La letra y la sangre
r de un extremo al otro, ignorar que sólo el equilibrio entre las fuerzas de toda índole que surcan nuestras vidas, a veces con un frenesí imparable, es el único camino para tratar de conseguir una mínima armonía que nos permita asumir con algo de racionalidad nuestro tránsito vital, suele ser la fuente, el origen, de la mayoría de los males que aquejan a la humanidad desde hace siglos.
Uno de los aspectos más críticos que no sabemos afrontar con algo de cordura es la educación, tema fundamental para la orientación de las nuevas generaciones.
En primer lugar está la posibilidad de acceso a los niveles educativos, que debe ser irrestricto y común a todos los ciudadanos de cualquier país que se diga civilizado y democrático. La educación elemental tiene que ser obligatoria y gratuita en la práctica y no en la letra muerta de constituciones y estatutos archivados en estantes polvorientos. Los discursos políticos de todo signo se estrellan contra la incontrovertible realidad, que marca niveles de ignorancia abrumadoramente deprimentes, y no sólo en lo puramente técnico (no saber leer y escribir correctamente, sumar y restar), sino en las pautas de comportamientos sociales que ignoran códigos elementales de convivencia y respeto por el prójimo. Es tan, pero tan importante que las sociedades eduquen a los que llegan a este mundo que todo esfuerzo para lograr ese objetivo será poco. De eso depende el futuro. Nuestra sociedad está sufriendo el deterioro de valores que no pueden ser ignorados y que no dependen de la moda, el lógico cambio de pautas y costumbres o las crisis económicas de cada época. Por el contrario, deben mantenerse firmes para luchar con fuerza moral inquebrantable contra todo tipo de adversidad. Cada niño abandonado a su suerte, cada joven arrojado a la ciénaga de la falta de trabajo, son eslabones de una cadena de acontecimientos que hacen que el crimen y la violencia sean las canalizaciones equivocadas de una energía vital desperdiciada por el maltrato o, peor aún, por el destrato.
Y los que acceden a una educación, de la elemental a la universitaria, se enfrentan con métodos y esquemas de muy distinto tipo pero que, si no están debidamente aplicados, pueden estropear las mejores intenciones.
Durante años y años, la educación victoriana, como se llamó a las exigentes y abusivas escuelas británicas, norteamericanas, escandinavas y germanas, aplicaba la máxima según la cual “la letra con sangre entra”, y no excluía el castigo corporal, consistente en variantes más o menos pesadas de azotes, humillaciones verbales, reglazos en las palmas de las manos y demás tormentos. También participaban de esas prácticas colegios religiosos de muchos países. Fue tal el uso y abuso de estos métodos que, sobre la base de confesiones de alumnos abusados, se fueron derogando hasta su total desaparición en los años sesenta. Ahí se inició un proceso inverso, y los desmanes estudiantiles de finales de aquella década tumultuosa -el Mayo Francés y su “prohibido prohibir”; el post-Vietnam, con banderas norteamericanas quemadas por una parte de los veteranos rebeldes y destruidos- fueron marcando una espiral de violencia que llegó en los ochenta a estudiantes armados en las aulas, donde comenzaron a amenazar a los profesores. Mucho antes, en 1955, aquella inolvidable película que se llamó Semilla de maldad -y que, como dato importante, introdujo y popularizó a nivel mundial el rock and roll como fondo musical- simbolizó el comienzo de una nueva era.
Hoy, aquí, en Inglaterra, en EE.UU. y en muchos otros países asistimos al abuso de alumnos contra profesores y, como respuesta, al pedido de la vuelta a las sanciones y la severidad extrema. Algo hay que hacer, esto es claro. Ojalá que el péndulo no vaya de un abuso a otro, ojalá la cordura triunfe sobre la venganza y la sensata y equilibrada justicia prime sobre la violencia. Que los jóvenes sin escuela, sin trabajo, sin orientación vocacional, sin compensaciones afectivas, y los docentes sin estímulos, sin buenos salarios y sin respeto desde las esferas del poder no revivan aquello de “la letra con sangre entra”. No sería la mejor solución.
Por Enrique Pinti
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1262661&origen=NLRevis

Bienvenido a






Comentarios