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En el mismo bote

Señor Sinay: se nos hace costumbre ver muertes masivas a causa de desastres naturales. Desde mi creencia católica, busco el porqué de todo esto. Pienso que este desorden natural muestra la decepción de Dios frente al accionar humano. No sólo hablo de la falta de conciencia y respeto por el medio ambiente, sino también de los maltratos que el hombre genera hacia su misma especie. Veo estas señales como un alerta, un límite para que nos demos cuenta de que no nos va bien obrando con odio, violencia, egoísmo. Más allá de entender esto como consecuencias del impacto ambiental, ¿qué sentido o respuesta trascendental le encuentra a esta avalancha de fenómenos que cobran la vida millones de personas?
Isabel Llano

A lo largo de dos siglos, las compañías peleteras de Canadá vieron que sus ganancias y pérdidas se alternaban cíclicamente. En épocas de bancarrota quebraban las empresas pequeñas. Sus dueños no podían enviar a sus hijos a buenos colegios, mientras que los propietarios de las grandes compañías inscribían a los suyos en las mejores escuelas. Así, con cada ciclo económico negativo, la brecha social y educativa se ampliaba. Y todo se debía a las liebres de patas blancas. Cuando éstas escaseaban, los linces morían por falta de alimento y había menos pieles. Las liebres faltaban porque se alimentaban de una gramínea que, a su vez, estaba en extinción debido al recalentamiento atmosférico. Esto, que narra el antropólogo, paleontólogo y conservacionista keniata Richard Leakey en La sexta extinción, evolución de la vida y la humanidad, muestra que vivimos en un mundo sistémico e interconectado.

Sólo los seres humanos podemos tomar conciencia de ello, y somos también los únicos capaces de alterar intencionalmente esas relaciones sistémicas. Ninguna otra especie mata con intención, fabrica armas, planea asesinatos o se agrede a sí misma a través de sus conductas. También, siguiendo nuestro libre albedrío, transformamos el mundo en que vivimos. Somos creativos e innovadores. Nombramos a las cosas y con ello les damos existencia; nos transmitimos tradiciones, hábitos, creaciones artísticas. Reconocemos nuestros sentimientos y emociones, los convertimos en actos. Construimos viviendas, vehículos; curamos nuestras enfermedades. Nos damos nombres y cimentamos vínculos significativos con el semejante. Creamos conceptos como los de igualdad y justicia; podemos ser generosos. Y también manipuladores, psicópatas y predadores. Intereses egoístas hacen de un planeta que es propiedad común (y debería ser cuidado y respetado comunitariamente) un loteo, una propiedad privada a la que cada quien devasta como quiere o le conviene. Sobre todo los más fuertes.

En Autobiografía de un espantapájaros, el gran neurólogo, psiquiatra y psicoterapeuta Boris Cyrulnik, profundo investigador de la resiliencia (atributo de quienes trascienden tremendos traumas físicos o psíquicos), señala cómo hemos desarrollado una tecnología que a menudo olvida al semejante. “Las máquinas realizan proezas pasmosas mientras los niños pierden la capacidad de aprender los ritos de interacción que permiten ajustarse a otro, tranquilizador y, sin embargo, diferente”, escribe Cyrulnik. Y advierte que el narcisismo, el egoísmo alentado por la creencia de que se puede vivir en un mundo de puras certezas, a resguardo de todos, incluso del prójimo, del amor o de las preguntas acerca del sentido de las cosas, del sentido del universo que nos acoge y del sentido de la propia vida, nos empuja a pensar en el corto plazo, en la rentabilidad inmediata, en la satisfacción personal por sobre todas las cosas.

Seamos o no creyentes religiosos, como lo es nuestra amiga Isabel, lo cierto es que compartimos el mundo, que lo hemos recibido de quienes nos precedieron y que somos responsables de legarlo (si es posible, en mejores condiciones) a quienes nos sucedan. La noción de ser eslabones de una cadena infinita se pierde cuando cada uno se encapsula en sí mismo. Las catástrofes naturales existen, existieron y existirán por causas diversas. Estamos obligados a buscar sentido para poder vivir en un mundo que, sin él, parece insensato, insiste Cyrulnik. “Si no, sólo seríamos una masa vacía, careceríamos de vida psíquica.” Además del dolor y del horror que provocan, los desastres pueden recordarnos que tenemos esa respuesta pendiente, y que para formularla será inevitable nuestro encuentro con el otro, con su dolor, con su pedido cuando nos necesite, y también con su ayuda y con su amor cuando lo necesitemos.

Por Sergio Sinay

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1308337

En: ¿La Buena Vida? — septiembre 26, 2010

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