El undécimo mandamiento
Señor Sinay:
Su artículo sobre lo que hay que hacer me lleva a reafirmar la validez universal del mandato “ama a tu prójimo como a ti mismo”. El hombre puede sobrevivir en la más absoluta soledad, pero sólo puede cumplir el mandato biológico de desarrollarse al máximo de sus posibilidades en una sociedad equilibrada y “harmónica” (permítame escribir esta última y hermosa palabra con todas sus letras). Sociedad que solamente puede existir si descansa sobre la base ética de dicho mandato, que lo es tanto para el ateo, el agnóstico, como para el creyente.
José Moisés Chaufan
Armonía es, en efecto, una hermosa palabra. Y, como señala nuestro amigo José, nació como Harmonía, proviene del griego y significa complementar de un modo agradable las diversas partes de un todo. Es difícil deslindarla de la palabra ética. Amar al prójimo como a uno mismo y no hacerle a otro lo que no quisiéramos que nos hagan son dos fundamentos básicos e imprescindibles de la ética. Estos dos preceptos hacen posibles la existencia y la convivencia humana y crean condiciones para que sean armónicas. Todos tenemos nuestras ideas acerca de lo que está bien y lo que está mal, de modo que todos estamos involucrados (más allá de nuestra voluntad o nuestra conciencia) en cuestiones éticas. Hay quienes sostienen que lo bueno y lo malo dependen de las épocas, las culturas, las tradiciones o los países, y que así hay que respetarlo. Esa corriente puede definirse como relativismo moral. Otros creen que hay reglas morales universales y que éstas atraviesan todos los tiempos y las culturas. Ellos serían los universalistas morales.
El riesgo de la primera postura es que justifica la indiferencia frente a sufrimientos o injusticias padecidos por otros y alienta el “no te metás”. En nombre del relativismo habría que permanecer al margen ante asesinatos, ablaciones, infanticidios, sojuzgamientos por cuestiones de género o étnicas, si tales hechos ocurriesen en “otra” cultura o en otra geografía. Como si pudiéramos considerar ajeno algo de lo humano. Por su parte, el universalismo puede devenir en absolutismo si un grupo, o país, cuenta con fuerza suficiente como para imponerle al resto sus valores arguyendo que son “universales”, apropiándose así de la Humanidad.
De estos dilemas nacen añejos y apasionantes debates morales. Si revisamos nuestros juicios y actitudes veremos que, inevitablemente, participamos de la cuestión y que es imposible existir y vincularse al margen de una ética. Por lo tanto haremos bien en examinar cuál es la nuestra, sobre qué valores se asienta, qué hacemos con esos valores y cómo influyen en nuestra relación con el mundo y con los otros. ¿Qué vida queremos vivir? ¿Qué bien merece ser buscado por sí mismo?, se preguntaba Aristóteles en el comienzo mismo de su Ética a Nicómaco, y con esas preguntas, tan sencillas como contundentes, nos dejó para siempre una tarea existencial que se reinicia con cada nueva vida que se incorpora al fluir de la especie.
“Se trata de elegir toda una vida y no sólo un momento determinado”, advierte Henri Peña-Ruiz, filósofo del Instituto de Estudios Políticos de París, en Leyendas filosóficas. De un modus vivendi que, en definitiva, será un ars viviendi, un arte de vivir. Ese arte, que encarna en cada persona, de ninguna manera es un simple fenómeno individual, señala Peña-Ruiz. Las elecciones que cada uno de nosotros hace, la manera en que las lleva adelante, el modo en que responde ante las consecuencias de aquéllas y, sobre todo, el fin que las orienta afectan a la especie, al margen de cada miembro de ella. Por eso, proponía Aristóteles, las acciones deben apuntar al bien (eso las hace buenas). ¿Pero qué es el bien? ¿Convierte él a los demás fines en medios? Mientras la Ética, como disciplina filosófica, se interna en la exploración de esa cuestión, quizás sea posible recordar los dos preceptos iniciales de esta página. Ama al prójimo como a ti mismo y no hagas lo que no quieres que te hagan. Eso será siempre bueno. Como respetar la vida. O no violar la integridad física o psíquica del otro. La española Adela Cortina, profesora de Ética y primera mujer integrante de la Academia de Ciencias Morales y Políticas de su país, dice que el mandamiento ético fundamental es no dañar. Acaso sea el undécimo mandato y el que aúna a todos. Cumplirlo produce “harmonía”.
Por Sergio Sinay
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1148173

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