Palabras
“La escuadrilla de Von Richtman se encuentra rondando entre nuestra zona y Saulier. Pero alguien tiene que llegar a esos depósitos de municiones -dijo Walter Mitty-. ¡Voy a ir yo! ¿Un trago de coñac?” Sirvió una copa para el sargento y otra para él. La guerra tronaba y aullaba en la puerta del refugio. El capitán Mitty se puso de pie y fijó la correa de su automática Webley-Vickers. “Son cuarenta kilómetros a través de un verdadero infierno, señor”, dijo el sargento. Mitty tomó su último coñac: “Después de todo -dijo-, ¿dónde no hay infierno?” El rugido de los cañones aumentó, se oía también el rat-tat-tat de las ametralladoras. Walter Mitty llegó a la puerta del refugio tarareando Aupres de Ma Blonde . Se volvió para despedirse del sargento con un ademán: “¡Animo, sargento!”
Sintió que le tocaban un hombro: “Te he estado buscando por todo el hotel -dijo la señora Mitty-. ¿Por qué se te ocurrió esconderte en este viejo sillón? ¿Cómo esperabas que pudiera dar contigo?” “Las cosas están empeorando”, dijo Mitty por lo bajo. “¿Qué? -exclamó la señora Mitty-. ¿Conseguiste lo que te encargué? ¿Los bizcochos para el cachorro? ¿Qué hay en esa caja?” “Los zapatos de goma”, respondió Mitty. “¿No pudiste habértelos puesto en la zapatería?” “Estaba pensando en eso -dijo Walter Mitty-. ¿No se te ha llegado a ocurrir que yo también pienso a veces?” Ella se lo quedó mirando: “Lo que voy a hacer es tomarte la temperatura en cuanto lleguemos a casa”, dijo.
James Thurber (1894-1961), humorista, escritor y dibujante, integrante de la mítica New Yorker, escribió en 1939 La vida secreta de Walter Mitty . En 1947 se hizo una versión cinematográfica, con Danny Kaye como protagonista, conocida entre nosotros como Soñando despierto.

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