Madre natura
Madre natura está enojada. Primero estuvo enferma y rogó por un poco de piedad, luego se quejó amargamente y ahora está enojada. Las catástrofes no son cosa de este siglo exclusivamente, ni del veinte ni del diecinueve. Datos históricos fidedignos hablan de terremotos, volcanes en erupción, incendios de grandes ciudades y de hectáreas y hectáreas de bosques desde épocas remotas. Es por eso que algunos hombres preclaros, estudiosos y responsables se han quemado las pestañas estudiando fenómenos, escudriñando en las profundidades de los mares, en las entrañas de la tierra, en la atmósfera y en la estratósfera para encontrar la raíz de esas manifestaciones naturales que tanta muerte y destrucción traen a la humanidad. Pero más allá de esas desgracias catastróficas están los malos comportamientos de una parte de la raza humana, ínfima en número, pero enormemente perjudicial por los nefastos resultados que sus conductas provocan. La ambición por ganancias rápidas, que no conoce límites, ha violado normas naturales y ha ignorado estudios y desvelos de hombres de ciencia, y también de lugareños que solo por el hecho de conocer su entorno y su hábitat desde que llegaron al mundo tenían opiniones autorizadas y empíricas muy fundamentadas. O sea, la ciencia y la experiencia de vida han sido y siguen siendo ignoradas por un progreso mal entendido que tala bosques, desvía cauces de ríos, infecta océanos con desechos industriales e ignora las más elementales normas de sanidad e higiene. Madre natura tiene motivos de sobra para encolerizarse y escupir violentamente parte del veneno que le inyectan día a día y durante muchos años gobernantes de vista gorda y seudoemprendedores que aman más sus bolsillos que el universo en el que viven, demostrando una ignorancia supina, ya que ellos mismos y sus hijos pueden sufrir las terribles consecuencias de un medio ambiente altamente contaminado. Muchas veces somos cómplices de estas depredaciones, por ignorancia o mala información; otras veces es la fatalidad y no la mala mano del hombre la culpable de estos lamentables sucesos.
Pero hay algo más patético, pequeño y despreciable, y es la negligencia de autoridades más preocupadas por su imagen externa, sus peinados, bigotes y “pilchas”, que gastan tiempo y dinero tomando clases de dicción y actuación, en lugar de tomar al toro por las astas y priorizar obras de prevención para fenómenos atmosféricos que no son tsunamis, terremotos, maremotos, lluvias radiactivas, guerras bacteriológicas, aludes gigantes de lodo ni explosiones tipo Chernobyl, sino lluvias torrenciales en urbes con redes cloacales instaladas hace un siglo, fuerzas de defensa civil fundadas hace mucho tiempo y cuerpos de bomberos valerosos y experimentados. Desde las inundaciones de 1981 y 1985, nuestros otrora residenciales barrios de Belgrano y Núñez se convirtieron en sucursales venecianas sin góndolas ni Piazza San Marco, numerosos puentes se convierten en trampas mortales para automóviles que deberían tener el equipamiento de James Bond para salir airosos del charco mortal. Y todo tipo de gobiernos, desde autoridades de la dictadura hasta pragmáticos ultraneoliberales, pasando por progresistas de izquierda, comienzan a todo vapor toda clase de obras: entubado de arroyos rebeldes, compra de material de última generación, máquinas traídas de Europa, etcétera, pero si llueve copiosamente nada funciona y, lo que es peor, la eterna burocracia demora lógicas y legales indemnizaciones para los vecinos que pierden sus casas, comercios, muebles y a veces la propia vida. No es sólo Buenos Aires; es Tartagal, es Santa Fe, y sigue la lista…
Nadie es perfecto y nadie busca la perfección ni es necio al punto de no admitir disculpas razonables, pero lo que indigna, mirando lo que pasa por ejemplo en Europa, por los rigores de un invierno cruel con temperaturas de diez a veinte grados bajo cero, carreteras cerradas, miles de vuelos cancelados, aludes de barro que sumergen pequeñas ciudades, o la pobre Haití, destruida hasta sus cimientos, lo que indigna y suena a excusa de lo inexcusable es que no aprovechemos la bondad divina que no nos somete a semejantes horrores y que una fuerte lluvia (que no es novedad ni mucho menos) cree caos y destrucción absolutamente evitables.
Por Enrique Pinti
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1245240&origen=NLRevis

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