las exhiben, como quienes las espían, acaso aceptan irreflexivamente, dice Bauman, su condición de “miembros de una sociedad de consumidores que actúan sin pensar en el propósito de sus vidas ni en los medios más adecuados para alcanzarlo”, sin distinguir lo relevante de lo irrelevante, como si aceptaran no tener memoria, ni construir proyectos ni reflexionar más allá de la fugacidad de la imagen.
Quizá la opción no pase por tener o no tener televisión en casa, así como el hecho de que la electricidad y el gas puedan ser peligrosos no nos lleva a privarnos de ellos, sino a usarlos con conciencia. La experiencia de nuestro amigo Martín muestra, sin embargo, todo lo que podría ganarse en vínculos, estados emocionales y manejo del tiempo con un uso consciente de la televisión. Podemos usar el tiempo para vivir una vida propia, para espiar vidas ajenas, para consumir lo que nos dicen que debemos consumir o para usar lo que de veras necesitamos. Cada quien elige su canal existencial y es responsable de la programación. ¿Qué pasaría, me pregunto, si fuera Martín quien observara como freaks a quienes no conciben una vida que no pase por la pantalla?
Por Sergio Sinay

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