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Mensaje en blanco y negro

En una de esas tardes en las que la televisión parece confabularse para no ofrecer nada potable a pesar de la cantidad de canales de aire y cable a nuestra disposición, de pronto surge alguna vieja película que, más allá de retrotraernos a edades más felices, nos pueden dar sorpresas o, mejor dicho, confirmaciones de pautas y principios que no por olvidados o tergiversados dejan de tener valor y significación. Fue lo que al dinosaurio que firma esta columna le ocurrió días atrás cuando el control remoto de la tele lo llevó a una película norteamericana de 1948 dirigida por el gran Frank Capra, ese que nos hizo y hace lagrimear con Qué bello es vivir . El film en cuestión se llama Estado de la Unión y está protagonizada por una de las parejas más características y queridas de aquellos años: Spencer Tracy y Katharine Hepburn, que encarnan a un matrimonio en el que él es candidato a la presidencia por el Partido Republicano y ella, una liberal de clase media alta. Es curioso, o no tanto, que los personajes reflejen la personalidad que Tracy y Hepburn tenían en la vida real: él, casado, conservador y, por lo tanto, contrario al divorcio, y ella, liberal aristocrática, transgresora pero íntegra y profundamente enamorada de ese hombre que sólo podía ofrecerle el papel de “la amante” en una época en que la pacatería y las apariencias pesaban y mucho, aun en un ambiente glamoroso como era el show business hollywoodense.

En la película, cada uno de ellos representa formas aparentemente opuestas de juzgar la realidad social de la posguerra, pero que tenían en común el amor por su país y su sistema. Cuando describe el entorno de operadores políticos, organizadores de campaña y agentes de prensa del Partido Republicano, Capra pone el acento en la falta de sensibilidad social, la corrupción, la prepotencia de los millonarios y la ausencia de escrúpulos de sus integrantes. Es por eso que, al comprobar la bajeza que lo rodea, el candidato comienza a escuchar más a su mujer, a la gente más pobre y a sus propios sirvientes, y decide aprovechar los medios para poner en evidencia los turbios manejos de los carcamanes reaccionarios que lo rodean.
En un memorable discurso final, el candidato, en su propia casa, y rodeado por su esposa y sus hijos, lidera una banda de música que ejecuta el himno nacional y marchas patrióticas varias, y comienza a hablar -ante el espanto de sus asesores, que al principio no se atreven a cortar la transmisión en vivo por temor al escándalo- acerca de las bases del sistema democrático que, para él, son la justicia para todos en una sociedad con oportunidades y sin privilegios de ninguna clase. Dice, y es importante recordarlo, que un país no es un gran país porque un grupo de poderosos haya hecho mucho dinero; aclara tajantemente que la grandeza no se consigue con la ambición de ser los más ricos, sino con la idea fija de que no hay país poderoso con indigencia y pobreza, que no se gana nada siendo un imperio basado en la multiplicación especulativa del dinero por el dinero mismo, que la verdadera misión de la democracia es ayudar a los más pobres de cualquier parte del mundo para que no aparezcan profetas que, basados en la injusticia, el hambre y la explotación, tientan a pueblos postergados con aventuras totalitarias que, en el mejor de los casos, lo más que pueden ofrecer es un trueque infame de pan seguro por falta absoluta de libertad para opinar y disentir. Afirma, sin que le tiemble la voz, que un ciudadano sin trabajo o con trabajo mal remunerado, sin salud asegurada y sin educación de excelencia es una flagrante injusticia, y si se trata de millones de personas puede llegar a ser crimen de lesa humanidad. Por supuesto que no llegará a presidente, pero ha logrado de senmascarar a los que usan la palabra “democracia” vaciando de contenido el término. Es todo muy Hollywood de los años 40 con final feliz y beso de la pareja al compás de Leven anclas ; ya sabemos que no es tan fácil la cosa, pero lo que dice el personaje del candidato queda flotando en el aire y vuelve a poner sobre el tapete algo tan simple y complicado a la vez: la pobreza es el peor negocio que el mundo de los negocios puede crear; la falta de oportunidades y la corrupción política, administrativa y judicial son las peores inversiones, y esto era cierto en los Estados Unidos en 1948 y sigue siendo absolutamente vigente de la China a la Argentina y de Rusia a Ruanda en el 2009. ¿Seguirán los discursos vacíos contradiciendo la espantosa realidad? Este dinosaurio espera que no sea así y que las pequeñas verdades de la sensatez ganen la batalla por la dignidad.

Por Enrique Pinti

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1132492

En: Política y Escena Nacional — mayo 31, 2009

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