La serenata es larga
Cuidá la flauta que la serenata es larga”, “nadie tiene la vaca atada”, “el éxito no es eterno”, “la vida es un sube y baja”, “la vida te da sorpresas”, o “¿quién te ha visto y quién te ve?”, son refranes y frases, muy comunes, que encierran mucha sensatez y lógica en sus simples enunciados. Y, como suele ocurrir más a menudo de lo que sería de desear, nadie recuerda en el ajetreado día a día de la existencia humana que esos lugares comunes son mucho más comunes de lo que parecen y nos llegan a todos los que tenemos la oportunidad de tener vidas más largas. Todos sabemos que pasar de mendigo a millonario es mucho más excitante y agradable que la situación inversa, pero también es cierto que a veces hay destinos que pasan de la riqueza a la pobreza, para volver a tener una fortuna y luego volver a caer en desgracia. Muchos pasan una niñez y adolescencia terribles para llegar a una madurez espléndida; otros son felices en la juventud y desgraciados en la vejez, y así hasta el infinito de posibilidades. Sin embargo, la naturaleza humana, que no es tan sabia como la geográfica o la de los animales, tiende a olvidar que nadie tiene la vida comprada, que la mortaja no tiene bolsillos donde llevarnos el dinero y las glorias del mundo, y que “a cada chancho le llega su San Martín”, aunque esté acomodado con el poder de turno. Es tan común esa necedad en ricos y pobres, artistas y políticos, generales y gángsters, señoronas y prostitutas, que a veces llegan al grotesco casi bizarro.
Todo esto vino a mi mente hace un tiempo al ver la biografía de George W. Bush que filmó el polémico Oliver Stone. Allí muestra a un joven universitario de pocas luces, con familia de buena posición económica, desenfocado, sin vocación definida, alcohólico, con prontuario policial y bochornosas entradas en distintas seccionales, fracasado en todo y con un sueño adolescente de ser una estrella deportiva sin tener la más mínima condición ni el más elemental talento que pueda avalar esa pretensión. Y para agregar más a ese cóctel letal, un profundo complejo de inferioridad y la sensación permanente de ser despreciado por su propio padre. Ese cúmulo de frustraciones luego de una cura de su alcoholismo se vuelca a una religiosidad extrema, y en nombre de los valores que nunca observó ni honró en sus primeros treinta años de vida inicia una carrera desenfrenada hacia el poder. Así, mientras su padre gana la presidencia y no logra la reelección a pesar del triunfo militar resonante de la operación Tormenta del Desierto, él llega a la Casa Blanca votado por un pueblo que ve en su figura al arrepentido pecador que, si ha sido capaz de derrotar sus propios vicios, será el reaseguro de los valores cristianos que Clinton demostró no tener con el incidente sexual en el Salón Oval con Monica Lewinsky. Y de esta forma, un presidente que gana una guerra pierde ante otro que es más progresista, que a su vez es derrotado por su exceso sexual -a pesar de haber hecho una administración que sanea la economía y lleva a EE.UU. al mayor superávit del siglo veinte- por una figura que diez años atrás no era más que un chiste texano y que hoy es derrotado por un candidato que en el 2001 era totalmente desconocido fuera de su estrecho círculo local. O sea, Obama.
Ni hablemos del conventillo político local, que tiene, sin embargo, su propio grotesco bizarro y es el de reciclar figuras que han gobernado, fracasado y cometido actos de ilegalidad a todo nivel, pero que finalmente no se pueden condenar, porque la impunidad es la que gana todas las elecciones.
Y para qué me voy a referir a nosotros, los del show business , todos primeros, todos a la cabeza de las recaudaciones, todos siempre arriba, y en el fondo terminamos por ser lo más inofensivos.
Alguna vez aprenderemos a saber que todo cambia, todo termina y vuelve a empezar, y que nunca está dicha la última palabra, porque el éxito y el fracaso son hermanos malvados que se alternan en la caminata de la vida. Así que cuidemos la flauta que la serenata es larga.
Por Enrique Pinti

Bienvenido a






Comentarios