De conductas ecológicas que no lo son tanto
En estos días, uno puede creer que está actuando para cuidar el medio ambiente, pero en realidad… está haciendo todo lo contrario. Cuidado. Porque aunque las bolsas llamadas ecológicas pueden reusarse, muchas tardan más de 500 años en biodegradarse. Y el algodón orgánico, que casi no se produce en la Argentina, llega en avión, transporte que genera grandes cantidades de gases responsables del cambio climático. No se salva ni el papel que se junta para ser reciclado, porque puede ser tratado con sustancias contaminantes o en procesos que consumen mucha energía. Y hasta las plantas que se compran para improvisar un hábitat más natural pueden atentar contra la biodiversidad si no son especies nativas de la región.
Para ser ambientalmente responsable, entonces, habrá que pensar de manera compleja. Hay en el mercado un sinfín de opciones para llevar una vida natural , pero el hecho básico de consumir impacta en el medio ambiente. Es que la elaboración de cualquier producto deja consecuencias muchas veces poco conocidas.
Reusable, reciclable y biodegradable son tres características que, combinadas, dan una buena idea de un producto amigable. Es lo que no pasa, por ejemplo, con el plástico, que se elabora a base de petróleo y demora más de 500 años en desaparecer. Por eso, algunos cuestionan la ecobolsa más utilizada en estos días, que se fabrica con este material. Para cargar las cosas de aquí para allá, la mejor opción sería usar una bolsa de algodón orgánico. Pero si tuviera que llegar en avión… no tanto.
Algodón orgánico
Los productos orgánicos respetan la biodiversidad y están libres de esos pesticidas y fertilizantes que contaminan el agua, el suelo, el aire y pueden afectar la salud. “En el nivel mundial, el cultivo de algodón requiere una tercera parte de todos los pesticidas que se usan en agricultura”, cuenta Jorge Casale, del Movimiento Argentino de Productores Orgánicos, y agrega que en el país sólo una cooperativa del Chaco produce y exporta esta fibra bajo estándares orgánicos.
¿Puede, entonces, considerarse ecológica la compra de una remera de este género importada de Turquía cuando el transporte es una de las fuentes principales de gases de efecto invernadero? Hay que tener en cuenta, sin embargo, que una carga que llega de Europa en barco puede implicar menos emisiones de dióxido de carbono que muchos viajes en avión, pero también se corre el riesgo de un derrame de combustible en el mar.
Mejor, desconfiar
En la conservación de los recursos naturales, el consumo de energía es un tema clave, principalmente porque se genera en fuentes no renovables y contaminantes como el petróleo. Y si bien los paneles solares se están poniendo lentamente de moda, es posible empezar a ahorrar simplemente desenchufando el cargador del celular cuando no se usa.
“Lo mejor para reducir las emisiones es la eficiencia energética. Eso también evitará obras de alto impacto en la naturaleza, como las centrales hidroeléctricas”, opina el ingeniero Carlos Tanides, de la Fundación Vida Silvestre, defensor de las ecoetiquetas, que, en el caso de la Argentina, permiten al consumidor elegir lámparas, heladeras y, desde ahora, equipos de aire acondicionado que ahorran energía.
Una vez que el producto cumple su vida útil, se impone el reciclado como alternativa. En el caso del papel, a pesar de tener muchas posibilidades de reciclado, aún no existe una demanda importante en el mercado local. Además, habría que saber qué químicos usa la papelera para blanquearlo (usualmente cloro) y cuánto cuesta energéticamente ese proceso. Más protagonismo y mejor control está teniendo el papel con sello FSC (certificado por el Forest Stewardship Council, en inglés), que proviene de bosques manejados con criterios ambientales y sociales, y que desde hace pocos meses se fabrica en el país.
Medir el impacto
En épocas de alta promoción de la responsabilidad social empresaria, la información sobre el desempeño ambiental de las compañías es escasa. “Las empresas argentinas por ahora muestran poco interés en determinar su huella de carbono; es decir, el impacto que sus negocios tienen en el cambio climático”, explica Federico Moyano, de Ecosecurities, consultora que apoya el desarrollo de proyectos que reduzcan la emisión de gases contaminantes.
En otros países, la historia está cambiando. La ley Grenelle de Francia, por ejemplo, obligará desde 2011 a las empresas a informar cuántos gases emitieron en la elaboración y el transporte de los productos de mayor impacto ambiental, como los alimentos. Además, algunos supermercados, como la cadena británica Tesco, están imponiendo conductas responsables a sus proveedores.
Así están las cosas en la agenda ambiental: despertar la conciencia ecológica puede resultar simple, pero asumir una actitud coherente cuesta un poco más de lo imaginado. Y todo indicaría que, en el camino hacia lo sustentable, deja menos huella el que menos consume y más desconfía.
Carolina Crear

Bienvenido a






Comentarios