El alma de una nación
Señor Sinay: ¿Hasta cuándo seremos protagonistas de todas aquellas revoluciones innecesarias que proclaman tantos caudillos empapados de poder? La historia ha demostrado que estas fracasaron sistemáticamente porque proponen un cambio desde afuera, desde lo macro, lo cual resulta una necedad hija del utopismo. Creo que sí necesitamos una rebelión, porque ella nace desde el individuo, desde cada uno; tiene su matriz en el pensamiento, único, irrepetible de cada uno. En esa diversidad de pensamientos amparados en el respeto construiremos una nación justa para todos. Alguna vez me dijeron que la palabra nación significaba “querer ser”. Seamos entonces.
Jonatan Calafat
En realidad, la palabra “nación” deriva del latín nasci, que significa “nacer”. Alude en primer término al lugar en que se nace y luego, a todos los nacidos en ese lugar. Así, todos los originarios de un lugar constituirían una nación. Pero ese simple dato no los convoca a un propósito común. “Seamos”, propone nuestro amigo Jonatan. ¿Pero seamos qué?
Si cada uno de los que nacieron en un mismo espacio tiene proyectos diferentes (o carece de ellos), si esos proyectos se agotan en la satisfacción de deseos personales o de un grupo de allegados, si el otro aparece en esos fines sólo como un medio (cuando aparece) o de lo contrario se convierte en un obstáculo al que hay que eliminar, estarán muy lejos de darle a la palabra “nación” un sentido trascendente. Se agotará en la mera descripción de un conglomerado humano casualmente nacido en el mismo lugar.
Nicolas Shumway, director del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Texas, en Estados Unidos, y autor de La invención de la Argentina, una lúcida exploración de nuestras dificultades para configurar un destino, insiste en la importancia que tienen, para las naciones, las ficciones orientadoras. Estas son, sostiene, creaciones tan artificiales como las ficciones literarias “pero necesarias para darles a los individuos un sentimiento de nación, comunidad, identidad colectiva y un destino común”. Son creencias, convicciones que los individuos reciben desde la cuna por el solo hecho de vivir en una nación. En esa leyenda, la nación se cuenta a sí misma lo que cree (o lo que se propone) ser. Lo que ofrecerá a sus hijos y al mundo, aquello por lo cual aspira a ser reconocida y a dejar una huella.
Cuando esa ficción está enraizada, todos los miembros de la nación actúan en consonancia, viven su “ficción orientadora” (su utopía compartida) como si fuera una realidad. Si dicen ser soberanos, actúan soberanamente. Si se declaran democráticos, actúan democráticamente. Si son una tierra de buena voluntad, de hermandad, de solidaridad, demuestran todo eso en sus acciones cotidianas y en sus relaciones interpersonales. Si creen en la ley, la respetan. Si sostienen que la honestidad es la base del buen gobierno, no son deshonestos cuando gobiernan ni admiten que los gobiernen deshonestos. Si se declaran tolerantes, aceptan la diversidad, se enriquecen de ella, honran al diferente como a sí mismos. Las ficciones orientadoras pueden ser proclamadas por un individuo, pero no pueden ser cumplidas por él solo. Para funcionar, deben convertirse en patrimonio común, en el para qué compartido por todos los miembros de una nación. Para qué convivimos. Qué cosas podrían hacer de nuestra convivencia en esta nación un motivo de crecimiento de cada uno y de todos, la razón de un compromiso, algo que dé oportunidad a cada uno de vivir una vida trascendente y otorgue a todos la certeza de haber formado parte de un emprendimiento que les dio razón de ser.
Todo esto requiere, distribuida en la población, una buena cuota de aquello que Víktor Frankl llamaba “voluntad de sentido”. Una masa crítica de seres que estén dispuestos a darle a su vida un sentido a partir de un dato inicial: el de estar junto a otros en el mismo lugar y en el mismo momento histórico. Charles Louis de Secondat, barón de Montesquieu (1689-1755), ensayista y filósofo, padre de la teoría de los tres poderes, decía al respecto que “el valor de una nación no es otro que el valor de los individuos que la componen”. ¿Es necesario, entonces, que una nación cambie la calidad de sus gobernantes para encontrar su destino? ¿O tal vez deba cambiar la calidad de la vivencia y la convivencia de sus habitantes para producir así mejores gobernantes? Las respuestas no están fuera de los límites del lugar en que nacimos, ni más allá de nuestra piel.
Por Sergio Sinay
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1242784&origen=NLRevis

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