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Más de 40 años de villanos por software

Dentro de poco más de un mes, el 31 de marzo, The Matrix cumplirá diez años. Lo hablábamos el otro día en la Redacción. Me asombró. ¿Ya una década? Aunque en tecnología diez años es una eternidad, la gran película de los hermanos Wachowski parece haber sido creada ayer. Repleta de guiños para los informáticos, se da el lujo de sutilezas exquisitas, como la de mostrar Simulacra and Simulation , el libro de Baudrillard (originalmente, Simulacres et Simulation ) usado como escondrijo para programas que, en una realidad simulada, Neo trafica ilegalmente.

Pero The Matrix todavía necesita hacerse un lugar. Ni siquiera aparece en el top ten de ciencia ficción del Instituto de Cine de los Estados Unidos ( www.afi.com/10top10/scifi.html ), muy a pesar de que es una de esas honrosas excepciones en las que este género propone una idea original. Realizada, además, con tanto tino que si uno la ve hoy no siente, como con casi cualquier film de esa época, ninguna obsolescencia visual. Es que The Matrix no apostó a los efectos especiales por sí mismos, sino a una estética que, eventualmente, fue acompañada por los efectos. Los hay muchos y muy buenos, copiados luego ad nauseam , pero tienen médula, hay detrás un concepto argumental y un ideal estético.

Completada la trilogía, ciertos temas que hasta entonces habían sido de popularidad nula, por no mencionar su complejidad extrema, llegaron a los medios de comunicación. Por ejemplo, el segundo teorema de completud de Kurt Gödel (http:// en.wikipedia.org/wiki/Original_proof_of_G%C3%B6del%27s_completeness_theorem ) y la odiosa posibilidad de que, en efecto, nuestra realidad no sea sino una simulación, algo que el filósofo Nick Bostrom, director del Instituto del Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford, se ha ocupado de plantear en este inquietante ensayo: www.simulation-argument.com

Me apena que The Matrix haya caído en la misma manía de secuelas que Alien o El Padrino , otras dos de mi top ten personal. Con la primera de The Matrix hubiera sido suficiente, al menos si en algún punto el Elegido se encontraba con ese Arquitecto, dios y señor de la realidad simulada, que confiesa su recurrente e insoluble problema gödeliano. Desde luego, tengo la trilogía en DVD y la he visto unas cien veces, pero la primera tiene una dignidad y una frugalidad de las que las otras dos carecen. Hay, en las secuelas, momentos memorables, pero cometen el mismo error que las de Alien . Mientras que Ridley Scott se ocupó de forma minuciosa de revelar paulatinamente al monstruo y lo hizo siempre bajo diferentes luces y ángulos, sus sucesoras proponen tantos alienígenas que uno se siente tentado de llamar al fumigador.

Olvidaron que buena parte del terror inspirado por el único, letal, indestructible y huidizo Alien original proviene de la imaginación del público. Como en muchos otros órdenes de la vida, sugerir puede ser más efectivo que exhibir.

Por eso siempre me pareció loable, aunque algo extrema, la decisión que tomó otro director mucho tiempo atrás al terminar una de sus películas. Lo que me lleva a la siguiente estación en esta columna. Porque si diez años es mucho, ¡imagínese cuarenta!
“Daisy, Daisy…”

En 2008, una de las obras maestras de la ciencia ficción cumplió 40 años. Stanley Kubrick estrenó 2001: A Space Odyssey el 2 de abril de 1968. Próxima a cumplir 41, esta película sigue siendo tan moderna que da trabajo encontrarle esas clásicas metidas de pata del cine y la literatura del género. Sí, en algún momento aparece una tarjeta perforada, en otra escena el español no figura entre las opciones de idioma, pero fuera de eso, sigue al día. Y es de una factura tan bella que uno la vuelve a ver luego de cuarenta años con el mismo placer. Lo hice el otro día, para escribir esta columna, y la vi con 8 o 9 años cuando se estrenó en Buenos Aires.

En el medio, la he vuelto a visitar muchas veces, sobre todo cuando necesito recordar que las obras geniales no se hacen gracias a los estudios, los presupuestos y los cronogramas, sino frecuentemente a pesar de ellos. Siempre me he preguntado si hoy sería posible para un director pedir más de 60 millones de dólares para hacer una película cuyos primeros 15 minutos pasan sin una línea de diálogo y con un montón de monos peleándose, en la que se usa a Strauss para acompañar naves espaciales y donde el contacto con una inteligencia extraterrestre se traduce visualmente en un viaje psicodélico. El film de Kubrick costó 10,5 millones de dólares, equivalentes a unos 60 millones de la actualidad.

Hoy sabemos que el cine de ciencia ficción moderno nació con 2001: A Space Odyssey . Mi padre estaba en los Estados Unidos para el estreno y, siendo un asiduo lector del género, volvió como tras presenciar una revelación y nos llevó a verla tan pronto la película llegó a Buenos Aires. Quedé todo lo estupefacto que puede quedar un chico de esa edad luego de ver algo que empieza como un documental de Animal Planet, sigue como un paseo por la NASA y termina como alguna clase de alucinación hipnótica.

De momento, me quedé enganchado con los viajes espaciales y con la penosa desconexión de HAL, cuya canción va convirtiéndose no sólo en un lamento, sino en casi la única expresión de emociones a lo largo de toda la película.

Volví a esos extraordinarios 141 minutos muchas veces, incluso en una clandestina proyección de Super 8 cuando no existían los videocasetes y Kubrick no era bienvenido en una Argentina amordazada por la censura.

Para descartar toda posible secuela, Kubrick mandó a destruir planos, miniaturas, escenas no utilizadas y sets, una vez estrenada la película. No obstante, padecimos 2010, que habiendo sido filmada casi veinte años después, en 1984, ya parece completamente démodé.
Malos por software

Aunque 2001 es de un calibre artístico claramente superior a The Matrix , ambas tienen varias cosas en común, además de estar en los extremos de las décadas finales del siglo XX, las que vieron, precisamente, el nacimiento de la informática, Internet y las telecomunicaciones. Las dos impactaron con su estética cuidada y novedosa, fueron obra de personalidades creativas y originales, estrenaron efectos especiales nunca vistos y propusieron ideas controvertidas de largo alcance que nos sometieron a incertidumbres fundamentales: si acaso nuestro progreso es producto de la intervención de una inteligencia extraterrestre superior y que tal vez la realidad cotidiana es una simulación por computadora.

Y algo más. En ambas películas el villano no sólo está encarnado por una o más máquinas, sino que su personificación trascendió la de los protagonistas humanos.

Por un lado, el implacable HAL 9000 de Douglas Rain. Por el otro, el inefable agente Smith del no menos inefable Hugo Weaving.

Por Ariel Torres

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1103536&pid=&toi=

En: Ciberciencia y Tecnología — Febrero 28, 2009

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